El 13 de junio de 1975 falleció José María Guido. Su llegada a la Casa Rosada fue uno de los episodios institucionales más singulares de la historia argentina: el 29 de marzo de 1962 pasó de presidir el Senado a convertirse en presidente de facto luego de que las Fuerzas Armadas derrocaran a Arturo Frondizi. No era militar, era abogado y fue el único dictador civil que conoció la Argentina.
Su gobierno fue breve y estuvo condicionado desde el primer día por los militares, pero su asunción evitó que el país quedara formalmente bajo una Junta Militar. La paradoja fue evidente: llegó al poder por efecto de un golpe de Estado, pero mediante una maniobra de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) que buscó conservar una apariencia de continuidad constitucional.
El origen de la crisis que lo llevó a Balcarce 50 estuvo en las elecciones del domingo 18 de marzo de 1962. Contra el criterio de las Fuerzas Armadas, Frondizi -que había ganado las elecciones de 1958 con votos peronistas- había habilitado la participación electoral del peronismo, que permanecía proscripto desde la Revolución Libertadora de 1955. El triunfo justicialista -aunque sus candidatos no pudieron identificarse como tales- fue un duro golpe para el oficialismo y para los sectores antiperonistas.
El armado que coordinaba Juan Domingo Perón desde su exilio se impuso, superando a la Unión Cívica Radical, que desde 1957 estaba dividida entre UCR Intransigente -liderada por Arturo Frondizi- y UCR del Pueblo, comandada por Ricardo Balbín. El dato que más inquietó a los uniformados fue la victoria del sindicalista Andrés Framini en la provincia de Buenos Aires, que lo eligió como gobernador.
Para los militares, aquello era una demostración de que el peronismo seguía siendo una fuerza política con vocación de poder. Sin perder tiempo, esa misma noche comenzaron las presiones. Las Fuerzas Armadas exigieron medidas drásticas para impedir que los peronistas asumieran sus cargos. El Gobierno respondió interviniendo las provincias donde había triunfado el partido del "tirano prófugo", pero la decisión no alcanzó para frenar la avanzada militar.
Durante los días siguientes, Frondizi quedó atrapado entre la presión castrense y la imposibilidad política de aceptar una tutela abierta sobre su gobierno. Mientras la Armada reclamaba su renuncia, distintos sectores intentaban encontrar una salida negociada.
Incluso hubo gestiones del expresidente de facto Pedro Eugenio Aramburu para mediar en el conflicto, pero el intento fracasó. Para entonces, los comandantes evaluaban distintos escenarios: mantener al presidente bajo control militar, forzar una sucesión constitucional o reemplazarlo por un gobierno de facto cívico-militar.
El 28 de marzo la situación se volvió irreversible. Frondizi recibió a los comandantes en jefe de las tres armas en la Casa Rosada y volvió a rechazar cualquier posibilidad de renuncia. Horas después fue detenido en la Quinta de Olivos y trasladado bajo custodia militar a la isla Martín García. En la madrugada del 29 de marzo de 1962, el golpe ya era un hecho consumado.

Una vez derrocado el presidente, los militares se encontraron con un problema que no lograron resolver: quién debía ocupar el poder. Durante varias horas la Argentina quedó sin Gobierno, sumida en una zona gris institucional. Fue entonces cuando dirigentes de la UCRI, funcionarios del gobierno depuesto y miembros de la Corte Suprema de Justicia impulsaron una interpretación de la Ley de Acefalía para que José María Guido asumiera la Presidencia en su condición de presidente provisional del Senado.
La operación debía ejecutarse rápidamente. Desafiando al reloj, Guido fue trasladado de urgencia para prestar juramento en Talcahuano 550, antes de que los militares ingresen a Casa Rosada. La ceremonia fue improvisada, sin tiempo para cumplir con el protocolo habitual. Según la tradición, los presidentes argentinos deben jurar sobre una Biblia, pero no había tiempo para ir a buscarla. Guido terminó prestando juramento sobre un ejemplar de la Constitución Nacional.
General Raúl Poggi.
Luego de largos cabildeos, los comandantes en jefe decidieron que el teniente general Raúl Poggi -jefe del Ejército- debía asumir la presidencia, ignorando lo que estaba haciendo Guido. Cuando los hombres de armas lograron ponerse de acuerdo, se dirigieron a Balcarce 50, pero ya era tarde. El nuevo presidente ya estaba ocupando el Sillón de Rivadavia.
La rápida maniobra de la CSJN convirtió a Poggi en el único militar golpista que no asumió la presidencia, pero a pesar de no tener a uno de los suyos en el Gobierno, los militares tuvieron el poder. En los primero días de Gobierno, las Fuerzas Armadas le hicieron firmar su compromiso de mantener la proscripción del peronismo y de hacerla extensiva al Partido Comunista. Sin embargo, la falta de cohesión castrense terminó en un conflicto armado entre dos bandos que se decidió en las calles argentinas.
El problema era qué hacer con el peronismo. El sector partidario de mantener la proscripción del partido mayoritario sostenía que eso era posible bajo una férrea dictadura militar. Ese grupo fue el Colorado y contaba con apoyo del almirante Isaac Rojas. Por el contrario, los que sostenían que había que avanzar hacia una democracia incluyendo al peronismo, bajo ciertas condiciones, se autodenominó Azul.
Hubo fuego cruzado en septiembre de 1962. Los Azules ganaron la batalla psicológica, con la difusión radial del famoso Comunicado Nº150 -cuya redacción estuvo a cargo del periodista Mariano Grondona- en el que se presentaban ante la sociedad como garantes de la democracia. La consecuencia directa fue que su jefe -teniente general Juan Carlos Onganía- accedió a la jefatura del Ejército. El posterior acercamiento de los Azules a la posición de los Colorados hizo que se los llame Violetas.
Entre el 2 y el 5 de abril de 1963 hubo lugar para nuevos enfrentamientos en varios puntos del país, pero la suerte de los Colorados no cambió en absoluto. De acuerdo con registros militares, en total hubo una veintena de muertos y casi un centenar de heridos. Por la gravedad de lo sucedido, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas sentenció a 150 oficiales de las tres armas a distintas penas, pero el presidente Guido dictó una amnistía general que los relevó del cumplimiento de las penas pero no impidió la purga castrense.
Una vez superado el conflicto, la dictadura convocó a elecciones para el 7 de julio de 1963, con el peronismo proscripto. La Unión Cívica Radical del Pueblo levantó la candidatura de Arturo Illia, acompañado por Carlos Perette.
El radicalismo frondizista estuvo representado por Oscar Alende y Celestino Gelsi. Por su parte, el ex dictador Pedro Eugenio Aramburu tuvo doble postulación. Fue candidato por su partido, Unión del Pueblo Argentino (UDELPA) acompañado por Arturo Etchevehere, pero por un juego de alianzas, también encabezó la boleta del Partido Demócrata Progresista. En ese caso, su vice fue Horacio Thedy. También compitieron otras agrupaciones menores.
El dato llamativo fue la alta incidencia del voto en blanco (19%). Entre los votos válidos, el hombre de la UCRP obtuvo el 25% y se convirtió en el presidente electo menos votado de la historia, récord que conservó hasta 2003. Finalmente, el 12 de octubre de 1963 el presidente provisional -como se decía en esa época para no llamarlo dictador- Guido le entregó los atributos presidenciales a Arturo Illia.