En las últimas horas, Jorge Sampaoli repasó las heridas de Rusia 2018, desmintió los rumores de un "golpe de Estado" futbolístico por parte de los referentes y defendió la vigencia de su autoridad táctica hasta el último día en Kazán.
Para el exseleccionador, el fracaso no tuvo que ver con una pérdida de mando, sino con una fractura emocional y estratégica que nació tras el empate contra Islandia en el debut y que se volvió irreversible con el correr de los partidos.
Uno de los mitos más grandes de aquel ciclo fue la imagen de Sampaoli dialogando con Javier Mascherano al borde del campo durante el partido contra Nigeria. Muchos interpretaron esa escena como la prueba de que el plantel dictaba las alineaciones.
Sin embargo, el DT fue tajante: “No, no, en realidad no. Esa foto con Mascherano... estaba yo hablando con él como con todos los jugadores. Sinceramente, no me armaron el equipo”.
Sampaoli admitió que el clima en la concentración de Bronnitsy era de "máxima tensión, nerviosismo y desencuentros", pero insistió en que el cuerpo técnico mantuvo la conducción hasta la eliminación.
"Había un descreimiento desde la proyección que era el entrenador al jugador y viceversa", confesó el DT, reconociendo que la desconfianza mutua carcomió los cimientos del grupo.

Para sostener que nunca perdió el control, Sampaoli puso como ejemplo el planteo táctico utilizado en los octavos de final frente a Francia. Según su reconstrucción, el diseño para enfrentar a los futuros campeones del mundo fue “extremadamente de entrenador”.
La ingeniería consistió en plantar a Lionel Messi como falso nueve con el objetivo de restarle influencia a Paul Pogba y N’Golo Kanté. El plan buscaba separar a los volantes centrales galos y ganar superioridad numérica en la mitad de la cancha con extremos bien abiertos.
Aunque Argentina perdió 4 a 3 en un cruce vibrante, Sampaoli defiende esa pizarra como una prueba de su vigencia en el cargo. Por el contrario, el técnico no tuvo reparos en calificar la goleada 3 a 0 sufrida ante Croacia como algo “penoso desde la construcción de la estrategia y penoso en el desarrollo”.
Asumió la responsabilidad de que el equipo se "desparramara" en la cancha tras el primer gol croata, desnudando la fragilidad anímica de un plantel que ya estaba fracturado.

Sampaoli también analizó por qué fue el blanco de tantas críticas durante su gestión. Atribuyó gran parte de la resistencia a su figura por ser un "desconocido" que no fue jugador de fútbol y por no pertenecer al círculo de Buenos Aires.
“Quizá con esta camada actual no me hubieran ido a buscar a mí, sino a Simeone o algún otro DT con el que se identificaran más”, reflexionó sobre su llegada en 2017, cuando el equipo estaba al borde de quedar fuera de Rusia.
En un plano más íntimo, el casildense sorprendió con una fuerte autocrítica sobre su pasado como hincha durante el Mundial 1978. Recordó con arrepentimiento cómo se dejó manipular por el "circo" del campeonato mientras el país atravesaba la dictadura militar.
“Me preocupé más por mí que por el resto. Me volví de plástico. Estaba tan feliz de que Argentina fuera campeón que me olvidé de mis ideales. No tendría que haber visto aquel Mundial”, sentenció.
A la distancia, Sampaoli reconoce que dirigir a la Selección fue su gran sueño, pero admite que la exigencia de cambiar la historia en apenas seis meses era una misión casi imposible.
Hoy, con la herida todavía abierta, su versión vuelve a poner en debate uno de los procesos más caóticos del fútbol argentino antes de la llegada de la "Era Scaloni".