Las tres sedes mexicanas, la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, llevan meses preparando hoteles, transporte y estadios para recibir a aficionados, delegaciones, medios y patrocinadores. El Estadio Azteca, escenario a lo largo de su historia de partidos memorables, grandes conciertos y actos multitudinarios, se convierte ahora en sede del duelo inaugural ante Sudáfrica y suma además un récord único: es el primer recinto de la historia en albergar tres Copas del Mundo, tras las de 1970 y 1986.
Más allá del espectáculo, el país afronta una pregunta de fondo: cuánta riqueza dejará realmente el torneo y qué quedará cuando se apaguen los reflectores. La respuesta, como suele ocurrir con los grandes eventos, depende de a quién se le pregunte.
Las estimaciones sobre la derrama económica varían según quién las calcule y qué incluya. Las proyecciones más optimistas, difundidas por organizadores y cámaras empresariales, hablan de un impacto superior a los 3.000 millones de dólares. The Competitive Intelligence Unit calcula una derrama directa cercana a los 2.570 millones de dólares para las tres sedes mexicanas, equivalente a alrededor del 0,13% del PIB nacional. La mayor parte de ese dinero se concentra en hospedaje, transporte, alimentos y entretenimiento, los rubros que reciben de forma directa el gasto de los visitantes.
A esa actividad se suma la de sectores que se mueven al ritmo de la audiencia. La publicidad, los medios de comunicación y los servicios digitales, entre ellos las plataformas de streaming y las apuestas deportivas online, registran un repunte de uso durante las semanas del torneo, impulsado por el interés masivo en los partidos. El comercio de electrónicos y la restauración completan una cadena de consumo que excede con mucho a los estadios y que llega a bares, transporte y pequeños negocios de las ciudades anfitrionas.
No todas las ciudades ganan lo mismo. La Ciudad de México parte como la gran beneficiada, tanto por ser sede del partido inaugural como por su capacidad hotelera y de conectividad. Distintas estimaciones la sitúan muy por encima del resto: la consultora Monex calcula que la capital captará cerca del 47% de la derrama nacional, mientras que la Concanaco Servytur, que proyecta un impacto turístico superior a los 65.000 millones de pesos en todo el país, reparte ese gasto con unos 34.560 millones para la capital, 14.118 millones para Monterrey y 11.320 millones para Guadalajara.
Dentro de la propia capital, las cifras también difieren entre organismos. La Coparmex local estima cerca de 27.000 millones de pesos por cinco partidos y más de un mes de activación económica, y la Secretaría de Desarrollo Económico eleva la previsión hasta los 50.000 millones. La distancia entre unas y otras depende de si se mide solo el gasto durante los encuentros o se suman hospedaje, comercio, transporte y empleo.
La creación de puestos de trabajo es uno de los argumentos centrales del entusiasmo, aunque las cuentas tampoco coinciden. The CIU estima la generación de unos 105.000 empleos temporales ligados al torneo, sobre todo en transporte, seguridad, hotelería y restauración. Otras proyecciones, más conservadoras, hablan de alrededor de 24.000 puestos directos e indirectos relacionados con la organización y la operación del evento.
En ambos casos se trata de trabajo eventual, concentrado en las semanas de partidos y en las tres ciudades anfitrionas. La diferencia entre las cifras vuelve a explicarse por el método: contar solo los empleos directos no es lo mismo que sumar toda la actividad que se dispara a su alrededor.
Más allá del gasto inmediato, el Mundial deja una huella en obra pública y privada. Las estimaciones difundidas por los organizadores apuntan a una inversión cercana a los 12.000 millones de dólares en infraestructura vinculada a las ciudades anfitrionas, desde la modernización de estadios y aeropuertos hasta mejoras en movilidad y espacios urbanos. La Secretaría de Turismo, por su parte, prevé que el certamen pueda atraer hasta 5,5 millones de visitantes adicionales al país y un aumento del flujo de turistas internacionales durante junio y julio.
Esa inversión es, en teoría, la parte del balance que sobrevive al torneo. Su valor real, sin embargo, dependerá de que las obras tengan un uso efectivo una vez terminada la fiesta y no queden como infraestructura infrautilizada.
Frente al entusiasmo, varias voces piden moderar las expectativas. Moody's calcula una derrama directa por turismo de apenas 1.030 millones de dólares y considera que el impacto sobre la economía será acotado, en buena medida porque México solo alberga 13 de los 104 partidos. En su escenario base, la consultora prevé la llegada de 768.000 visitantes a las sedes mexicanas, de los cuales la mayoría serían turistas nacionales. Para los gobiernos locales, los ingresos extra por impuestos podrían quedar compensados por el mayor gasto en seguridad y operación.
Economistas como los de Banco Ve por Más coinciden en que el efecto sobre el PIB rondará entre una y dos décimas y será temporal, insuficiente para cambiar la tendencia del consumo. Incluso advierten de un posible efecto adverso para el bolsillo local, ya que la presión de la demanda puede traducirse en precios más altos durante esas semanas.
El verdadero alcance del Mundial no se medirá solo en la derrama de estas semanas, sino en lo que México sea capaz de sostener después. La exposición ante una audiencia global representa una oportunidad para reforzar la marca del país y atraer turismo a futuro, un beneficio difícil de cuantificar pero potencialmente más duradero que el gasto inmediato.
Las cifras seguirán discutiéndose durante meses, y lo más probable es que la realidad acabe situándose entre el optimismo de los organizadores y la prudencia de los analistas. Lo que parece claro es que el torneo dejará una fotografía nítida de la capacidad del país para recibir al mundo, y que su mayor legado dependerá menos del marcador que de lo que México decida hacer con esa vitrina una vez que se apaguen los reflectores.