Cuando la Selección Argentina aterrizó en España para defender la Copa del Mundo conquistada cuatro años antes, el país atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia. La dictadura militar iniciada en 1976 se encontraba en pleno proceso de descomposición, golpeada por la crisis económica, las crecientes denuncias por violaciones a los derechos humanos y una guerra que terminaría acelerando su caída.
El 2 de abril de 1982 las Fuerzas Armadas habían desembarcado en las Islas Malvinas. Lo que inicialmente fue presentado por la Junta Militar como una gesta patriótica pronto se transformó en una tragedia. Mientras los soldados combatían en el Atlántico Sur, el equipo de César Luis Menotti ultimaba detalles para disputar el Mundial. El contraste era inevitable: un país en guerra y una selección obligada a defender el título obtenido en Argentina 1978.
Los militares argentinos se rindieron el 14 de junio, apenas un día después del debut argentino en el Mundial. La noticia impactó de lleno en la delegación y en nuestro país, el torneo pasó a un segundo plano. Ya no estaba Jorge Rafael Videla en Balcarce 50, ni gritando los goles argentinos desde la comodidad del palco oficial. Leopoldo Fortunato Galtieri estaba ocupando su lugar en esa foto del bicampeonato que soñó junto con el triunfo en Malvinas.
Al dìa siguiente de la conferencia entre los generales Mario Benjamín Menéndez y Jeremy Moore -que sirvió para acordar las condiciones del algo al fuego- el dictador Galtieri comunicó el final del combate de Puerto Argentino por Cadena Nacional, con la soberbia del que cree que no tiene que dar explicaciones. La dictadura intentó sostenerse una imagen de fortaleza, pero su final era cuestión de tiempo.
Tres días después de la caída de Puerto Argentino, cayó Galtieri. Durante unos días hubo una suerte de anarquía en el país, porque los comandantes de las Fuerzas Armadas no se ponían de acuerdo en la conformación de una nueva Junta Militar. Finalmente, el general de división Reynaldo Bignone asumió la presidencia el 1 de julio de 1982. El Proceso de Reorganización Nacional sobrevivió el tiempo necesario para quemar la documentación comprometedora, sancionar la Ley de Amnistía -una maniobra para que los uniformados no sean juzgados por sus crímenes- y llamar a elecciones.
Después de diez años, los argentinos volvieron a las urnas el 30 de octubre de 1983. La Unión Cívica Radical obtuvo el 52% de los votos, frente al 40% del peronismo, pero el resultado fue lo de menos. La única derrotada de la jornada fue la dictadura, que a diferencia de otras que tuvieron candidatos propios para las elecciones, no tuvo herederos dispuestos a continuar su legado desde la política formal.
La cobertura periodística quedó atravesada por el conflicto bélico, al menos para los trabajadores de prensa argentinos. Los corresponsales de nuestro país afectados al Campeonato Mundial debieron trabajar bajo directrices que buscaban evitar cualquier referencia favorable a Inglaterra, llegando al punto de referirse a dicha Selección con eufemismos.
Una vez que los medios definieron la lista de sus enviados especiales, Cancillería organizó un encuentro para capacitarlos sobre el manual de estilo vigente para ese Mundial. La censura, característica de un régimen militar, llegó a lo impensado: pretender cambiar el idioma de los especialistas en relatar y comentar el fútbol.
Argentina llegaba a España con una de las generaciones más talentosas de su historia. A la base campeona del mundo en 1978 se habían sumado varios integrantes del seleccionado juvenil que había conquistado el Mundial Sub-20 de 1979. Entre ellos aparecía un joven Diego Armando Maradona, señalado por muchos como la gran figura del futuro.
Sin embargo, el estreno fue un duro golpe. El 13 de junio, en el Camp Nou de Barcelona, Bélgica sorprendió al campeón vigente y se impuso por 1 a 0. Aunque la Albiceleste logró recuperarse con victorias sobre Hungría y El Salvador, el equipo nunca terminó de mostrar el nivel que se esperaba.
