En El Living de NewsDigitales, Richard Rosales abrió las puertas de su historia personal y profesional. El guitarrista histórico de Ráfaga repasó su camino desde Villa Fiorito hasta los grandes escenarios del mundo, en una charla íntima donde habló de la familia, los miedos, los aprendizajes y el legado que desea dejar.
Detrás del guitarrista que lleva tres décadas recorriendo el mundo con la banda existe Ariel, el chico de Villa Fiorito que aprendió mirando a sus hermanos, que apostó por la música cuando parecía una locura y que todavía hoy conserva la misma timidez de sus comienzos.
"Yo sigo siendo un tipo introvertido", reconoce. Y aunque miles de personas lo aplaudan en cada show, asegura que todavía le cuesta mirar a la gente a los ojos.
La historia de Richard comenzó mucho antes de Ráfaga. Creció en una familia trabajadora, rodeado de hermanos mayores que marcaron su vida y despertaron su amor por la música.
Con el paso del tiempo llegó la oportunidad de integrar una banda que terminaría convirtiéndose en un fenómeno internacional. Pero no todo fue sencillo. Incluso recuerda con dolor su primera experiencia de grabación profesional.

"Volví llorando a mi casa porque sentía que no había estado a la altura", contó. Aquella frustración, lejos de derrotarlo, se convirtió en un impulso para seguir aprendiendo.
Con el tiempo, las giras internacionales le permitieron conocer culturas distintas y comprender que viajar también es una forma de educarse. Suecia, Rumania y tantos otros destinos se transformaron en una escuela de vida.
Rosales admite que una de sus mayores virtudes y defectos es la exigencia consigo mismo. Necesita llegar al escenario completamente preparado y reconoce que durante muchos años esa obsesión por la perfección le impidió disfrutar momentos únicos.
Uno de ellos fue su participación en el Festival de Viña del Mar. Aunque el show fue un éxito y ayudó a abrir nuevas puertas para la banda, él recuerda que vivió aquella experiencia con más nervios que felicidad.
"Después vi los videos y pensé: qué tonto, no lo disfruté como tenía que disfrutarlo", confesó.
Con los años, la experiencia y los 30 años de trayectoria le dieron otra perspectiva. Hoy intenta relajarse más y entender que no todo depende de alcanzar la perfección.
Fuera de los escenarios, Richard disfruta de actividades muy alejadas del mundo artístico. Le apasionan las herramientas, las reparaciones y todo aquello que implique construir o arreglar algo. Incluso sueña con tener una ferretería en el futuro.
"Que tus hijos te traigan algo roto y te digan 'papá, arreglalo' no tiene precio", asegura.
También reconoce algunos defectos con humor: es impuntual, desordenado y extremadamente autoexigente. Tanto, que muchas veces terminó exigiendo a los demás con la misma intensidad con la que se exigía a sí mismo.
"Aprendí que no todos somos iguales y que cada uno tiene sus propios límites", reflexiona.
Uno de los grandes orgullos de Richard es haber llevado elementos del rock a la cumbia.
En los primeros años de Ráfaga incorporó solos e influencias de guitarristas como Yngwie Malmsteen, Steve Vai, Joe Satriani y John Petrucci, algo poco habitual dentro del género.

Esa mezcla terminó generando un fenómeno inesperado: muchos jóvenes comenzaron a interesarse por el rock gracias a Ráfaga.
"Hay chicos que me escriben y me dicen que empezaron a tocar la guitarra por verme a mí arriba del escenario", relató emocionado. Para él, ese reconocimiento vale incluso más que cualquier éxito comercial.
Cuando se le pregunta por el miedo, su respuesta no está relacionada con la muerte. Lo que realmente le preocupa es que algo pueda sucederles a sus seres queridos. "Mi miedo no es por mí, sino por los que dejo", explicó.

La familia ocupa un lugar central en su vida y considera que la educación, la presencia y el ejemplo son fundamentales para construir una sociedad mejor.
La falta de empatía, la injusticia y el individualismo son algunas de las cosas que más lo afectan. "Nos falta ponernos en el lugar del otro", sostuvo.
Creyente y reflexivo, Rosales asegura que la paz interior es uno de los bienes más valiosos que puede tener una persona. "Poder apoyar la cabeza en la almohada y dormir tranquilo no tiene precio", afirmó.
Y cuando piensa en el futuro, no habla de dinero ni de bienes materiales. Su mayor deseo es que el día de mañana, cuando él ya no esté, alguien se cruce con uno de sus hijos y le diga: "Tu papá era una gran persona". "De acá no nos llevamos nada. Lo importante es lo que dejamos", concluyó.
Para Richard Rosales, la vida no es fácil, pero sí hermosa. Y en ese recorrido, lo verdaderamente importante no son los éxitos ni la fama, sino las huellas que cada persona deja en los demás.