La imagen de la mesa política de ayer tuvo un peso propio. Manuel Adorni, Karina Milei, Santiago Caputo, Martín Menem, Patricia Bullrich, Diego Santilli, Luis Caputo, Lule Menem e Ignacio Devitt aparecieron sentados en la misma mesa, en el despacho del jefe de Gabinete, después de varias semanas de tensión expuesta entre el campamento de Caputo y el de los Menem.
La reunión duró dos horas, fue convocada por Adorni y, según las fuentes oficiales, estuvo dedicada a revisar la estrategia legislativa y el próximo paquete de reformas para el Congreso. En la Casa Rosada la definieron con una frase que vale más por el clima que por el contenido: “hubo paz”.
La relevancia de esa foto pasa por la secuencia previa. El lunes, en el Tedeum por el 25 de Mayo, Milei ya había mandado una señal muy fuerte al reincorporar a Santiago Caputo a la caminata oficial hacia la Catedral y al mostrarse con él y con Karina Milei en el balcón de la Casa Rosada.
Esa escena reeditó el “triángulo de hierro” en el momento más delicado de la interna libertaria. Un día después, la foto ampliada de la mesa política completó el gesto: el Presidente y su entorno eligieron exhibir cohesión después de semanas de rumores, operaciones cruzadas y desconfianza mutua.

El contexto religioso del domingo agregó otra capa. Jorge García Cuerva usó la homilía para pedir que la dirigencia se anime al diálogo, que deje de “arengar la polarización” y que repare en quienes viven una “parálisis” de trabajo, educación y oportunidades. También habló del “terrorismo de las redes”, una frase que tocó un nervio muy preciso del mileísmo.
En un primer momento, en el Gobierno eligieron un tono de moderación y dejaron trascender que el mensaje había sido “componedor”. Esa reacción se movió en un registro menos agresivo que el habitual y reforzó la impresión de una jornada pensada para mostrar concordia.
En ese marco apareció la ambigüedad de estos días. La foto del 25 de Mayo, la reunión política de ayer y la expectativa que desde la Iglesia se viene dejando correr sobre una eventual visita de León XIV a la Argentina antes de fin de año habilitan una pregunta: si a Milei le toca por un momento el bálsamo de la misericordia católica, cuánto puede durar.
El propio García Cuerva habló en abril de una posibilidad “grande” de que el Papa venga. La Casa Rosada entiende la importancia simbólica de ese horizonte y por eso se cuidó de escalar el cruce con la Iglesia en las horas posteriores al Tedeum.
Ese movimiento tuvo una duración breve. Ayer, Milei le respondió a García Cuerva y marcó distancia con la idea de “terrorismo de las redes”. Dijo que la palabra le parecía “un poco exagerada” y enseguida volvió a su lógica habitual: sostuvo que el camino pasa por “combatir ataques de quienes no quieren que las cosas cambien”.
La frase recortó el eventual cambio de tono. El Presidente tomó una exhortación al diálogo y la tradujo otra vez al idioma del combate. Ahí aparece el límite de esta paz mileísta: alcanza para la foto, para una mesa ordenada y para una tregua interna. Le cuesta más convertirse en un cambio de método.
La necesidad de esa tregua se entiende mejor si se mira el calendario. El oficialismo tiene por delante una batería de proyectos para el Congreso: el tercer paquete de reformas ya anunciado, un cuarto paquete en preparación y una agenda legislativa donde pesan Senado, jueces, energía, sociedades y reformas económicas.
En la reunión de ayer se repasó justamente ese temario y se definió que el Senado será el foco principal de las próximas semanas. Para avanzar ahí, Milei necesita algo bastante simple: que sus propios vértices de poder dejen de pelearse en público.
La escena de estos días deja entonces una conclusión provisoria. Milei entendió que necesitaba bajar un poco el volumen, mostrar orden interno y evitar que la interna se lo coma mientras vuelve a empujar reformas. Lo hizo con fotos muy calculadas, con una reapertura del triángulo de hierro y con una mesa política ampliada.
La pregunta queda abierta hacia adelante. Si el Presidente vuelve a leer cada crítica como ataque, si la lógica del enemigo recupera centralidad y si el diálogo con la Iglesia termina encerrado en una respuesta defensiva sobre redes sociales, esta paz va a durar poco. Por ahora funciona como tregua. Para convertirse en etapa, necesitaría algo más que una foto.