El 5 de diciembre de 2025, durante una ceremonia vinculada al Mundial 2026 en Washington, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le entregó a Donald Trump un flamante "Premio FIFA de la Paz". Lo elogió como un líder comprometido con la gente y le ofreció el respaldo de la comunidad global del fútbol. La imagen recorrió el mundo. Para algunos fue una curiosidad protocolar. Para otros, una muestra más de la cercanía entre el deporte más popular del planeta y el poder político.

La escena, sin embargo, no fue una excepción. Fue la expresión más reciente de una relación que lleva más de un siglo moldeando la historia contemporánea. Porque el fútbol nunca fue solamente fútbol. Ha servido para construir identidades nacionales, fortalecer gobiernos, proyectar poder internacional, canalizar protestas sociales y movilizar millones de personas alrededor de causas que trascienden ampliamente los noventa minutos de un partido.
Con el Mundial 2026 a días de su inicio y la atención global concentrada en Estados Unidos, México y Canadá, vuelve a quedar en evidencia una verdad incómoda para quienes insisten en separar deporte y política: el fútbol es una de las herramientas de influencia más poderosas del mundo moderno.
La historia latinoamericana ofrece algunos de los ejemplos más claros de esa conexión.
A finales del siglo XIX, el fútbol llegó a la región de la mano de empresarios, trabajadores y comerciantes británicos. Sin embargo, rápidamente dejó de ser un deporte importado para transformarse en una herramienta de construcción identitaria.
En Argentina, los clubes nacieron como espacios de integración para millones de inmigrantes europeos que buscaban un lugar en una sociedad en formación. Boca Juniors emergió en el corazón de La Boca, entre trabajadores portuarios y familias de origen genovés. San Lorenzo creció alrededor de una comunidad barrial impulsada por un sacerdote salesiano. Huracán y tantos otros clubes se transformaron en puntos de encuentro donde se mezclaban pertenencia territorial, solidaridad social y sentido de comunidad.
En Brasil, el proceso tuvo una dimensión aún más profunda. El fútbol ayudó a erosionar barreras raciales en una sociedad que todavía cargaba con las heridas de la esclavitud. Clubes originalmente asociados a las élites terminaron incorporando jugadores afrodescendientes y convirtiéndose en símbolos populares.
Mucho antes de que los gobiernos comprendieran su potencial, el fútbol ya estaba ayudando a imaginar naciones.
Los líderes políticos no tardaron en advertir el enorme poder movilizador que tenía la pelota.
Durante la primera mitad del siglo XX, Getúlio Vargas utilizó las transmisiones radiales de los partidos para reforzar la idea de una identidad nacional unificada. En Argentina, el peronismo entendió rápidamente el valor simbólico de los triunfos deportivos como expresión de soberanía y orgullo colectivo.
El fútbol ofrecía algo que pocos instrumentos políticos podían garantizar: emoción compartida.
Un gol de la selección era capaz de generar un sentimiento de unidad nacional difícil de reproducir mediante discursos, campañas o programas gubernamentales. La camiseta se convirtió en una bandera alternativa y los estadios en espacios donde millones de personas experimentaban simultáneamente la sensación de pertenecer a una misma comunidad.

Pero esa capacidad de movilización también podía ser utilizada con fines mucho más oscuros.
Pocos episodios ilustran mejor esa instrumentalización que el Mundial de Argentina 1978. La dictadura militar entendió que organizar la Copa del Mundo representaba una oportunidad excepcional para mejorar su imagen internacional en momentos en que crecían las denuncias por violaciones a los derechos humanos.
El régimen invirtió recursos extraordinarios para mostrar un país moderno y exitoso mientras la maquinaria represiva continuaba funcionando.
A pocas cuadras del estadio Monumental operaba la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros clandestinos de detención del país.

La paradoja fue que el mismo torneo pensado para legitimar a la dictadura terminó ofreciendo visibilidad internacional a quienes la enfrentaban. Las Madres de Plaza de Mayo aprovecharon la presencia de periodistas extranjeros para denunciar la desaparición de sus hijos y romper parcialmente el cerco informativo impuesto por el régimen.

