11/06/2026 - Edición Nº1220

Internacionales

Mundial 2026

Los Mundiales de la propaganda: cómo las dictaduras utilizaron el fútbol para mostrar poder

11/06/2026 | ​​​​​​​Desde la Italia fascista de Mussolini hasta la Argentina de Videla y el Qatar de los jeques, varias Copas del Mundo fueron mucho más que un evento deportivo.



Comenzó el Mundial 2026. Miles de millones de personas seguirán los partidos, las figuras y las emociones que hacen del fútbol el deporte más popular del planeta. Pero detrás de la fiesta, los estadios y las transmisiones globales, existe una historia menos conocida y mucho más política.

A lo largo de casi un siglo, los Mundiales han sido utilizados por gobiernos de distinto signo para fortalecer su imagen, proyectar influencia internacional y construir relatos nacionales. Sin embargo, fueron los regímenes autoritarios quienes comprendieron con mayor rapidez el potencial de la Copa del Mundo como herramienta de legitimación.

Pocas plataformas ofrecen algo comparable a un Mundial: atención global, emociones masivas y una narrativa capaz de llegar simultáneamente a millones de personas. Allí donde la política encuentra límites, el fútbol suele abrir puertas.

La historia de los Mundiales demuestra que la pelota rara vez estuvo separada del poder.

Mussolini y el primer Mundial político de la historia

Cuando Italia organizó el Mundial de 1934, el fascismo llevaba más de una década consolidándose bajo el liderazgo de Benito Mussolini.

El régimen entendió rápidamente que la Copa del Mundo podía transformarse en una gigantesca operación de propaganda nacional e internacional. Los estadios fueron presentados como símbolos de modernidad, organización y fortaleza. La selección italiana fue convertida en una representación del éxito del proyecto fascista.

“Que Dios lo ayude si llega a fracasar”, la frase de Mussolini al DT en el vestuario de Italia.

La presión por ganar era enorme. Décadas después, historiadores y periodistas seguirían debatiendo sobre la influencia política que pudo haber existido sobre árbitros y dirigentes durante el torneo. Aunque muchas de esas acusaciones nunca pudieron probarse de manera concluyente, lo importante es otro aspecto: Mussolini comprendió antes que nadie que una victoria deportiva podía transformarse en una victoria política.

Italia terminó conquistando el campeonato y el régimen utilizó el triunfo como prueba de la supuesta superioridad del modelo fascista.

Fue el primer gran ejemplo de cómo un Mundial podía ser utilizado como una extensión del poder estatal.

Argentina 1978: la Copa junto a los centros clandestinos

Si existe un Mundial inseparable de una dictadura, ese es Argentina 1978.

La Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla enfrentaba crecientes denuncias internacionales por desapariciones, torturas y violaciones a los derechos humanos. La organización de la Copa del Mundo apareció entonces como una oportunidad extraordinaria para mejorar la imagen del régimen ante la comunidad internacional.

Mientras millones de espectadores observaban una Argentina festiva, moderna y organizada, el aparato represivo continuaba funcionando.

A menos de diez kilómetros del estadio Monumental operaba la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros clandestinos de detención de la dictadura.

Argentina y su primera estrella: a 45 años de la victoria ante Holanda en  el Mundial 1978

La magnitud de la apuesta fue gigantesca. El gobierno militar destinó recursos extraordinarios para garantizar el éxito del torneo. La Copa debía demostrar que Argentina era un país estable y respetado.

Sin embargo, la estrategia encontró límites inesperados. La llegada masiva de periodistas extranjeros permitió que organizaciones de derechos humanos encontraran una ventana de visibilidad internacional inédita. Las Madres de Plaza de Mayo aprovecharon la atención mundial para denunciar las desapariciones y exponer una realidad que la dictadura intentaba ocultar.

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El Mundial fue utilizado como herramienta de propaganda, pero también se convirtió en una plataforma involuntaria para quienes denunciaban al régimen.

Pocas veces el choque entre deporte y política quedó tan expuesto.

Pelé, Brasil y el triunfo que abrazó la dictadura

Dos años antes de Argentina 78, otra dictadura latinoamericana había descubierto el potencial político del fútbol.

Brasil llegó al Mundial de México 1970 bajo un régimen militar instaurado tras el golpe de Estado de 1964. La selección liderada por Pelé desplegó uno de los mejores equipos de la historia y conquistó el campeonato con un fútbol que todavía hoy es considerado una referencia mundial.

Mundial México 1970: Pelé y Brasil conquistan tercer título

El éxito deportivo fue inmediatamente aprovechado por las autoridades.

La conquista del tricampeonato permitió reforzar un discurso nacionalista que presentaba a Brasil como una potencia en ascenso. El triunfo ayudó a construir una narrativa de unidad nacional en momentos en que el régimen enfrentaba críticas por la represión política y la falta de libertades democráticas.

La selección no era responsable de las decisiones del gobierno. Sin embargo, como ocurrió tantas veces en la historia, el poder político intentó apropiarse del éxito deportivo para fortalecer su propia legitimidad.

Qatar 2022 y las nuevas formas de influencia

Con el paso del tiempo, las dictaduras cambiaron. También cambió la forma en que utilizan el deporte. Qatar 2022 mostró una versión moderna de una lógica que lleva décadas vigente.

El pequeño emirato del Golfo no necesitaba ganar el Mundial. Su objetivo era otro: aumentar su influencia global, mejorar su posicionamiento internacional y presentarse como un actor relevante en la política mundial.

Con una estrella de Hollywood y el recuerdo de anteriores Copas del Mundo:  así fue la impactante ceremonia inaugural del Mundial Qatar 2022 | El  Comercial

Las críticas por la situación de los trabajadores migrantes, las restricciones a las libertades civiles y el funcionamiento del sistema político qatarí convivieron con imágenes de estadios futuristas y una organización sin precedentes.

Durante semanas, el país ocupó el centro de la conversación global.

Ese fenómeno tiene un nombre cada vez más utilizado por académicos y analistas: sportswashing, una estrategia mediante la cual gobiernos cuestionados buscan mejorar su reputación internacional a través de grandes eventos deportivos.

Ya no se trata únicamente de propaganda clásica. Se trata de influencia, imagen y poder blando.

El Mundial 2026 y una lección que sigue vigente

Estados Unidos, México y Canadá están lejos de los contextos políticos que caracterizaron a Italia 1934, Brasil 1970 o Argentina 1978. Sin embargo, la historia de los Mundiales sigue ofreciendo una enseñanza relevante.

Los gobiernos continúan entendiendo que el fútbol proporciona algo que pocas herramientas políticas pueden garantizar: atención global, legitimidad simbólica y capacidad para construir relatos colectivos.

La FIFA también aprendió esa lección hace mucho tiempo. La organización negocia con presidentes, gobiernos, empresas multinacionales y organismos internacionales porque sabe que el Mundial es mucho más que una competencia deportiva. Es uno de los eventos de mayor impacto político, económico y cultural del planeta.

Por eso, cada cuatro años, la Copa del Mundo vuelve a convertirse en algo más que fútbol. Detrás de los goles, las camisetas y las celebraciones aparecen preguntas sobre poder, identidad, influencia y prestigio internacional.

Desde Mussolini hasta Videla, desde los generales brasileños hasta los jeques del Golfo, los Mundiales demostraron que el fútbol puede ser mucho más que un deporte. La pelota rueda durante noventa minutos. Su impacto político puede durar décadas.