A partir de una publicación en X Patricia Bullrich quedó en el centro de una nueva fricción con Javier Milei. El asunto es el pliego de María Verónica Michelli, candidata a jueza federal de La Plata.
El Presidente y Karina Milei resolvieron retirar su candidatura por el vínculo familiar de Michelli con el periodista Hugo Alconada Mon, que investigó el caso $LIBRA y la situación patrimonial de Manuel Adorni. Bullrich habló con Milei, le comunicó su desacuerdo y anunció públicamente que ejercerá su “derecho a la objeción de conciencia” frente a esa decisión.
La senadora buscó encuadrar su diferencia como un desacuerdo puntual, sin romper con el Gobierno. En su mensaje dejó claro que reconoce la atribución constitucional del Presidente para proponer y retirar pliegos judiciales y, al mismo tiempo, sostuvo que expresar sus convicciones también forma parte de su responsabilidad política.
Cerca suyo explican la jugada de una manera bastante concreta: Bullrich quiso preservar un perfil propio frente a un tema sensible para un electorado antikirchnerista atento a las cuestiones institucionales y a las sospechas de corrupción.
Hablé con el Presidente y le comuniqué que voy a ejercer mi derecho a la objeción de conciencia respecto del retiro del pliego de la Dra. Michelli a Jueza Federal.
— Patricia Bullrich (@PatoBullrich) June 1, 2026
Conozco y respeto plenamente la facultad constitucional del Presidente de la Nación para proponer y retirar…
La discusión no quedó sólo en el tuit. Bullrich puso a disposición su renuncia a la jefatura del bloque de La Libertad Avanza en el Senado y Milei la rechazó. El episodio dejó al bloque en un estado de deliberación interna y abrió un cruce de reproches que alcanzó a Karina Milei, al ministro de Justicia Juan Bautista Mahiques, a Juan Carlos Pagotto y a la propia conducción parlamentaria.
En el oficialismo admiten que el gesto cayó como una bomba porque expuso una diferencia con el Presidente en un asunto donde la Casa Rosada quería disciplina cerrada.
Dentro del Gobierno hay una lectura más moderada. Cerca de Karina Milei y de Adorni eligieron “no escalar” y describieron el movimiento de Bullrich como algo “natural”. En esa interpretación, se trata de una objeción de conciencia acotada, sin vocación rupturista y sin consecuencias mayores para la coalición oficialista.
Guillermo Francos incluso reposteó el mensaje de la senadora, otro dato que muestra que una parte del oficialismo prefiere administrar el episodio como una diferencia tolerable antes que como una crisis de mando.

La otra campana escucha otra cosa. En el oficialismo y en sectores aliados hay quienes leen el gesto de Bullrich como una señal más amplia de autonomía y como un recordatorio de que no piensa resignar capital político propio. Esa lectura se apoya en antecedentes recientes: el cruce por la declaración jurada de Adorni, sus movimientos cada vez más visibles en la Ciudad y la necesidad de conservar un vínculo con un votante de derecha no completamente absorbido por el mileísmo.
En ese razonamiento, la jueza Michelli funciona como detonante de un mensaje más largo: Bullrich no quiere quedar reducida a un papel secundario y tampoco está dispuesta a pagar sin matices los costos de cada decisión de los hermanos Milei.
En el entorno de Bullrich niegan que esté armando una ruptura o una candidatura propia para enfrentar a Milei. La versión que hacen circular es otra: mientras el Presidente esté en la cancha, no hay espacio real para una alternativa de derecha por afuera. Aun así, el episodio vuelve a instalar la pregunta por 2027, sobre todo porque la senadora conserva votos, red parlamentaria y un perfil que no depende por completo de la estructura libertaria.
En la Casa Rosada miran ese movimiento con una mezcla de cautela y sospecha. Nadie habla de ruptura, pero varios toman nota de que Bullrich vuelve a mostrarse como alguien con criterio propio y con voluntad de hacerlo valer.
La tensión por Michelli llega, además, en un contexto de internas acumuladas entre Karina Milei, Santiago Caputo y distintas terminales del oficialismo. Por eso el episodio pesa más de lo que sugeriría un simple pliego judicial. Pone sobre la mesa autoridad presidencial, disciplina partidaria, relación con los aliados y márgenes de autonomía dentro del propio Gobierno.
Bullrich eligió marcar una diferencia en un tema institucional sensible. Milei decidió contenerla y evitar una escalada. El conflicto quedó abierto en una zona ambigua: demasiado visible para llamarlo detalle, todavía insuficiente para hablar de ruptura.