El fútbol funcionó entonces como escenario de propaganda, pero también como plataforma de resistencia.
La relación entre fútbol y política no siempre favoreció a quienes ejercen el poder.
Uno de los ejemplos más emblemáticos ocurrió en Brasil durante los últimos años de la dictadura militar. En el Corinthians nació la llamada Democracia Corinthiana, una experiencia inédita liderada por Sócrates.
Las decisiones importantes del club eran discutidas y votadas por futbolistas, entrenadores y dirigentes. En un país gobernado por militares, aquel experimento adquirió una dimensión simbólica enorme.

No derrocó al régimen, pero ayudó a visibilizar las demandas democráticas de una sociedad que comenzaba a reclamar cambios.
Los estadios también fueron escenario de manifestaciones populares, silbidos contra presidentes y expresiones de descontento que difícilmente encontraban otros espacios de difusión masiva.
Si los gobiernos aprendieron a utilizar el fútbol, las organizaciones que lo administran hicieron exactamente lo mismo.
La FIFA dejó hace tiempo de ser únicamente una entidad deportiva. Es una organización con capacidad de influencia global, capaz de negociar con jefes de Estado, multinacionales, cadenas televisivas y patrocinadores internacionales.
Por eso la escena entre Infantino y Trump adquiere una relevancia que va mucho más allá de una fotografía.

El Mundial 2026 será el mayor de la historia, con 48 selecciones y una estructura logística sin precedentes. Estados Unidos ocupará el rol central en la organización y concentrará la mayoría de los partidos decisivos.
Para la FIFA, mantener una relación fluida con Washington no es una cuestión protocolar: es una necesidad estratégica.
Visas, controles fronterizos, seguridad, infraestructura, transporte y contratos multimillonarios dependen en buena medida de las decisiones políticas que adopte la principal potencia mundial.
En ese contexto, el llamado "Premio FIFA de la Paz" aparece menos como un reconocimiento simbólico y más como una demostración de cómo el fútbol continúa funcionando como una moneda de cambio diplomática.
En América Latina, pocas figuras representan mejor la dimensión política del fútbol que Diego Maradona.
Cuando Argentina enfrentó a Inglaterra en el Mundial de México 1986, habían pasado apenas cuatro años desde la Guerra de Malvinas. El partido estaba inevitablemente cargado de significado histórico y emocional.

La Mano de Dios y el llamado Gol del Siglo quedaron inmortalizados por razones deportivas. Pero para millones de argentinos también representaron una revancha simbólica frente a una potencia que había derrotado militarmente al país pocos años antes.
Aquella interpretación no surgió desde los gobiernos ni desde las instituciones. Nació en la sociedad.
Y justamente ahí reside una de las mayores particularidades del fútbol: su capacidad para producir relatos colectivos que muchas veces escapan al control de quienes intentan apropiarse de ellos.
El fútbol suele ser presentado como una vía de escape frente a los problemas cotidianos. Sin embargo, su historia demuestra exactamente lo contrario.
Las canchas han reflejado las tensiones raciales de Brasil, las disputas identitarias de Argentina, las dictaduras del Cono Sur, la violencia del narcotráfico colombiano, la corrupción institucional de numerosas federaciones y las profundas desigualdades económicas de la región.
América Latina exporta futbolistas del mismo modo que exporta recursos naturales: genera talento, pero gran parte del valor económico termina concentrándose en otros mercados.
Los grandes clubes europeos siguen ocupando el centro de un sistema donde la periferia produce y el centro capitaliza. La globalización del fútbol reproduce, muchas veces, las mismas dinámicas de dependencia que caracterizan a la economía internacional.

Por eso el deporte más popular del planeta funciona como un espejo excepcional para comprender la política, la sociedad y las relaciones de poder.
En vísperas del Mundial 2026, la fotografía de Trump e Infantino funciona como un recordatorio de una realidad que atraviesa generaciones. Detrás de cada trofeo, cada estadio y cada ceremonia hay intereses, estrategias y disputas que exceden largamente el resultado de un partido.
La pelota rueda sobre el césped. Pero la historia demuestra que, casi siempre, también rueda sobre el tablero del poder.