A mediados de 1970 la Argentina atravesaba una creciente crisis política y social bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía, en el marco de la Revolución Argentina, el régimen autoritario que tomó el poder luego del golpe de 1966 contra Arturo Illia. El mismo día que el régimen puso su atención en la celebración del Día del Ejército, un hecho sacudió al país y decidió buena parte del destino de nuestro país: el secuestro del exdictador Pedro Eugenio Aramburu a manos de un comando de Montoneros.
El grupo de los captores estaba integrado por Mario Eduardo Firmenich, Norma Esther Arrostito, Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus, Emilio Ángel Maza, Carlos Alberto Maguid, Ignacio Vélez y Carlos Raúl Capuano Martínez. En la actualidad, todos están muertos a excepción de Firmenich.

El general no era un uniformado más. Nacido el 21 de mayo de 1903 en Río Cuarto, Córdoba, había sido uno de los principales protagonistas de la Revolución Libertadora. Llegó al Sillón de Rivadavia en noviembre de 1955, al desplazar a Eduardo Lonardi. Desde la presidencia, encabezó una feroz persecución contra el, peronismo.
El 5 de marzo de 1956 firmó el Decreto 4161, que prohibía nombrar a Perón y silenciar toda referencia al justicialismo. En paralelo, se intervino la CGT, se anuló la Constitución de 1949 y se reinstauró la Constitución de 1853. Pero el episodio que selló su suerte fueron los fusilamientos de junio de 1956.
Luego del levantamiento encabezado por el general Juan José Valle, la autodenominada Revolución Libertadora respondió con una brutal represión. Más de treinta civiles y militares peronistas fueron ejecutados, varios de ellos en los basurales de José León Suárez. La masacre quedó inmortalizada años después por Rodolfo Walsh en “Operación Masacre”.
El operativo que sorprendió al país
Catorce años después de aquel baño de sangre, Aramburu seguía siendo una figura odiada por el peronismo. También se lo señalaba como uno de los responsables del secuestro y ocultamiento del cuerpo de Eva Perón, convertido en símbolo de la resistencia peronista.
El viejo líder justicialista estaba en el exilio, pero ejercía el arte de la conducción política desde España. A fuerza de cartas y de cintas grabadas que circulaban en forma clandestina, acompañaba a la militancia. El antiperonismo gobernaba con el terror, pero eso solo sirvió para alimentar el mito de un Perón perseguido por liderar un movimiento de liberación nacional.
La mañana del 29 de mayo de 1970, un grupo de jóvenes ingresó al departamento de Aramburu, ubicado en uno de los barrios más paquetes de la Capital Federal. Se hicieron pasar por militares y lograron ganar su confianza. El operativo había sido cuidadosamente planificado para presentar en sociedad a Montoneros, una organización guerrillera peronista que hasta entonces era desconocida para la opinión pública.
El secuestro fue llevado a cabo por los captores como un “juicio revolucionario” por los crímenes de 1956 y por la proscripción del peronismo. Durante varios días el país entero estuvo pendiente de las noticias que circulaban, bajo control gubernamental. No era para menos, la suerte del régimen estaba atada al destino del exdictador.
El 1 de junio se terminó la incertidumbre. Montoneros anunció que Aramburu había sido ejecutado a las 7 horas de ese mismo día. Su cuerpo apareció días más tarde en una estancia de Timote, provincia de Buenos Aires. Una semana después, la Junta Militar puso fin al mandato de Juan Carlos Onganía.
Montoneros entra en escena
El asesinato de Aramburu fue el debut de Montoneros. La organización buscó presentarse como la heredera de la resistencia peronista, pero con métodos más radicalizados. La nueva generación de jóvenes peronistas asumió que su misión era cobrar venganza histórica por la sangre derramada.

El impacto político fue enorme. El asesinato de Aramburu fue el inicio de una escalada de violencia política que atravesaría toda la década del 70. La violencia siguió marcando la vida de la sociedad argentina por muchos años. Onganía dejó su cargo, reemplazado por Roberto Marcelo Levingston pero la Revolución Argentina ya estaba en proceso de liquidación final. Finalmente, Alejandro Agustín Lanusse fue presidente y convocó a elecciones -sin proscripciones- para el 11 de marzo de 1973.