El 14 de junio de 1986 murió en Ginebra Jorge Luis Borges, uno de los escritores más importantes de la lengua española y una de las figuras intelectuales más influyentes del siglo XX. A cuatro décadas de su fallecimiento, su obra continúa siendo objeto de estudio en universidades de todo el mundo, mientras que muchas de sus intervenciones políticas siguen despertando controversias.
Autor de clásicos como "Ficciones", "El Aleph" y "Fervor de Buenos Aires", Borges construyó una literatura capaz de mezclar filosofía, metafísica, policiales, laberintos y espejos. Sin embargo, fuera de las bibliotecas y los círculos académicos, también fue un protagonista involuntario de la historia política argentina.
Su nombre quedó asociado a posiciones que provocaron adhesiones y rechazos, en ocasiones con la misma intensidad que sus textos literarios. Buena parte de lo que generaba tenía origen en sus posiciones políticas.
Cuando Juan Domingo Perón llegó al poder en 1946, Borges trabajaba como auxiliar en una biblioteca municipal. Poco después fue desplazado de ese cargo y, según relató durante décadas, recibió un nombramiento como inspector de mercados de aves y conejos.
El escritor interpretó su desplazamiento como algo más que una ironía. Para él fue una humillación política. Eso terminó de consolidar un antiperonismo que ya venía desarrollando desde la irrupción de Perón en la vida pública argentina.
En esa época Borges se convirtió en una de las voces más visibles de la oposición intelectual. Sus discursos, conferencias y artículos cuestionaron tanto a Perón como a Eva Perón, a quienes veía como representantes de una forma de autoritarismo populista incompatible con sus ideales liberales.
Después de la vuela del peronismo al poder y de la muerte de Perón, Borges seguía definiéndose como antiperonista, aunque sin alinearse orgánicamente con ningún partido político. Borges sostuvo sus convicciones hasta el final de su vida.
En septiembre de 1955 buena parte de la intelectualidad –con Borges como figura destacada- celebró la caída de Perón. Como buena parte de los sectores liberales, conservadores y socialistas, el escritor consideró que el golpe militar había puesto fin a una etapa que juzgaba opresiva para la vida cultural y política del país.
Lejos del trato que le dio el peronismo, la Revolución Libertadora lo reivindicó. En 1955 fue designado director de la Biblioteca Nacional, un cargo que ocupó hasta 1973, precisamente, hasta el retorno del peronismo. En ese momento presentó su renuncia.
La imagen de Borges al frente de la institución mientras avanzaba la ceguera que lo acompañaría el resto de su vida se transformó en una de las escenas más conocidas de la cultura argentina.
Con el paso del tiempo, sin embargo, el escritor fue tomando distancia de algunas experiencias militares. Aunque mantuvo una fuerte crítica al peronismo, sus posiciones políticas no siempre coincidieron con los gobiernos de facto que sucedieron a la Libertadora.
Uno de los episodios más discutidos de la vida de Borges ocurrió el 19 de mayo de 1976. Ese día compartió un almuerzo en la Casa Rosada junto al presidente de facto Jorge Rafael Videla, el escritor Ernesto Sábato, el sacerdote Leonardo Castellani y otros invitados.
La reunión generó una enorme repercusión. Borges elogió públicamente la cortesía de Videla y expresó expectativas favorables hacia el nuevo gobierno. Al mismo tiempo, las denuncias por desapariciones y violaciones a los derechos humanos se multiplicaban. Con el paso de los años, aquella fotografía se transformó en una carga para su imagen pública.

A comienzos de la década de 1980 tomó distancia del régimen militar. En 1980 firmó una solicitada en defensa de los desaparecidos y posteriormente criticó duramente a la dictadura, especialmente tras la Guerra de Malvinas. Aun así, el almuerzo con Videla continúa siendo uno de los capítulos más controvertidos de su biografía.
Entre las numerosas entrevistas que concedió, las conversaciones con Antonio Carrizo ocupan un lugar especial. El conductor logró mostrar a un Borges relajado, irónico y dispuesto a hablar de literatura, filosofía y política con una espontaneidad poco habitual.
En aquellas charlas televisivas quedaron registradas muchas de sus opiniones sobre el país, sus críticas al nacionalismo y sus cuestionamientos a distintas tradiciones políticas argentinas.
Lejos de la solemnidad académica, las entrevistas revelaron a un Borges capaz de combinar erudición y humor, y se transformaron con el tiempo en un documento fundamental para comprender su pensamiento.
Si hubo una pasión popular argentina que Borges nunca logró comprender fue el fútbol. Durante décadas cuestionó la importancia social que adquiría el deporte y consideró exagerada la identificación colectiva que generaban los clubes.
Sus críticas apuntaban especialmente al fenómeno de las multitudes. Desconfiaba de cualquier manifestación masiva y veía en el fanatismo futbolero una expresión de irracionalidad colectiva.
En una oportunidad, aprovechó una entrevista para decir "que raro que no censuren de Inglaterra su mayor pecado, la difusión de un juego tan estúpido como el fútbol".
La distancia entre Borges y el fútbol alcanzó uno de sus momentos más célebres durante el Mundial de 1978. La dictadura utilizaba la Copa del Mundo como herramienta de propaganda internacional y millones de argentinos seguían los partidos de la Selección, pero él nadaba contra la corriente.

El autor eligió participar de una conferencia sobre la inmortalidad organizada exactamente a la misma hora del partido Argentina-Hungría, nada menos que el debut de la Albiceleste en el torneo. El gesto fue una provocación intelectual y como una forma de indiferencia frente a una pasión nacional que nunca compartió. A pesar de ello, terminada la fiebre mundialista, el escritor y el entrenador compartieron una charla amena.
A cuarenta años de su muerte, Borges está más presente que nunca. Su obra conserva el prestigio de siempre y su influencia cruza fronteras políticas, porque es leído hasta por los peronistas.
Quizás esa fascinación que generan sus libros es lo que explique su vigencia. Entre la ficción y las turbulencias de la historia argentina, el autor de “Funes, el memorioso” construyó una figura imposible de reducir a una sola definición.