Entre el subcampeonato obtenido en Italia 1990 y el inicio del Mundial de Estados Unidos 1994, la Argentina vivió una transformación económica y política profunda. Hacia 1994 el gobierno de Carlos Menem ya había logrado derrotar a la hiperinflación que precipitó la salida anticipada de Raúl Alfonsín y avanzaba con un ambicioso programa de privatizaciones.
La Convertibilidad -impulsada por Domingo Cavallo desde 1991- estabilizó los precios mediante la paridad entre el peso y el dólar. La venta de empresas públicas aseguraban el respaldo en dólares para el peso argentino. La estabilidad monetaria devolvió previsibilidad al consumo y alimentó una sensación de prosperidad.

No todo era color de rosas. La fiesta menemista convivía con el aumento del desempleo y una creciente desigualdad. Mientras el optimismo presidencial intentaba hacer creer que el progreso sería eterno, una parte del sindicalismo se plantó contra la apertura indiscriminada a las importaciones y la desregulación económica. Los perderes del modelo fueron los millones de desocupados, a causa de cierre de empresas que no podían competir con los productos importados.
El aumento del desempleo fue campo propicio para que el Gobierno -que decía ser peronista- ponga sobre la mesa la flexibilización laboral, como el remedio a la caída del empleo. La périda de trabajo funcionaba como el gran ordenador social. A pesar de las fisuras de su programa, el oficialismo hacía campaña con la baja de la inflación y gracias a un pacto con la Unión Cívica Radical, impulsó una reforma constitucional para permitir la reelección de Menem.
En ese contexto llegó el Mundial de Estados Unidos. Para los hinchas argentinos representaba mucho más que un torneo: era la gran oportunidad de ver a Diego Armando Maradona intentando conquistar el planeta una vez más, regresando de una suspensión por consumo de cocaína. La puesta a punto del astro fue milagrosa, por eso fue tan doloroso su final.
La Selección Argentina había comenzado el torneo con un nivel que alimentaba el entusiasmo. Carlos Bilardo había dejado el cargo tras la final de Italia 90. Su lugar fue ocupado por Alfio Basile, ex entrenador de Racing Club. El nuevo técnico buscó un juego más ofensivo y probó su sistema con la obtención de la Copa América en 1991 y 1993.
Pese a ser uno de los mejores equipos del momento, Argentina sufrió para llegar al Mundial. Todo iba bien, hasta que llegó el último partido. Argentina necesitaba un empate para clasificar y recibía a Colombia en cancha de River. El trámite del partido fue inexplicable: Colombia ganó 5-0 y Argentina debió vencer en un repechaje a Australia. Para entonces ya contaba otra vez con Diego Maradona.
El debut fue una contundente victoria por 4 a 0 sobre Grecia, seguida por un trabajado triunfo 2 a 1 frente a Nigeria. Maradona, aunque lejos de la explosión física de México 1986, seguía siendo el conductor futbolístico y emocional del equipo. Al finalizar el partido contra los africanos, Diego fue sorteado para un control antidopaje. Las imágenes de su salida del campo tomado de la mano por una enfermera recorrieron el mundo y se transformaron en una de las fotografías más impactantes de la historia de los Mundiales.
Pocos días después, la FIFA confirmó un resultado positivo por efedrina y anunció su suspensión. La decisión modificó por completo el rumbo del seleccionado argentino. Sin su capitán, el equipo perdió frente a Bulgaria en el cierre de la fase de grupos y luego fue eliminado por Rumania en los octavos de final.
El Diez nunca volvió a jugar un Mundial. Su reacción quedó inmortalizada en una frase que atravesó generaciones: "No quiero dramatizar, pero me cortaron las piernas."
Su clasificación ya había sido épica. El 17 de noviembre de 1993 derrotó a Francia en París con un agónico gol de Emil Kostadinov en tiempo de descuento, eliminando a uno de los grandes candidatos europeos.
Lejos de conformarse con haber llegado al Mundial, los búlgaros construyeron la mejor campaña de su historia. Con Hristo Stoichkov como máxima figura derrotaron 2 a 0 a la Argentina en la fase de grupos y luego eliminaron a Alemania, vigente campeona del mundo, por 2 a 1 en cuartos de final.
Aunque posteriormente cayeron ante Italia en semifinales y frente a Suecia en el partido por el tercer puesto, aquella Selección hizo historia. Su cuarto lugar continúa siendo el mayor logro internacional del fútbol búlgaro.
El 28 de junio el delantero ruso Oleg Salenko convirtió cinco goles en la goleada de su equipo por 6 a 1 sobre Camerún. Con ese registro, el jugador alcanzó el récord absoluto de goles anotados en un mismo partido. Paradójicamente, semejante actuación no alcanzó para evitar la eliminación de su selección durante la fase de grupos.
Con esos cinco tantos más uno que le había convertido frente a Suecia, Salenko terminó el campeonato con seis conquistas y compartió el título de goleador junto al búlgaro Stoichkov, pero con una diferencia: el ruso fue goleador a pesar de la temprana eliminación de su equipo.
La definición enfrentó nuevamente a Brasil e Italia, dos gigantes del fútbol mundial que ya habían protagonizado la final de México 1970. El partido disputado en el Rose Bowl de Pasadena fue tan cerrado como olvidable.
Después de 120 minutos sin goles, por primera vez en la historia una Copa del Mundo debió resolverse mediante una serie de penales. Brasil fue más efectivo y conquistó su cuarto título mundial.
La imagen que quedó para siempre fue la de Roberto Baggio elevando su remate por encima del travesaño, sellando la consagración brasileña. El cuadro sudamericano se convirtió en el primero en alcanzar la categoría de tetracampeón.