Mientras Europa olía a pólvora y las potencias totalitarias se preparaban para la Segunda Guerra Mundial, en la Argentina las urnas estaban guardadas. La Revolución del 6 de septiembre de 1930 ubicó al teniente general José Félix Uriburu en la Casa Rosada.
Los militares convocaron a elecciones presidenciales para 1932. Para eso crearon la Concordancia, el sello electoral que les sirvió para montar el fraude, al que llamaron "patriótico". Así pudieron asegurar que Agustín Pedro Justo sea presidente, acompañado por Julio Argentino Roca (h) en la vicepresidencia. El binomio gobernó hasta 1938.
Durante 1937 Justo se dedicó a organizar su sucesión, que consistió en pavimentar el camino para la llegada a la presidencia de Roberto M. Ortiz, un abogado radical antiyrigoyenista que estuvo acompañado por el conservador Ramón Castillo. Una vez en el poder, Ortiz intentó timonear un plan de "limpieza electoral" para desmantelar el fraude, pero su debilitada salud no le permitió avanzar mucho. Por el avance de su diabetes debió pedir licencia en 1940.
En esos años la pero esa democracia enferma, ya había infectado los escritorios de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). En ese contexto de desprecio por lo institucional, Argentina decidió pegar un portazo que dejó al país sin Mundial y sepultó a la generación de futbolistas más brillante de nuestra historia.
La bronca argentina tenía un justificativo real: la violación de la palabra empeñada. Existía un acuerdo implícito e histórico en la FIFA de que la Copa del Mundo debía alternar sus sedes de manera estricta entre América y Europa. Tras Uruguay 1930 e Italia 1934, el turno de 1938 le correspondía indiscutidamente al continente americano, y la Argentina se había postulado con el apoyo unánime de toda la Conmebol.
Sin embargo, la FIFA inclinó la balanza de manera escandalosa a favor del país natal de su presidente. Con la tensión prebélica asfixiando al Viejo Continente, Rimet argumentó que las potencias europeas no cruzarían el Atlántico por los altísimos costos y el clima de inestabilidad política. En el congreso de la FIFA de 1936 en Berlín, Francia fue elegida sede por 19 votos contra 4.
Eduardo Sánchez Terrero fue presidente de Boca Juniors desde marzo de 1939 hasta su renuncia en octubre de 1946, y anteriormente lo fue de la AFA entre 1937 y 1939.
— Theodiscus (@Theodiscus2) September 22, 2024
Sánchez Terrero era el yerno de Agustín P. Justo, presidente de la República entre 1932 y 1938. pic.twitter.com/xFq9ODDlsP
El presidente de la AFA, Eduardo Sánchez Terrero, sintió la designación como un agravio al orgullo nacional. En una reacción impulsiva y puramente política, la dirigencia criolla decretó un boicot total a la FIFA en represalia por la falta de caballerosidad europea.
La decisión de no viajar fue vendida por los dirigentes como un acto de dignidad frente al atropello europeo. Sin embargo, la movida escondía un trasfondo mezquino: los dueños de los clubes grandes del fútbol profesional no querían parar el campeonato de Primera (que recaudaba fortunas) por dos meses para mandar a sus estrellas a un torneo en el extranjero.
La reacción popular en las calles de Buenos Aires fue feroz. Al enterarse de la autoexclusión, miles de hinchas y periodistas se agolparon en las puertas de la sede de la AFA para protestar, provocando serios disturbios y pedradas contra el edificio. El hincha argentino -confiado- quería medirse con los mejores y sabía perfectamente el equipo que se estaba perdiendo.
Presionada por el caos callejero, la AFA intentó una pirueta ridícula a último momento: le ofreció a la FIFA revertir el boicot e inscribir a la Selección, siempre y cuando se la eximiera de jugar partidos de Eliminatorias preliminares. Con el fixture ya armado y las relaciones rotas, la FIFA mandó a pasear a los dirigentes argentinos. La Argentina se quedó afuera por soberbia burocrática.
El verdadero drama de Francia 1938 no fue político, sino deportivo: se privó al mundo de ver a la primera gran generación de oro del fútbol argentino. Mientras Brasil iba al Mundial a lucirse con Leónidas, la Argentina contaba con un plantel de galácticos que destrozaba a cualquiera en Sudamérica.

Bernabé Ferreyra, Un joven Adolfo Pedernera y José Manuel Moreno -los cerebros de lo que luego sería "La Máquina" de River- y leyendas de la talla de Herminio Masantonio, Vicente de la Mata y Antonio Sastre tuvieron que seguir el Mundial por los diarios.

Argentina venía de consagrarse campeón sudamericano en 1937 pasándole por encima a Brasil. Para los analistas de la época, la Albiceleste era la candidata natural a quedarse con la Copa del Mundo en territorio francés. La rosca dirigencial, amparada en el orgullo ciego de la Década Infame, nos privó de la oportunidad de jugar por nuestra primera estrella.
En Europa, el Mundial se jugó con un clima asfixiante que anticipaba el estallido de la guerra un año después. El mapa roto por el nazismo: Austria se había clasificado legítimamente a la Copa, pero meses antes del inicio fue invadida y anexada por la Alemania nazi (el Anschluss). Sus mejores jugadores fueron obligados a vestir la camiseta del Tercer Reich, dejando el torneo con 15 selecciones.
La traición brasileña: Brasil fue el único gigante sudamericano que sacó provecho de las ausencias de Argentina y Uruguay, quedándose finalmente con el tercer puesto tras vencer a Suecia por 4-2.
La final en París volvió a coronar a la Italia de Vittorio Pozzo. El plantel italiano, bajo el control estricto de los delegados de Mussolini, se impuso por 4-2 a Hungría para sellar el primer bicampeonato de la historia, justo antes de que el fútbol mundial entrara en un apagón absoluto de 12 años por la guerra.
