El 25 de junio de 1950, tropas de Corea del Norte cruzaron el paralelo 38 e invadieron Corea del Sur. Ese ataque marcó el comienzo de la Guerra de Corea, uno de los episodios más sangrientos de la Guerra Fría y un enfrentamiento cuyas consecuencias siguen vigentes más de siete décadas después.
Tras la rendición de Japón al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la península coreana quedó dividida en dos zonas de influencia. El norte quedó respaldado por la Unión Soviética y el sur por Estados Unidos. La tensión política y militar fue creciendo hasta desembocar en la invasión.

En apenas unos días, las fuerzas norcoreanas ocuparon gran parte del territorio surcoreano. Sin embargo, una coalición internacional liderada por Estados Unidos y respaldada por la Organización de las Naciones Unidas intervino para defender al sur. Meses más tarde, China ingresó en la guerra para apoyar a Corea del Norte, transformando el conflicto en una confrontación internacional.
La guerra se extendió hasta julio de 1953 y dejó entre dos y tres millones de muertos, en su mayoría civiles. Además, millones de personas fueron desplazadas y numerosas ciudades quedaron completamente destruidas.
Aunque ese año se firmó un armisticio, nunca se alcanzó un tratado de paz. Por eso, desde un punto de vista legal, las dos Coreas siguen técnicamente en guerra.
La frontera entre ambos países, conocida como la Zona Desmilitarizada (DMZ), es una de las más vigiladas del planeta. Allí permanecen miles de soldados y continúan registrándose episodios de tensión, pruebas de misiles, ejercicios militares y negociaciones intermitentes.
Setenta y seis años después del inicio del conflicto, la Guerra de Corea sigue siendo un recordatorio de cómo un enfrentamiento nacido en plena Guerra Fría continúa influyendo en la seguridad y la política internacional del siglo XXI.