21/06/2026 - Edición Nº1230

Opinión


La danza de Kicillof

Fraticidio en la interna peronista

21/06/2026 | El gobernador tiene que desactivar una bomba sin equivocarse de cable ni de secuencia, mientras Máximo Kirchner le grita "Cristina libre" al oído.



La acusación vuelve cada semana y crece. Axel Kicillof no dice "Cristina libre" con la frecuencia ni la convicción que le exigen. Da lo mismo cuántas veces lo haya dicho. Tampoco importa que, después de su triunfo legislativo de 2025, haya hecho callar a todos los presentes para hacerles escuchar un audio de la ex presidenta. Para una parte del kirchnerismo no alcanza. Tendría que decirlo todos los días, antes que ninguna otra cosa, como primera respuesta a cualquier pregunta. A un año de la domiciliaria, con la consigna convertida en examen de lealtad, el gobernador bonaerense vive bajo la sospecha de los otrora propios.

Para ahorrarnos tiempo conviene decir lo incómodo: Nadie está haciendo más por la libertad de Cristina que el propio Kicillof. No por lo que dice, no por lo que calla, sino porque es el único dirigente peronista con chances reales de ganar en 2027, y en política ganar sigue siendo la condición necesaria para todo lo demás.

A menos que Milei se baje de la reelección para perseguir su sueño de rockstar de los foros internacionales (papel que le sienta más cómodo que el de presidente) el 2027 lo va a enfrentar al actual gobernador de la provincia más grande del país. Sus destinos están atados. Si a Milei "le explota el país", como espera buena parte del peronismo desde hace tres años, también le explota la provincia a Kicillof. Por eso el gobernador necesita que al Gobierno le vaya mal, aunque no tan mal, porque la pregunta de dónde saldrán los votos que faltan se responde justo ahí, en el desencanto de quienes votaron a Milei y todavía no terminan de arrepentirse.

Las tres maldiciones

Como si fuera poco, sobre Axel Kicillof pesan tres maldiciones. La primera es gobernar la provincia de Buenos Aires, una plataforma que ningún dirigente supo convertir hasta hoy en trampolín presidencial. Cafiero la gobernó y perdió la interna con Menem. Duhalde la usó de plataforma en 1999 y perdió con De la Rúa; llegó a la Casa Rosada en 2002 por una asamblea legislativa, no por el voto. Scioli salió de la provincia directo a perder el balotaje con Macri. La provincia da volumen y, al mismo tiempo, una marca que el interior suele leer como amenaza. La segunda maldición es el riesgo del candidato adelantado, ese que habla como presidente y se descubre, horas más tarde, perdiendo una interna como le pasó a Larreta con Bullrich. La tercera es el apellido, otra vez empezado con K, que trae a millones de argentinos el recuerdo de un ciclo político al que no quieren volver.

La cuestión excede simpatías. Kicillof fue ministro de Economía del último gobierno de Cristina, del default de 2014, el cepo y la inflación que no cedía. Kicillof defendió ese programa con convicción y pizarrón (y todavía hay quien lo reivindica) y para la gran mayoría, su nombre y el de Cristina remiten a la misma economía, y esa asociación termina pesando más que cualquier gesto de autonomía que intente demostrar hoy.

A esa herencia se le suma la coreografía de la interna en la que Kicillof tiene que desactivar una bomba sin equivocarse de cable ni de secuencia, mientras Máximo Kirchner le grita "Cristina libre" al oído

Primero tomó la presidencia del PJ bonaerense en febrero, después de meses de negociación, con una lista de unidad que esconde la desconfianza antes que resolverla. Después adelantó la elección provincial y ganó. Cada uno de esos movimientos lo emancipó un poco de La Cámpora y lo dejó, a la vez, más solo. El problema es que esta versión del peronismo parece competitiva sólo en primera vuelta, con los adversarios divididos. Sin embargo, nadie en su entorno se anima a augurar algo bueno en un eventual balotaje.

Las dudas del plan

De ahí surgen todas las preguntas que Kicillof todavía no contesta. ¿Cuál es la dirección económica que propone? ¿Cómo piensa sostener la baja de inflación sin refugiarse en la “multicausalidad” eterna? ¿La seguridad y el orden son una agenda suya o un terreno que prefiere ceder? Cada vez que se lo ve públicamente entusiasmado con figuras internacionales que el año que viene ya no estarán en el poder, queda flotando una pregunta más elemental acerca del mundo que imagina.

En política no se cuentan los planes. Hay secretos, hay estrategia, hay cartas que se muestran tarde para que no pierdan su efecto. Pero una cosa es guardarse el plan y otra es no tenerlo. Por momentos la interna peronista parece un regateo por posiciones más que una disputa de proyectos; una forma de asegurarse las sillas suficientes en el Estado para sobrevivir a un eventual segundo tiempo de Milei. El peronismo, que siempre se pensó como el partido del orden y la gobernabilidad, hoy no consigue ordenar ni su propia interna. Tres años después de la irrupción libertaria sigue en el mismo lugar, con las mismas consignas y un solo plan, mirar cómo se derrumba el castillo sin importar cuánta gente sucumbe bajo sus escombros. Es el mismo cálculo que hizo en 2023, cuando dejó crecer a un outsider para partir a la oposición y terminó alumbrando a su verdugo. Conviene recordarlo ahora que algunos vuelven a imaginar el sacrificio ajeno, esta vez a costa del desgaste de Milei.

No se hacen cosas grandes sin grandeza, y el peronismo lleva tres años reducido a un montículo de resistencia, más ocupado en sobrevivir que en conducir. Kicillof es, por ahora, el que mejor encarna esa supervivencia. La pregunta es si dentro de su propio espacio están dispuestos a dejarlo ser algo más. Porque la proscripción que el peronismo denuncia hacia afuera convive con otra, más silenciosa, la que se aplica a sí mismo cada vez que elige la consigna antes que el proyecto.

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