La muerte de Roberto García marca el final de una de las carreras más influyentes del periodismo político y económico de la Argentina. Tenía 81 años y durante más de seis décadas construyó un estilo propio basado en el acceso privilegiado a las fuentes, la interpretación del poder y una mirada estratégica sobre la política nacional. Su fallecimiento fue confirmado este sábado, luego de una extensa enfermedad, y generó un profundo pesar entre colegas, dirigentes y referentes del ámbito periodístico.
Nacido el 2 de junio de 1945, García inició su carrera tras abandonar sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional de La Plata. Sus primeros pasos fueron en la revista Para Ti, aunque el gran salto llegó en 1968 cuando Tomás Eloy Martínez lo convocó para incorporarse a la histórica revista Primera Plana.
Su crecimiento fue meteórico. Apenas tres años después ya ocupaba la Secretaría de Redacción y comenzaba a consolidar un perfil que lo acompañaría durante toda su vida profesional: obsesión por la información exclusiva, construcción de fuentes y capacidad para anticipar los movimientos del poder. Más tarde se incorporó al diario La Opinión, fundado por Jacobo Timerman, donde permaneció hasta el cierre del medio en 1980.

En 1981 llegó a Ámbito Financiero, el proyecto creado por Julio Ramos. Dos años después, cuando Ramos debió alejarse por cuestiones de salud, García asumió la dirección periodística del diario, cargo que ejerció durante un cuarto de siglo.
Su nombre quedó indisolublemente ligado al crecimiento de Ámbito durante las décadas de 1980, 1990 y los primeros años del siglo XXI. Bajo su conducción editorial, el diario consolidó un perfil distintivo dentro del mercado argentino: información económica de precisión combinada con un seguimiento permanente de la política, las negociaciones reservadas y los movimientos del empresariado.
En la redacción era considerado el principal intérprete del pensamiento editorial de Julio Ramos y uno de los pocos periodistas que mantenía con el fundador una relación de absoluta confianza. Cuando Ramos se ausentaba, García quedaba al frente de las decisiones periodísticas más importantes.

Quienes trabajaron junto a Roberto García coinciden en que concebía al periodismo como un ejercicio de construcción paciente de confianza. Para él, una primicia no era fruto del azar sino del trabajo cotidiano con dirigentes políticos, empresarios, diplomáticos y sindicalistas.
Su estilo nunca estuvo asociado al espectáculo ni a la confrontación televisiva. Prefería la conversación reservada, el análisis y la interpretación de los hechos antes que la opinión impulsiva. Esa forma de ejercer el oficio le permitió transformarse en una referencia obligada para comprender la dinámica del poder argentino.
En una época de aceleración informativa, García defendía el valor del diario impreso como espacio de jerarquización de la información y sostenía que el periodismo debía explicar los procesos, no limitarse a narrar los acontecimientos. Esa concepción atravesó toda su carrera profesional y marcó a varias generaciones de periodistas que se formaron bajo su conducción.

Aunque su mayor reconocimiento llegó desde la prensa gráfica, García desarrolló una extensa trayectoria en radio y televisión. Fue responsable del noticiero de Canal 9 en sus primeros años, condujo ciclos de análisis político y, tras su salida de Ámbito, continuó escribiendo columnas y encabezando el programa La Mirada de Roberto García por Canal 26, donde permaneció activo hasta sus últimos años. También integró la Academia Nacional de Periodismo y recibió el Premio Konex por su trayectoria.
La historia de Roberto García también refleja la evolución del periodismo argentino durante los últimos sesenta años: desde las grandes revistas políticas de los años sesenta hasta la transformación digital de los medios.
Fue testigo privilegiado de gobiernos militares, del retorno democrático, de las reformas económicas, de las grandes crisis institucionales y de los cambios tecnológicos que modificaron la industria periodística. En todos esos escenarios mantuvo una constante: la convicción de que el periodismo debía construir información propia antes que reproducir versiones.
Su muerte deja vacante una de las voces más respetadas del análisis político argentino, pero también el legado de una generación que entendía el oficio como una tarea de investigación permanente, rigor profesional y búsqueda incesante de la noticia.