Durante buena parte de los últimos tres meses, el Gobierno sostuvo una estrategia muy clara frente al caso Manuel Adorni: respaldo total. Javier Milei lo defendió personalmente, lo acompañó al Congreso cuando tuvo que dar explicaciones, reunió a las principales figuras del oficialismo a su alrededor y convirtió cada crítica en una supuesta operación política impulsada por la oposición y los medios. La consigna era sencilla: Adorni no se toca.
Sin embargo, algo empezó a cambiar en los últimos días. No necesariamente en las declaraciones públicas, donde el respaldo formal sigue existiendo, sino en una serie de pequeños gestos, filtraciones y comentarios que comenzaron a aparecer alrededor de la Casa Rosada. La pregunta que comienzan a hacerse es cuánto tiempo más se está dispuesto a pagar el costo político de mantenerlo.
Uno de los datos más llamativos de la semana fue el endurecimiento de sectores que hasta hace poco acompañaban al Gobierno. Dirigentes del PRO y de la UCR que suelen respaldar buena parte de la agenda oficial comenzaron a cuestionar públicamente la continuidad de Adorni. Algunos hablaron de una falta ética.
Otros fueron más lejos y plantearon directamente que debería dar un paso al costado. Se trata de actores que hasta ahora habían funcionado como sostén parlamentario del Gobierno. Cuando los cuestionamientos empiezan a llegar desde ese lugar, el problema deja de ser exclusivamente opositor.
Presidente: los que estamos apoyando al cambio queremos que usted defienda el cambio y no a Adorni.
— PRO (@proargentina) June 12, 2026
Tampoco pasaron inadvertidas algunas versiones que comenzaron a circular desde el propio entorno libertario. En las últimas horas aparecieron señales de malestar dentro del karinismo y de sectores de la Casa Rosada que consideran que el caso se extendió demasiado y que el costo político sigue creciendo. Algunas versiones incluso describen a un Adorni cada vez más aislado, con menos interlocución interna y menos respaldo cotidiano del que tenía hace apenas unas semanas.
Nadie en el Gobierno reconoce abiertamente esa situación. Tampoco aparecen funcionarios pidiendo su salida en público. Pero la política suele hablar más a través de los gestos que de las declaraciones. Y cuando empiezan a multiplicarse los trascendidos sobre aislamiento, desgaste y cansancio interno, generalmente es porque alguien considera útil que esos rumores circulen.
Por ahora, Javier Milei no parece dispuesto a retroceder. Desde el comienzo de la crisis adoptó una posición invariable: considera que Adorni es inocente y entiende que desplazarlo equivaldría a reconocer una derrota política. Ya en mayo había afirmado que no estaba dispuesto a “ejecutar a un inocente” para satisfacer a la oposición o a la prensa. Esa lógica sigue vigente.
El problema es que la situación política cambió. Lo que en marzo aparecía como un escándalo pasajero se transformó en una controversia de larga duración. Las declaraciones juradas corregidas, los videos sobre Bitcoin, las explicaciones contradictorias y las nuevas revelaciones fueron acumulando desgaste.
Una parte importante del Gobierno sigue analizando el caso como si se tratara exclusivamente de una cuestión judicial. Pero hace tiempo que dejó de serlo. El verdadero problema es político.
Cada semana que pasa con Adorni en el centro de la escena es una semana en la que el Gobierno discute patrimonio, declaraciones juradas y explicaciones sobre criptomonedas en lugar de discutir inflación, actividad económica o reformas. La agenda quedó atrapada alrededor de un conflicto que el oficialismo no consigue cerrar y que la oposición tampoco tiene incentivos para abandonar.
Por eso el caso empieza a generar impaciencia incluso entre sectores que no creen necesariamente en las acusaciones. El desgaste ya no depende solamente de que aparezcan nuevas pruebas. Depende de la simple persistencia del conflicto.
La política argentina tiene una particularidad. Las decisiones importantes suelen ser precedidas por una larga secuencia de señales. Primero aparecen los trascendidos. Después los cuestionamientos moderados. Más tarde los silencios. Finalmente llegan los movimientos concretos.
Todavía no hay elementos para afirmar que Milei decidió desprenderse de Adorni. De hecho, todas las señales formales apuntan en sentido contrario. Lo que sí empieza a percibirse es algo distinto: la construcción de una distancia prudente por parte de actores que hasta hace poco participaban activamente de su defensa.
Quizás no sea el comienzo del final. Pero tampoco parece el clima de blindaje absoluto que dominó los primeros meses de la crisis. Y en política, muchas veces los abandonos empiezan bastante antes de que alguien anuncie que se va.