La última dictadura cívico-militar también apuntó contra intelectuales, artistas y periodistas que narraban la realidad desde una mirada que incomodaba a los usurpadores del poder. Entre ellos estuvo Raymundo Gleyzer, uno de los documentalistas más lúcidos, combativos y valientes de la historia argentina. Fue visto con vida por última vez el 27 de mayo de 1976. Desde entonces permanece desaparecido. Tenía apenas 34 años.
Su caso sintetiza el carácter profundamente político del terrorismo de Estado: la dictadura necesitaba disciplinar a quienes tenían actividad política, pero también silenciar al mundo de la cultura. En la rifa de la muerte, Gleyzer tenía todos los números. Los compró filmando para denunciar lo que el poder quería ocultar.
Un cineasta incómodo
Nacido en Buenos Aires en 1941, se formó como periodista y camarógrafo, pero su destino estaba en el cine documental latinoamericano. Su mirada estaba puesta en los conflictos sociales, la explotación laboral, la desigualdad y las luchas populares de América Latina.
Mientras buena parte del cine argentino orbitaba alrededor de relatos "blancos", escapistas o comerciales, Gleyzer eligió meterse en fábricas, ingenios azucareros, barrios humildes y escenarios de conflicto político. Filmaba desde adentro, mezclándose con los trabajadores y los sectores marginados.

Lo suyo era lo que hoy se podría calificar como cine de nicho. Su premio no era venta de entradas, sino el debate que su obra provocaba en círculos intelectuales. Eran tiempos en que las mesas del bar La Paz, en Corrientes y Rodríguez Peña, se llenaban de café y cigarrillos pero también de ideas. Era una especie de "Polémica en el Bar" pero sin cámaras. No cualquiera podía ser parte de esas tertulias porque había dos requisitos: ser lector y noctámbulo.
Su obra insignia, Los traidores (1973), fue una radiografía brutal sobre la burocracia sindical y las traiciones políticas dentro del movimiento obrero. La película fue prohibida y perseguida, pero nada ni nadie pudo impedir que termine convirtiéndose en un clásico del cine político argentino.
También dirigió documentales fundamentales como "México, la revolución congelada" y "Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan", donde abordó las terribles condiciones de los obreros expuestos al saturnismo en una fábrica de baterías. Gleyzer entendía al cine como una herramienta de transformación social.
La vuelta del pensamiento crítico
La Junta Militar sabía perfectamente que para controlar las calles, tenía que destruir a quienes trabajaban para cuestionar el orden impuesto. No es casual que hayan existido libros prohibidos, películas censuradas y un temor creciente en el ámbito cultural.
Para ese esquema represivo, Gleyzer era intolerable: su mirada política, inserción militante y capacidad para mostrar las miserias de los de arriba, no le caía bien a los militares. El intento de borrarlo funcionó por unos años, pero a la larga fracasó. Con el regreso de la democracia, su figura fue recuperada como símbolo del cine militante.
Homenaje
A 50 años de su desaparición, este miércoles a las 19 se realizará una función especial homenaje a Raymundo Gleyzer en el Espacio INCAA Sala Norita Cortiñas, ubicado en Moreno 2654 de la Ciudad de Buenos Aires.
La actividad incluirá la proyección de "Nuestras Islas Malvinas" (1966) y "Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan" (1974), además de un diálogo con cineastas vinculados a su legado artístico y político. La jornada es organizada por el Foro Audiovisual PBA y contará con la presentación de Cynthia Sabat, periodista y coautora del libro "Compañero Raymundo".