Israel no combate únicamente en túneles, fronteras o bases militares. Después del 7 de octubre, también combate en un terreno menos visible pero decisivo: la percepción global. Allí no pesan solo los misiles, sino los titulares, las imágenes, los videos virales, los algoritmos y los marcos morales desde los cuales el mundo interpreta la guerra. Hamas produjo una masacre física contra Israel, pero luego comenzó una segunda batalla: desplazar el origen del horror, diluir a las víctimas israelíes y convertir la defensa del país en una acusación permanente.
Esa guerra de percepción es especialmente dura porque avanza más rápido que cualquier comunicado oficial. Una imagen puede circular sin contexto, un video puede reciclarse como si fuera actual, una cuenta falsa puede simular ser fuente confiable y una consigna puede viajar más lejos que una verificación. En ese clima, Israel no pide inmunidad frente a la crítica. Pide algo más elemental: que el mundo no borre el punto de partida. El 7 de octubre no fue un episodio abstracto del conflicto, sino un ataque terrorista contra civiles, familias, comunidades y rehenes llevados a Gaza.
La reunión con Sagiv Asulin permite entender ese campo de batalla. Su perfil lo ubica en una zona estratégica: Irán, operaciones de influencia y percepción pública. Esa combinación es clave porque la amenaza contra Israel no opera solo con cohetes, milicias o grupos armados. También opera con relatos. Irán y sus aliados entienden que una democracia puede ser desgastada no solo por ataques militares, sino por aislamiento diplomático, presión mediática, polarización interna y pérdida de legitimidad ante audiencias extranjeras.
Por eso la diplomacia pública israelí ya no puede ser tratada como una oficina de prensa. Es parte de la seguridad nacional. Si Israel no explica por qué se defiende, otros explicarán por Israel. Si no cuenta qué ocurrió el 7 de octubre, otros convertirán a Hamas en nota al pie. Si no habla en español, en inglés, en árabe y en redes, la conversación global será ocupada por quienes tienen interés en presentar al Estado judío como agresor sin causa, sin víctimas y sin derecho moral a proteger a sus ciudadanos.

El problema no es que existan críticas a Israel. En una democracia y en una guerra tan costosa, la crítica existe y debe ser examinada. El problema aparece cuando la crítica deja de mirar los hechos completos. No hay lectura honesta del conflicto si desaparecen los rehenes, si se olvida la masacre inicial, si se ignora el rol de Irán o si se presenta a Hamas como un actor político convencional y no como una organización que atacó deliberadamente a civiles. En ese punto, la percepción deja de ser debate y se convierte en distorsión.

Israel pelea entonces por algo más profundo que su imagen. Pelea por el derecho a que su experiencia sea reconocida. Por el derecho de las familias de los rehenes a no ser desplazadas por la velocidad de las redes. Por el derecho de los sobrevivientes a no ver su trauma relativizado. Por el derecho de una sociedad atacada a explicar que su seguridad no es capricho, sino condición de vida civil. Después del 7 de octubre, la batalla por la opinión pública no es vanidad diplomática: es memoria, legitimidad y supervivencia política.