En las elecciones de Armenia hay un actor que no presenta candidatos, no hace campaña en Ereván y no aparece en ninguna boleta. Pero condiciona todo. Azerbaiyán también juega la elección armenia.
La razón es simple: el futuro político de Nikol Pashinyan depende en gran parte de si logra demostrar que la paz con Bakú no es una rendición. Después de la caída de Artsaj/Karabaj, cualquier concesión a Azerbaiyán es leída por sus críticos como una nueva derrota nacional.
Pashinyan necesita convencer a los armenios de que el acuerdo de paz puede abrir fronteras, reducir el riesgo de guerra y convertir al país en un corredor regional. Pero para buena parte de la oposición, ese camino implica aceptar las condiciones del vencedor.
El punto más sensible es la Constitución. Azerbaiyán exige que Armenia elimine referencias que Bakú interpreta como reclamos territoriales vinculados a Karabaj. Según informan, firma definitiva del acuerdo de paz depende de que Armenia adopte una nueva Constitución sin esas referencias, algo que requeriría un referéndum después de la elección.
Ahí aparece el dilema electoral. Si Pashinyan gana, podrá presentar el resultado como respaldo a su agenda de paz. Si gana con debilidad, el proceso constitucional puede quedar trabado. Y si la oposición crece, la paz podría entrar en un largo período de congelamiento.
También es necesario señalar que el obstáculo final para ratificar el acuerdo es la demanda de Azerbaiyán de remover de la Constitución armenia una referencia a la declaración de independencia, documento que incluye la unificación con Karabaj.
El problema para Pashinyan es que la paz, por sí sola, no cura la herida. Muchos armenios desplazados de Karabaj siguen viendo el proceso como una derrota administrada. Otros aceptan que el país no tiene margen para otra guerra, pero desconfían de que Azerbaiyán cumpla con una convivencia estable.
Bakú, además, conserva capacidad para influir en el clima político armenio. Cada exigencia sobre la Constitución, cada demora en el acuerdo, cada discusión sobre prisioneros o fronteras puede fortalecer a quienes acusan a Pashinyan de entregar demasiado. Y no es menor el dato de que todavía hay armenios detenidos en Bakú tras la guerra, un tema que podría impactar de lleno sobre la percepción pública de las negociaciones.
Azerbaiyán no necesita intervenir formalmente en la elección para pesar sobre ella. Le alcanza con administrar los tiempos de la paz. Un gesto de Bakú podría ayudar a Pashinyan. Una señal de dureza podría hundirlo en el momento más delicado.
Por eso la elección armenia no se decide únicamente dentro de Armenia. También se juega en Bakú, en Moscú, en Washington y en las fronteras que siguen definiendo si el Cáucaso entra en una etapa de integración o vuelve al ciclo de amenaza permanente.
La pregunta que atraviesa el voto es incómoda: ¿puede Armenia firmar la paz sin sentir que firma otra derrota?. Esa respuesta puede definir el futuro de Pashinyan y el nuevo equilibrio regional.