Gustavo Petro e Iván Cepeda reaccionaron a la victoria de Abelardo de la Espriella con una estrategia inquietante: sembrar dudas sobre el resultado antes de que avance el escrutinio oficial. Es cierto que el preconteo no tiene fuerza jurídica definitiva, pero también es cierto que cumple una función democrática esencial: informar al país, dar transparencia preliminar y permitir que la ciudadanía conozca la tendencia expresada en las urnas.
Cuando un presidente en ejercicio anuncia que no acepta el preconteo justo después de que gana el candidato opositor, el mensaje deja de ser técnico y se vuelve político. Petro no habló como un ciudadano cualquiera: habló desde el poder del Estado. Por eso su acusación sobre algoritmos, cédulas adicionales y supuestas irregularidades, lanzada sin pruebas públicas concluyentes, se parece más a una maniobra de presión institucional que a una defensa serena de la democracia.
Iván Cepeda tomó una ruta parecida. En lugar de reconocer la fuerza política del resultado y prepararse para competir en segunda vuelta, optó por poner en duda los datos conocidos y esperar a que las comisiones escrutadoras aclaren sus reclamos. Ese derecho existe; lo grave es convertirlo en relato de sospecha generalizada cuando el resultado preliminar muestra una ventaja clara de Abelardo.
La democracia no solo se respeta cuando se gana. También se respeta cuando el adversario obtiene más votos. El problema de Petro y Cepeda no es pedir garantías; el problema es sugerir que el sistema solo merece confianza si confirma lo que ellos esperaban. Esa lógica erosiona las reglas del juego y prepara a sus bases para ver como ilegítimo cualquier desenlace que no favorezca al proyecto de izquierda.
El llamado conteo transmitido no tiene fuerza vinculante. sus datos no son norma pública. Como presidente no acepto los resultados del preconteo de la firma privada de los hermanos Bautista, porque debiendo estar quietos los algoritmos del software de conteo y escrutinios, en la…
— Gustavo Petro (@petrogustavo) June 1, 2026
El contraste es evidente. Abelardo de la Espriella salió de la primera vuelta como el candidato más votado, con una coalición en expansión y con apoyos internos e internacionales que reconocen en su triunfo una señal de cambio. Frente a eso, el petrismo respondió con sospechas, advertencias y lenguaje de confrontación. Es una forma de desconocer políticamente la voluntad popular sin tener que admitirlo de manera frontal.
Iván Cepeda se refiere en su discurso a Abelardo De La Espriella: "Representa el fascismo mafioso (...) Es misógino y homófobo", afirma.https://t.co/OnebpxBHxN pic.twitter.com/VN8d3TgsYO
— Revista Semana (@RevistaSemana) June 1, 2026
Colombia necesita escrutinio, garantías y revisión de actas, pero también necesita responsabilidad democrática. Si Petro y Cepeda tienen pruebas, deben presentarlas por las vías institucionales. Si no las tienen, deberían respetar la decisión preliminar de millones de colombianos. Lo contrario sería convertir la derrota electoral en una crisis fabricada desde el poder y desde la candidatura oficialista.