por Reynold Kevin Caldera
No llegué a esta pregunta sólo a través de los libros. Salí de Venezuela hace ocho años, pero nunca dejé de mirar. Todos los días: las noticias, los videos, los mensajes de personas que todavía están allá. La distancia no lo vuelve abstracto. En todo caso, hace que el patrón sea más claro.
¿Por qué los individuos permanecen leales a sistemas políticos incluso cuando una evidencia abrumadora contradice sus afirmaciones de éxito? Esta pregunta es central para comprender la Venezuela contemporánea. A pesar de una crisis económica prolongada, el deterioro institucional y una migración masiva de más de ocho millones de personas, un segmento de la población continúa expresando un fuerte apoyo al régimen gobernante. Esta persistencia no puede explicarse únicamente por las condiciones materiales o por el acceso a la información.
Más bien, refleja una transformación más profunda en la manera en que la identidad política se construye y se mantiene bajo condiciones de polarización severa.
Este ensayo introduce el concepto de moralización de la duda, definido como el proceso mediante el cual cuestionar una narrativa política dominante deja de ser tratado como un acto cognitivo o analítico y pasa a ser entendido como una violación moral de la lealtad grupal. Bajo condiciones de polarización extrema, la duda es reformulada como traición, lo que desalienta la indagación crítica y refuerza la cohesión basada en la identidad. Sostenemos que la moralización de la duda no fue un desarrollo repentino, sino una construcción gradual: bajo Chávez se establecieron los fundamentos psicológicos y culturales; bajo Maduro, esos fundamentos fueron institucionalizados mediante la ley, la vigilancia y la represión organizada.
La polarización política severa divide a la sociedad en grupos mutuamente antagónicos, estructurados alrededor de una lógica rígida de “nosotros contra ellos”. Como sostiene McCoy (2019), la polarización se vuelve particularmente dañina cuando las identidades políticas evolucionan hacia identidades morales, en las que la pertenencia a un grupo define la percepción individual de la legitimidad y la verdad. McCoy, Rahman y Somer (2018) demuestran que este patrón —al que denominan polarización perniciosa— constituye una crisis global en la que la competencia política es reemplazada por un conflicto moral existencial.
En Venezuela, esta dinámica tiene raíces históricas profundas. Levine y Crisp (1999) documentaron cómo las instituciones se habían vuelto frágiles, dejando al sistema vulnerable ante un líder capaz de canalizar la frustración popular hacia una confrontación existencial. Corrales (2005) sostiene que la polarización bajo Hugo Chávez no fue meramente ideológica, sino estructural. Esta transformación convirtió la afiliación política en un componente central de la identidad personal. Como documenta Valencia Ramírez (2005), la identidad chavista se volvió inseparable de las narrativas de lucha de clases y reivindicación histórica. En consecuencia, la disidencia política dejó de interpretarse como una forma legítima de participación y pasó a ser vista como una ruptura de la lealtad grupal.

Para sostener la identidad bajo condiciones de crisis, los individuos participan en procesos consistentes con la teoría de la disonancia cognitiva. Como sugiere Leon Festinger (1957), las personas buscan resolver las contradicciones entre sus creencias y la realidad de maneras que preserven la coherencia psicológica. En entornos altamente polarizados, esto suele implicar reinterpretar la evidencia en lugar de revisar las creencias centrales. El declive económico, la inestabilidad institucional o las contradicciones de política pública son reformulados como resultado de amenazas externas o sacrificios temporales.
Samet (2013) ilustra esta dinámica a través de su estudio sobre Caracas, mostrando cómo las comunidades chavistas y opositoras desarrollaron marcos interpretativos mutuamente excluyentes. Lo que un sector leía como fracaso gubernamental, el otro lo reformulaba como sabotaje imperial o sacrificio necesario. Este patrón histórico tiene raíces profundas; Coronil y Skurski (1991) mostraron cómo la semántica de la violencia política en Venezuela ha sido utilizada durante mucho tiempo para definir la pertenencia nacional y excluir la disidencia, transformando el conflicto en una narrativa de supervivencia antes que de competencia.

