15/06/2026 - Edición Nº1224

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Vivian Silver y la masacre de Kfar Aza: la voz por la paz que también fue silenciada

15/06/2026 | En Be’eri, Kfar Aza y Nir Oz, Hamas atacó familias, ancianos, niños y activistas por la paz: no una base militar, sino comunidades civiles.



El kibutz atacado el 7 de octubre obliga a mirar el conflicto sin consignas fáciles. Hamas no entró solo contra soldados, ministerios o símbolos del gobierno israelí. Entró en comunidades civiles, agrícolas y familiares del sur de Israel. Atacó casas, habitaciones seguras, comedores, jardines, caminos internos y dormitorios donde vivían niños, ancianos, trabajadores y familias enteras. Ese dato desmonta la excusa política más repetida contra Israel: el blanco no fue únicamente el Estado, sino la vida civil israelí.

El kibutz no es una fortaleza militar. Históricamente, representa una de las formas más comunitarias de la sociedad israelí: trabajo agrícola, cooperación, vida compartida y vínculo territorial. Por eso el ataque a Be’eri, Kfar Aza o Nir Oz tiene una carga simbólica tan fuerte. Hamas no hizo una distinción moral entre derecha, izquierda, pacifistas, críticos del gobierno, niños o ancianos. La violencia entró allí donde había familias, no donde había un campo de batalla convencional.
 


Israel, oficialmente Estado de Israel, es un estado soberano de Asia occidental ubicado en la región de Oriente Próximo, en el Levante mediterráneo.

La paz también fue atacada

Be’eri es el caso más claro. Allí murió una parte visible de la comunidad, casas fueron dañadas o destruidas y familias completas quedaron rotas. Entre las víctimas estuvo Vivian Silver, activista canadiense-israelí por la paz, residente del kibutz y figura asociada durante años al diálogo con palestinos. Su asesinato resume la verdad más incómoda del 7 de octubre: Hamas no mató solo a quienes podían ser caricaturizados como enemigos ideológicos. También mató a personas que habían dedicado su vida a la convivencia.

Ese punto vuelve insostenible la lectura que intenta justificar la masacre como “resistencia” contra el poder israelí. Una organización que asesina civiles en un kibutz, secuestra familias y mata a una activista por la paz no está haciendo una operación política contra un gobierno: está atacando la posibilidad misma de convivencia. En Be’eri, la excusa se derrumba frente a las casas quemadas. En Kfar Aza, frente a los hogares destruidos. En Nir Oz, frente a los rehenes llevados a Gaza. El 7 de octubre no preguntó por ideología; atacó existencia.


Hamas atacó kibutzim civiles y destruyó la excusa política contra Israel.

La seguridad como vida cotidiana

Por eso Israel no puede explicar su seguridad como una abstracción militar. Para el sur israelí, seguridad significa que una madre pueda cerrar la puerta de su casa sin pensar que un grupo armado entrará por la mañana. Significa que un anciano pueda vivir en su comunidad sin ser tomado como rehén. Significa que un niño pueda dormir en su habitación sin que su kibutz se convierta en una escena de guerra. La defensa de Israel no empieza en los mapas diplomáticos: empieza en esas casas atacadas.


Be’eri muestra que Hamas no distinguió entre pacifistas, familias y civiles.

El kibutz atacado deja una lección política y moral. Hamas quiso convertir comunidades civiles en prueba de vulnerabilidad nacional; Israel debe convertir esa memoria en fundamento de protección. La respuesta israelí no se entiende solo como reacción estatal, sino como obligación básica de un país que vio a sus ciudadanos asesinados en sus propios hogares. Be’eri, Kfar Aza y Nir Oz recuerdan que Israel no defiende una idea abstracta de soberanía. Defiende la posibilidad concreta de que sus familias, incluso las más pacifistas, puedan seguir viviendo.