El 27 de junio de 2012 quedó grabado como una de las fechas más importantes en la historia reciente del sindicalismo argentino. Ese día, Hugo Moyano encabezó un paro nacional y una multitudinaria movilización a Plaza de Mayo que terminó de confirmar la ruptura política con la entonces presidenta Cristina Kirchner, después de casi una década de estrecha alianza entre el camionero y el kirchnerismo.
Aquel acto no solo marcó un antes y un después en la relación entre ambos, sino que anticipó un período de fuerte confrontación que se extendería hasta el final del segundo mandato de Cristina Kirchner, con varios paros nacionales, reclamos sindicales permanentes y una disputa abierta por la conducción del movimiento obrero.
Durante buena parte de los gobiernos de Néstor Kirchner y del primer mandato de Cristina Fernández, Moyano fue uno de los principales aliados políticos del oficialismo. La CGT acompañó buena parte de las medidas económicas y laborales impulsadas por el kirchnerismo, mientras el líder camionero consolidaba un poder inédito dentro del sindicalismo.
Sin embargo, hacia 2012 la relación comenzó a deteriorarse aceleradamente. Las diferencias por el Impuesto a las Ganancias, las asignaciones familiares, el manejo de los fondos de las obras sociales y la disputa por la conducción de la CGT fueron profundizando el conflicto.
A ese escenario se sumó el enfrentamiento por la renovación de autoridades de la central obrera, donde el Gobierno impulsaba una conducción alternativa encabezada por el metalúrgico Antonio Caló.
El paro convocado por Moyano tuvo un acatamiento dispar, aunque la movilización reunió a miles de manifestantes, principalmente provenientes del Sindicato de Camioneros y de gremios aliados.
La Plaza de Mayo apareció cubierta por las tradicionales banderas verdes del gremio camionero, en una demostración de fuerza destinada tanto al Gobierno como a la interna sindical.
El despliegue de colectivos provenientes de distintas provincias permitió llenar aproximadamente media Plaza de Mayo, en una convocatoria que funcionó como una demostración de poder antes del congreso de la CGT previsto para el 12 de julio de ese año.
Durante más de cuarenta minutos, Moyano cuestionó duramente la gestión de Cristina Kirchner y reclamó cambios en la política económica y laboral.
Entre sus principales demandas figuraban la eliminación del Impuesto a las Ganancias sobre los salarios, el fin de los topes para las asignaciones familiares, la devolución de fondos de las obras sociales sindicales y una mayor apertura al diálogo.
"No se puede seguir haciendo todo por imposición como si fuera una dictadura", afirmó durante uno de los pasajes más duros de su intervención.
También sostuvo que el Gobierno había abandonado los principios del peronismo y lanzó una frase que tuvo enorme repercusión política: "El modelo nacional y popular ya dejó de ser nacional y popular".
Además, negó cualquier intención desestabilizadora y aclaró que el objetivo de la protesta era reclamar por los derechos de los trabajadores.
"Esta protesta no es destituyente. La Presidenta terminará su mandato", aseguró frente a la multitud.
El eje principal de la protesta giró alrededor de la presión tributaria sobre los salarios.
Moyano cuestionó los datos oficiales sobre la cantidad de trabajadores alcanzados por el Impuesto a las Ganancias y sostuvo que eran muchos más los empleados afectados.
También criticó los límites para cobrar asignaciones familiares y denunció que se estaba discriminando a los hijos de trabajadores registrados.
Otro de los reclamos estuvo vinculado con los recursos de las obras sociales sindicales. "Se quedan con el dinero de los trabajadores", denunció durante el acto, al tiempo que acusó al Gobierno de utilizar esos fondos para otros fines.
Más allá de los reclamos económicos, el trasfondo político era la disputa por el liderazgo de la Confederación General del Trabajo.
Moyano confirmó públicamente que buscaría renovar su mandato y acusó al Gobierno de impulsar dirigentes afines para quedarse con la central obrera. "No quiero perpetuarme, pero tampoco quiero que se apoderen de la CGT", afirmó.
También denunció presiones oficiales sobre distintos dirigentes sindicales para alejarlos de su conducción: "Muchos fueron apretados para no venir a la Plaza".
Aquella jornada terminó consolidando una ruptura que ya parecía irreversible.
Semanas más tarde, Antonio Caló asumiría la conducción de una CGT alineada con el Gobierno, mientras Moyano quedaría al frente de una central sindical opositora.
Desde entonces comenzaron varios años de enfrentamientos políticos y gremiales entre el camionero y la Casa Rosada.