Dentro de este marco, la duda se convierte en una fuerza desestabilizadora. Si la identidad política depende de la coherencia de una narrativa compartida, entonces cuestionar esa narrativa introduce tanto un riesgo cognitivo como social. El concepto de moralización de la duda captura esta transformación: la duda ya no es un ejercicio intelectual, sino una transgresión moral.
Cuando la duda pasa a ser condenada moralmente, los individuos son incentivados a evitarla por completo. El escepticismo es reemplazado por la conformidad a través de normas internalizadas que equiparan la disidencia con la traición. Como observan Hellinger y Spanakos (2017), el movimiento bolivariano construyó un marco moral en el que la lealtad al proyecto era indistinguible de la lealtad a Venezuela misma. Cuestionar al líder era traicionar a la nación. La frase “dudar es traición” —ampliamente difundida como consigna política chavista— encapsula con precisión esta lógica, reflejando lo que los analistas describen como un sistema en el que los límites del pensamiento son vigilados por expectativas morales incrustadas dentro del grupo.
Esto no era teórico para mí. Lo observé desde lejos: no sólo las leyes y los arrestos, sino algo más silencioso: la manera en que las personas dejaron de hacerse ciertas preguntas por completo. O, al menos, eso era lo que el sistema les exigía. Si lo creían plenamente o simplemente no podían permitirse no hacerlo, esa distinción, desde afuera, era a menudo imposible de ver.

Lo que comenzó como un fenómeno cultural y psicológico bajo Chávez fue progresivamente institucionalizado en la ley bajo Maduro. La moralización de la duda dejó de ser meramente una norma social y se convirtió en una categoría legal.
La moralización de la duda reconfigura toda la arquitectura de la gobernanza democrática. Cuando la duda es deslegitimada y castigada legalmente, los mecanismos de negociación colapsan. Corrales (2023) ofrece un recuento detallado de cómo la administración de Chávez capturó sistemáticamente el Poder Judicial, las Fuerzas Armadas y el Consejo Electoral para eliminar las condiciones estructurales bajo las cuales la disidencia podía operar.
Para 2026, Human Rights Watch concluyó que el Poder Judicial venezolano había dejado de funcionar como una rama independiente, sirviendo en cambio como una herramienta de intimidación del Ejecutivo. El resultado es un sistema en el que la rendición de cuentas es estructuralmente imposible y la conformidad se convierte en la única forma viable de existencia pública.

El caso venezolano ilustra cómo la polarización política severa puede reconfigurar no sólo las instituciones, sino también los marcos morales y psicológicos de la realidad. El concepto de moralización de la duda ofrece una lente para comprender la persistencia de la lealtad política bajo condiciones de crisis.
Aunque este análisis está anclado en Venezuela, las dinámicas no son exclusivas de ese país. Como demuestran McCoy, Rahman y Somer (2018), así como Ekiert (2023), la polarización perniciosa y el retroceso democrático son desafíos globales. En cualquier contexto donde la identidad política se vuelve absoluta y la disidencia es moralmente deslegitimada, es probable que siga la moralización de la duda.
Venezuela puede entenderse no como una excepción, sino como un caso temprano e instructivo para el análisis comparado. Para resistir este proceso, debemos proteger el derecho a dudar, porque allí donde la duda es sistemáticamente suprimida, las condiciones tanto para la verdad como para una gobernanza legítima quedan estructuralmente comprometidas.
Escribo esto no sólo como investigador, sino como alguien que salió de Venezuela y nunca apartó la mirada. El derecho a dudar no es un valor teórico. Para muchos venezolanos fue —y sigue siendo— una realidad diaria, con o sin una consigna que la nombre.