Para el resto del planeta, la Copa del Mundo de 1950 fue el regreso del fútbol después de la larga pausa impuesta por la Segunda Guerra Mundial. Para la Argentina, fue un torneo que terminó antes de empezar. Al igual que en 1938, la Albiceleste no participó.
La decisión fue tomada por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) en un contexto atravesado por disputas regionales, tensiones políticas y una profunda transformación del fútbol nacional. Setenta y seis años después, los estudiosos del fútbol reparten culpas entre el gobierno de Juan Domingo Perón, las controversias entre la dirigencia deportiva de Argentina y Brasil y los ecos de la histórica huelga de los futbolistas argentinos en 1948.

La AFA y Perón
La conducción del fútbol argentino operaba casi como un ministerio más, y los años peronistas no fueron la excepción. En aquellos años, la figura de Valentín Suárez se consolidó como uno de los hombres fuertes de la AFA y como un dirigente con vínculos directos con el gobierno peronista.
La intervención estatal en el deporte era una necesidad del Gobierno, que lo promovía como una herramienta de integración social y prestigio nacional. No obstante, no dejaba de ser algo de cabotaje. Cada triunfo podía convertirse en una demostración de fortaleza del ideal peronista del deporte y cada derrota tenía un impacto que trascendía lo estrictamente deportivo.

Partiendo de esa idea rectora, se dijo largamente que en Casa Rosada existía cierta preocupación por el escenario que podía encontrar Argentina en Brasil. La relación entre las dirigencias de ambos países atravesaba uno de sus peores momentos. Las diferencias nacieron en el Campeonato Sudamericano de 1946 y continuaron durante los años siguientes.
El origen del contrapunto fueron los desacuerdos sobre la organización de torneos, los arbitrajes y la conducción del fútbol sudamericano. Cuando Brasil asumió la organización del Mundial, el clima político y deportivo entre los dos gigantes de la región estaba lejos de ser el mejor.

La crisis más profunda de nuestro fútbol se había producido poco antes del Mundial. En 1948, los jugadores iniciaron una huelga para reclamar mejores condiciones laborales y el reconocimiento de derechos profesionales. El conflicto debilitó a los clubes y provocó una fuga masiva de figuras hacia Colombia, cuya liga ofrecía lo que en Argentina no tenían.
Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera, Néstor Rossi y otras estrellas abandonaron el país. El éxodo redujo considerablemente el nivel competitivo del campeonato local y golpeó el potencial de la Selección.
El torneo se disputó con un formato inédito. Hubo trece equipos divididos en cuatro zonas. Los ganadores de cada una avanzaron a una ronda decisiva. A esa instancia llegaron Brasil, Uruguay, España y Suecia. El campeón sería el equipo que sumara más puntos al finalizar ese cuadrangular.
Los dueños de casa llegaron al último partido como favorito absoluto. Habían aplastado a Suecia por 7 a 1 y a España por 6 a 1. Necesitaban apenas un empate frente a Uruguay para quedarse con el trofeo y dar rienda suelta a la alegría. La prensa local celebraba el título por anticipado y el país entero creía que el partido en el estadio Maracaná era apenas una exhibición.
Pero el domingo 16 de julio de 1950 ocurrió una de los mayores sorpresas de la historia del fútbol. Brasil comenzó ganando con un gol de Friaça, apenas comenzado el segundo tiempo. Pero Uruguay, bajo el liderazgo de su capitán, Obdulio Jacinto Varela, reaccionó con los tantos de Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia y terminó imponiéndose 2 a 1. El silencio se adueñó del Maracaná, en una escena dramática sin precedentes.
El que se llevó la peor parte fue el brasileño Barbosa. El arquero sobrevivió medio siglo a ese partido, pagando cada día de su vida el precio de ser la cara de la derrota. Su país nunca le perdonó su fallida actuación mundialista. El artista uruguayo Tabaré Cardozo lo contó mejor que nadie en una canción que le rindió homenaje.