“Todo empezó a pudrirse cuando les dieron el gobierno a los amarillos… Esto no era más peronismo que otra cosa”, confesó el presidente de bloque de La Libertad Avanza de un distrito del Gran Buenos Aires.
La confesión proviene de un testigo privilegiado de toda la estrategia trazada cuando amanecía el 2023. Eran los momentos en los que en La Libertad Avanza se denunciaban traiciones, compra de cargos y todavía “se le tenía que pagar a la gente de Espert”. Espert es “el profe”, candidato a gobernador deseado por Javier Milei, pero detestado por su hermana Karina. Todo terminó con el ex diputado nacional corrido de todo tras el escándalo de Fred Machado.
El error, entonces, estuvo en el electorado que creyó que Javier Milei era representante de la nueva derecha, más radicalizada y expeditiva que la que había representado, en 2015, Mauricio Macri a través de Cambiemos. La trampa dialéctica la había trazado Sergio Massa, quien ante la certeza de que nada podía ser peor para él y para el peronismo que un gobierno de Patricia Bullrich u Horacio Rodríguez Larreta, prefirió armar el día después del gobierno de Alberto Fernández.

Macri y Bullrich fueron a abrazar, en el Pacto de Acasusso, a Milei con un doble objetivo. El primero, evitar que en la segunda vuelta ganase Sergio Massa. El segundo, dotarle de equipos técnicos, en el mejor de los sentidos, para ocupar los cargos ya que La Libertad Avanza no tenía a nadie para cubrir los espacios del Estado necesarios e indispensables. Tanto es así que aún, tres años después, hay lugares claves o no tanto que mantienen a los viejos funcionarios del massismo.
Hoy todo es un dolor de cabeza para quienes creían que iban a participar de un gobierno liberal y honesto. La base es un ajuste salvaje, con un modelo de extracción con beneficios fiscales mientras que los conurbanos poblados padecen una recesión que hace crujir la paz familiar.
“Nadie capitaliza el vacío que está dejando Milei”, dicen, casi horrorizados, los experimentados y creativos consultores mediáticos. En la intimidad, ellos saben bien que la gente empieza a pensar en su opción electoral faltando dos o tres meses para las elecciones. Es que las dos expresiones políticas más conocidas, las del mileísmo aliado con el PRO y el peronismo kirchnerismo renovador, están atravesados por fortísimas tensiones, tantas que es difícil pronosticar si se presentarán como aliados o de manera individual.
“Si se fractura el oficialismo, también lo hará la oposición”, especulan en una mesa llena de especialistas en nuevos fracasos. Pero algo de razón tienen. Hace seis años, Jorge Giacobbe alertaba que Mauricio Macri tenía poquísimas posibilidades de reelegir y proponía que apareciese, como en una carrera de postas, alguien que regenerara la expectativa. En aquel momento esa persona era María Eugenia Vidal. A Milei, ¿quién puede reemplazarlo? Nadie de su propia fuerza. Y ahí empieza la crisis.
Porque Karina Milei arrastra tan mala imagen como Máximo Kirchner. Y Martín Menem todavía no pudo superar el peso de un apellido con soles y sombras. Es el más práctico y el que más rápido aprendió, pero Santiago Caputo, se sabe, le mandaría a todos sus “esbirros digitales y mediáticos” a destrozarlo.
¿Se dará una renovación menos tradicional? Patricia Bullrich se anota y el Círculo Rojo lo aprueba. El capital, que es cobarde, no quiere que todo termine por la irritabilidad del presidente. Basta de pelea con la prensa, empeorar la situación judicial con designaciones más que dudosas y vetos vergonzosos.
Del otro lado, el peronismo kirchnerista renovador, que vivió como un trauma la división electoral de 2015, la que permitió la llegada de Cambiemos a la Provincia y a la Nación, se aproxima dramáticamente a repetir la historia. Los Kirchner, Cristina y Máximo, no desean delegar más en otros, como Axel Kicillof, su herencia política. Y, en caso de permitir que nuevamente le alquilen la propiedad del proyecto, el costo será más que elevado.
Kicillof es el más diferente a todos los restantes precandidatos. En muchos sentidos. Por eso siempre se busca una variante a su figura. Sergio Uñac ya se lanzó y Emilio Monzó, de vuelta en el peronismo que lo tuvo como figura central del interior bonaerense en la década del ’90, muestra a Jorge Brito como un conector ideal entre “la derecha, el círculo rojo y el peronismo”.
Mientras tanto, Sergio Massa está esperando su nuevo momento. Es el más dotado y preparado al tiempo que le garantiza un lugar a cada sector en pugna. La única contraindicación que todavía tiene su proyecto es que se había ido del peronismo kirchnerista para armar algo nuevo y disruptivo. Lo logró. El Frente Renovador fue una idea que agrupó a dirigentes cercanos a Lilita Carrió con el PRO y el peronismo tradicional. Pero luego se apuró. Eligió un atajo y ahora su futuro depende, en buena parte, de lo que haga la familia Kirchner.