En la segunda ronda quedó encuadrado junto a Italia y Brasil, dos potencias que marcarían el destino argentino. Primero llegó la derrota por 2 a 1 frente a los italianos, en un partido recordado por la férrea marca sobre Maradona. Luego Brasil ganó 3 a 1 y selló la eliminación del campeón del mundo.
Así concluyó la primera experiencia mundialista de Maradona. El Diez, frustrado por el desarrollo del encuentro ante los brasileños, terminó expulsado. Su revancha llegaría cuatro años después, en México 1986.
España 82 también significó un cambio importante para la Copa del Mundo. Por primera vez participaron 24 selecciones en lugar de 16. Los equipos fueron distribuidos en seis grupos de cuatro integrantes y los dos mejores de cada zona avanzaron a una segunda fase compuesta por cuatro grupos de tres equipos.
Los ganadores de cada zona clasificaban a semifinales, donde se eliminaban entre sí. Los vencedores alcanzaban la final, mientras que los perdedores quedaban relegados a jugar por el tercer puesto. El sistema resultó complejo y apenas se utilizó en esa edición. Para México 1986, la FIFA adoptó un formato más parecido al actual, con una fase eliminatoria directa a partir de los octavos de final.
Como suele ocurrir en los Mundiales, tampoco faltaron los episodios insólitos. Uno de los más recordados tuvo lugar durante el encuentro entre Francia y Kuwait. Cuando los franceses marcaron un gol, los jugadores kuwaitíes se detuvieron al escuchar un silbato proveniente de la tribuna, creyendo que el árbitro había interrumpido la jugada.
La protesta escaló hasta niveles impensados. El hermano del emir de Kuwait abandonó el palco, ingresó al campo de juego y discutió con el árbitro soviético Miroslav Stupar. Increíblemente, el juez decidió anular el gol. De todos modos, Francia terminó imponiéndose con comodidad y el episodio quedó inmortalizado entre las mayores rarezas de la historia mundialista.
Otro escándalo tendría consecuencias mucho más profundas. En el llamado "Pacto de Gijón", Alemania Federal derrotó 1 a 0 a Austria con un gol tempranero. El resultado clasificaba a ambos equipos y eliminaba a Argelia. Tras la apertura del marcador, los dos seleccionados prácticamente dejaron de atacar. Durante más de una hora se limitaron a tocar la pelota sin asumir riesgos.

Los espectadores respondieron con silbidos y la prensa internacional calificó el encuentro como una vergüenza deportiva. La repercusión fue tan grande que desde entonces la FIFA decidió programar en simultáneo los últimos partidos de cada grupo.
En lo estrictamente futbolístico, España 82 parecía destinada a coronar a alguna de las grandes estrellas de la época. Maradona, Zico o Michel Platini aparecían como los principales candidatos a quedarse con el protagonismo, sin embargo, el torneo terminó teniendo un dueño inesperado.
Paolo Rossi había llegado al Mundial envuelto en la polémica. Venía de cumplir una sanción por su vinculación con el escándalo de apuestas conocido como Totonero y muchos cuestionaban su convocatoria.
Todo cambió en la segunda ronda. Rossi marcó goles ante Brasil, convirtió frente a Argentina, volvió a anotar contra Polonia en semifinales y terminó guiando a Italia hacia el título. En la final, disputada en Madrid, los italianos derrotaron 3 a 1 a Alemania Federal y conquistaron su tercera Copa del Mundo.
Fuera de la cancha, otro protagonista se ganó un lugar en la memoria colectiva. Naranjito, una naranja vestida con la camiseta española, se convirtió en una de las mascotas más populares de todos los tiempos.
Su imagen simbolizaba a una España que pleno destape, buscaba mostrarse moderna y democrática tras décadas de franquismo. Mientras el país consolidaba su transición política, el Mundial servía como una vidriera para presentarse ante el mundo.
Para Argentina, España 1982 quedó asociada al final de un ciclo. La derrota en Malvinas precipitó la caída de la dictadura y la eliminación temprana marcó el cierre de la generación que había conquistado el Mundial 1978.
El campeón se despidió antes de tiempo. Pero entre aquella frustración apareció también un joven Maradona que, cuatro años después, conduciría a la Selección hacia una de las mayores gestas de la historia del fútbol argentino.