Cuando la Selección Argentina viajó a Inglaterra para disputar el Mundial, había democracia. Al regresar tras su eliminación, la recibió la dictadura. El golpe de Estado encabezado por el general Juan Carlos Onganía había derrocado al presidente Arturo Illia en pleno desarrollo del torneo.
El nuevo régimen militar habló de objetivos, pero no de plazos. Los uniformados buscaban orden y estabilidad, pero creían tener por delante una gestión sin fecha de caducidad. Sus primeras medidas incluyeron la suspensión de la actividad política y una fuerte restricción a las libertades públicas, en nombre de la lucha contra el comunismo y la crisis institucional. La receta funcionó por algunos años, pero solo sirvió para retrasar un estallido de violencia que le costó al país muchas vidas.
En el plano futbolístico, la Selección llegaba a Inglaterra con expectativas moderadas pero crecientes. Dirigida una vez más por Juan Carlos Lorenzo, había conformado un equipo sólido, pragmático y competitivo que contrastaba con el estilo romántico que tradicionalmente identificaba al fútbol argentino. Sin grandes figuras internacionales, pero con una notable disciplina táctica, la Albiceleste aspiraba a convertirse en protagonista de una Copa que terminaría siendo recordada por motivos muy distintos a los deportivos.
Argentina integró el Grupo 2 junto a Alemania Federal, España y Suiza. El debut fue auspicioso con una victoria sobre los españoles, seguida por un empate frente a los alemanes y un nuevo triunfo ante los suizos. El conjunto de Lorenzo finalizó invicto la primera fase y avanzó a cuartos de final mostrando una solidez que lo ubicó entre los candidatos a pelear por el título.
A diferencia de otros seleccionados sudamericanos, Argentina había logrado adaptarse rápidamente al rigor físico y táctico que predominaba en Europa. El equipo concedía pocos espacios, tenía una defensa firme y encontraba en Antonio Rattín a su principal referente dentro del campo de juego. Todo parecía encaminado para una actuación histórica.
El partido entre Argentina e Inglaterra por los cuartos de final se transformó en uno de los encuentros más controvertidos de la historia de los Mundiales. A los 35 minutos del primer tiempo, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein expulsó a Antonio Rattín sin explicaciones claras. Ni siquiera existían las tarjetas amarillas y rojas, que recién serían incorporadas cuatro años después.
Sin entender lo que decía el árbitro, el jugador permaneció varios minutos dentro del campo exigiendo un traductor que le explicara los motivos de la sanción. Finalmente abandonó el terreno de juego en medio de una enorme tensión. Al retirarse, el capitán argentino estrujó un banderín de córner con el diseño de la bandera británica, lo que causó le enérgica reacción el público.
Con un hombre menos durante gran parte del partido, Argentina cayó por 1 a 0 ante el seleccionado anfitrión. La delegación argentina denunció inmediatamente un arbitraje parcial y acusó a la organización de favorecer a Inglaterra, pero nadie oyó los reclamos argentinos. Al regresar al país, la prensa los llamó "campeones morales".
El Mundial comenzó a mostrar señales de polémica desde sus primeros días. Pelé, la máxima estrella del fútbol mundial, fue víctima de reiteradas infracciones que los árbitros prácticamente ignoraron. Ya había sufrido una dura entrada frente a Bulgaria y terminó gravemente golpeado en el encuentro contra Portugal.
La ausencia de sanciones efectivas provocó la indignación de los brasileños. El astro abandonó el torneo caminando en muletas y Brasil quedó eliminado en primera ronda, algo impensado para el bicampeón vigente. El episodio abrió un debate que aún continúa: la FIFA parecía incapaz de proteger a sus principales figuras en una Copa marcada por la violencia dentro del campo de juego.
Las sospechas no se limitaron al partido de Argentina. Ese mismo día, Uruguay enfrentó a Alemania Federal en otro encuentro que terminó rodeado de controversias. Los sudamericanos sufrieron las expulsiones de Horacio Troche y Héctor Silva en decisiones que generaron fuertes protestas.
Con dos jugadores menos, la Celeste terminó perdiendo por 4 a 0. Para buena parte de la prensa sudamericana, los cuartos de final habían sido diseñados para despejar el camino de los organizadores y de las potencias europeas. Las acusaciones de favoritismo comenzaron a multiplicarse y dañaron seriamente la credibilidad del torneo.
La sospecha tenía razones fundadas. Al quedar conformados los cuadros de cuartos de final, la organización citó a los representantes de Argentina y Uruguay para realizar el sorteo de árbitros para los partidos Inglaterra-Argentina y Alemania Federal-Uruguay. Los sudamericanos llegaron al horario estipulado, pero el sorteo ya estaba hecho. A la Argentina le tocó un referí alemán y a Uruguay, uno inglés.
Corea del Norte era un equipo prácticamente desconocido para el gran público, pero eso no le impidió protagonizar la mayor sorpresa del campeonato. Derrotaron a Italia por 1 a 0 en la fase de grupos y avanzaron a cuartos de final. La eliminación de la Azzurra provocó un terremoto en el fútbol italiano. Los jugadores fueron recibidos con insultos y agresiones al regresar a su país.
A los norcoreanos les fue mejor: se transformaron en héroes inesperados y en cuartos de final, por unos minutos estuvieron por encima de Portugal en el marcador. El partido concluyó en una derrota, pero a pesar del resultado, su campaña mundialista es considerada una de las mayores hazañas del deporte de su país.
El partido decisivo enfrentó a Inglaterra y Alemania Federal en Wembley. Tras empatar 2 a 2 en los noventa minutos reglamentarios, el encuentro se extendió al tiempo suplementario. Allí llegó la jugada que todavía hoy alimenta discusiones.
Geoff Hurst remató al arco, la pelota pegó en el travesaño y picó sobre la línea antes de salir despedida. El árbitro suizo Gottfried Dienst consultó al juez de línea soviético Tofik Bakhramov, quien indicó que el balón había ingresado completamente. El gol fue convalidado y cambió el rumbo de la final.
Las imágenes posteriores, estudiadas durante décadas mediante tecnología moderna, alimentaron la sospecha de que la pelota jamás cruzó totalmente la línea de meta. Inglaterra terminó imponiéndose por 4 a 2 y conquistó el único Mundial de su historia, pero aquella conquista quedó inevitablemente asociada al llamado "gol fantasma de Wembley".