Armenia llega a las elecciones del 7 de junio con una pregunta que no cabe en una boleta: qué hacer con una derrota histórica. Después de la caída de Artsaj/Karabaj, el país no solo define quién gobernará, sino qué relato nacional va a sobrevivir.
Nikol Pashinyan intenta convertir ese trauma en una doctrina política. Su idea de la “Armenia real” propone dejar de buscar la patria en los territorios perdidos y concentrarse en el Estado que existe: fronteras reconocidas, paz con Azerbaiyán, menos dependencia de Rusia y una economía capaz de retener a sus ciudadanos.
La apuesta es tan pragmática como dolorosa. En febrero de 2025, el propio Pashinyan definió la “Armenia real” como la República de Armenia dentro de sus 29.743 kilómetros cuadrados reconocidos internacionalmente y planteó que la patria debe identificarse con el Estado, no con una geografía histórica imposible de administrar.
Ese cambio toca fibras profundas. Para una parte de la sociedad armenia, Artsaj no fue solo un territorio: fue una causa nacional, una memoria familiar, una prueba de supervivencia después del genocidio y un símbolo de reparación histórica.
Por eso la elección no enfrenta únicamente a un oficialismo prooccidental contra una oposición más cercana a Moscú. En el fondo, enfrenta dos maneras de entender Armenia: la patria perdida contra el país posible.
Pashinyan sostiene que insistir con reclamos territoriales puede llevar a una nueva guerra o incluso a una pérdida mayor. En su mensaje por el aniversario del Genocidio Armenio, afirmó que el país debe dejar de buscar una patria fuera de sus fronteras reconocidas y que la seguridad depende de relaciones reguladas con los vecinos.
La oposición lee esa estrategia como una claudicación. Sus rivales acusan al primer ministro de haber abandonado Karabaj, de aceptar condiciones impuestas por Azerbaiyán y de debilitar los símbolos históricos que sostuvieron la identidad armenia durante generaciones.
Pero Pashinyan intenta dar vuelta la acusación: no se presenta como el dirigente que enterró Artsaj, sino como el que quiere evitar que Armenia vuelva a perderlo todo. Su mensaje es brutal: la memoria no alcanza para defender un Estado si ese Estado queda aislado, endeudado, despoblado y dependiente de potencias externas.
Chatham House planteó que la elección llega cuando Armenia está entre una dolorosa redefinición de identidad y una oportunidad todavía incierta, con Pashinyan haciendo campaña por un acuerdo final de paz con Azerbaiyán bajo la bandera de la “Armenia real”.
La pregunta de fondo no es si Armenia mira a Bruselas, Washington o Moscú. Esa es apenas la capa geopolítica. La disputa más profunda es si el país puede aceptar que su supervivencia tal vez dependa de renunciar a una parte de su imaginario nacional.
El 7 de junio, Armenia no vota solamente un Parlamento. Vota si puede transformar una catástrofe nacional en una estrategia de supervivencia. Y ese es el punto más incómodo de Pashinyan: no promete devolver la patria perdida, sino salvar la que queda.