El 5 de diciembre de 2025, durante un acto vinculado al Mundial 2026 en Washington, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, entregó a Donald Trump un "Premio FIFA de la Paz". La escena recorrió el mundo. Para algunos fue apenas un gesto protocolar. Para otros, una muestra de la creciente cercanía entre el poder político y el deporte más popular del planeta.
La imagen, sin embargo, estaba lejos de ser excepcional.
A lo largo de las últimas décadas, presidentes, primeros ministros, monarcas y líderes de todos los continentes han buscado asociar su imagen al fútbol. Algunos aparecen en los vestuarios tras una victoria histórica. Otros reciben selecciones nacionales en palacios presidenciales. Muchos utilizan camisetas, participan en inauguraciones de estadios o celebran triunfos deportivos como si fueran logros nacionales.
Pocas actividades generan una conexión emocional tan profunda y transversal como el fútbol. Y los líderes políticos lo saben.
En una época marcada por la polarización, la fragmentación social y la desconfianza hacia las instituciones, el deporte ofrece algo cada vez más escaso: una experiencia compartida capaz de movilizar a millones de personas al mismo tiempo.
Estados Unidos nunca fue una potencia tradicional del fútbol. Sin embargo, el Mundial 2026 cambiará temporalmente el centro de gravedad del deporte.
La mayoría de los partidos decisivos se disputarán en territorio estadounidense. La final tendrá lugar en Estados Unidos y el país recibirá a millones de visitantes durante varias semanas.
Para cualquier presidente estadounidense, un evento de semejante magnitud representa una oportunidad política difícil de ignorar.
Más allá de las diferencias ideológicas, la organización de una Copa del Mundo permite proyectar capacidad organizativa, liderazgo internacional y prestigio global.
El fútbol ofrece algo que la diplomacia tradicional rara vez consigue: llegar simultáneamente a miles de millones de personas.
Pocos dirigentes entendieron esa dinámica tan claramente como Emmanuel Macron.
Durante el Mundial de Qatar 2022, el presidente francés fue una presencia constante en la campaña de la selección de Francia. Su aparición más recordada ocurrió tras la final frente a Argentina, cuando descendió al campo de juego para consolar personalmente a Kylian Mbappé.
La imagen generó críticas y elogios. Pero, sobre todo, mostró hasta qué punto los líderes contemporáneos comprenden la potencia simbólica del deporte.
En tiempos donde las identidades políticas se fragmentan, los éxitos deportivos continúan funcionando como uno de los pocos momentos capaces de generar una sensación de unidad nacional.
No es casualidad que los gobiernos intenten asociarse a ellos.
La relación entre el fútbol y el poder tampoco se limita a las repúblicas. En el Reino Unido, el príncipe William se ha convertido en una de las figuras públicas más vinculadas al deporte. Su pasión por el Aston Villa es conocida y sus apariciones en partidos internacionales son frecuentes.
La estrategia responde a una lógica más amplia. Las monarquías modernas necesitan construir cercanía con sociedades cada vez más diversas y menos deferentes hacia las instituciones tradicionales. El deporte ofrece un terreno ideal para ese objetivo.
Una fotografía en una tribuna suele generar una conexión mucho más inmediata que un discurso oficial.
Si existe un líder que comprendió el valor geopolítico del fútbol, ese fue Vladimir Putin.
La organización del Mundial de Rusia 2018 fue presentada por el Kremlin como una demostración de capacidad organizativa, modernización e influencia internacional.
Durante semanas, millones de visitantes llegaron al país y las imágenes de las ciudades rusas ocuparon las pantallas de todo el mundo.
El torneo permitió proyectar una imagen diferente de Rusia en un contexto marcado por tensiones diplomáticas con Occidente.
No fue un fenómeno exclusivo del Kremlin.
Desde Italia en 1934 hasta Qatar 2022, numerosos gobiernos comprendieron que los grandes eventos deportivos pueden funcionar como herramientas de política exterior.
La organización de un Mundial ofrece algo extraordinariamente valioso: atención global concentrada durante varias semanas.
Incluso en países donde el fútbol no ocupa el primer lugar en términos deportivos, los líderes han comenzado a reconocer su potencial.
India constituye uno de los ejemplos más interesantes. Aunque el cricket continúa siendo el deporte dominante, el crecimiento de las audiencias futbolísticas y la expansión de las ligas internacionales han llevado al gobierno de Narendra Modi a prestar cada vez más atención al fenómeno.
La explicación es sencilla.
El fútbol se ha convertido en un lenguaje verdaderamente global. Para las potencias emergentes, participar de esa conversación también significa ganar visibilidad internacional.
Durante buena parte del siglo XX, la política movilizaba multitudes a través de partidos, sindicatos o movimientos sociales.
En el siglo XXI, muchos de esos espacios perdieron capacidad de convocatoria.
Las redes sociales fragmentaron las audiencias. Los medios se multiplicaron. Las identidades colectivas se volvieron más complejas.
Sin embargo, el fútbol conserva algo que pocas instituciones mantienen.
La capacidad de reunir simultáneamente a millones de personas alrededor de una misma emoción. Por esa razón, presidentes, reyes y primeros ministros continúan buscando una fotografía con una camiseta, un trofeo o una figura deportiva.
No se trata simplemente de oportunismo.
Se trata de comprender dónde se encuentran hoy algunos de los símbolos más poderosos de pertenencia colectiva.
A primera vista, la relación entre la política y el fútbol puede parecer anecdótica. Una foto en un vestuario. Un mandatario celebrando un gol. Una visita protocolar antes de una final.
Pero detrás de esas imágenes existe una lógica mucho más profunda.
El fútbol se ha transformado en una de las plataformas de influencia cultural más importantes del planeta. Moviliza identidades nacionales, genera relatos compartidos y concentra audiencias que ningún acto político podría convocar por sí solo.
Por eso Donald Trump aparece junto a Gianni Infantino. Por eso Emmanuel Macron baja al césped después de una final. Por eso el príncipe William se muestra en las tribunas. Por eso Putin utilizó el Mundial para proyectar la imagen de Rusia. Y por eso cada vez más líderes buscan asociarse al deporte más popular del mundo.
En una época de fragmentación política, el fútbol sigue siendo uno de los pocos lenguajes universales.
Y ningún dirigente quiere quedar afuera de una conversación que moviliza a miles de millones de personas.