Durante 16 meses, Marisel Solís durmió tras las rejas convencida de que tarde o temprano llegaría el momento de explicar que no había matado a nadie. La acusaban de haber asesinado a Marcel Xavier González con un cuchillo en una finca de San Pedro, en junio de 2024. La fiscalía sostuvo durante la investigación que ella había sido la autora de un homicidio brutal. Sin embargo, cuando el caso llegó al juicio por jurados, las certezas comenzaron a resquebrajarse.
El veredicto fue contundente: no culpable.
Así terminó una de las causas más inusuales que pasaron por el Tribunal Oral en lo Criminal N° 2 de San Nicolás, atravesada por pericias enfrentadas, informes médicos incompatibles entre sí y un elemento tan extraño como central en la historia: el consumo de cucumelo, un hongo alucinógeno con psilocibina.
El hecho ocurrió el 9 de junio de 2024 en la finca Sonho Verde, donde Solís se encontraba junto a González, con quien mantenía un vínculo ocasional. Según la versión de la mujer, ambos consumieron el hongo y, tras eso, ella salió de la casa. Al regresar, aseguró haber encontrado al hombre tirado en el piso, rodeado por un charco de sangre y con múltiples heridas punzocortantes.

La escena abrió una pregunta que atravesó toda la causa: ¿Marcel González fue asesinado o se provocó él mismo las lesiones?
La investigación comenzó bajo la órbita de la UFI 7 de San Pedro y luego pasó a la Fiscalía de Baradero. En el inicio, los primeros estudios forenses sugerían un dato impactante: las heridas podían haber sido autoinfligidas.
Esa hipótesis, sin embargo, se debilitó meses después. Nuevas medidas impulsadas por la familia de la víctima pusieron en duda aquellas conclusiones iniciales y reorientaron el expediente hacia una acusación por homicidio contra Solís.
El punto de inflexión llegó con las conclusiones de la médica Emma Virginia Creimer, que sostuvo que las lesiones no eran compatibles con una autoprovocación. Su informe fue uno de los pilares de la acusación, pero también uno de los puntos más atacados por la defensa.
La penalista rosarina Antonela Travesaro, abogada de Solís, sostuvo durante el juicio que esa teoría estaba basada más en conjeturas que en evidencia científica. Para la defensa, no existía prueba física sólida que ubicara a su clienta como agresora.
El perito César Guida aportó uno de los datos más sensibles del debate: en el cuchillo secuestrado se detectó un único perfil genético masculino, correspondiente a González, sin rastros de ADN de Solís. Tampoco se hallaron manchas hemáticas en la ropa de la acusada.
A eso se sumó otro elemento favorable: policías y médicos que intervinieron en la escena declararon que no había signos de pelea y que fue la propia mujer quien buscó ayuda médica y activó la intervención de las autoridades.
El caso también expuso el contexto de consumo en el que se movía la pareja. Durante el juicio surgió que Solís y González apenas se habían visto dos veces desde que se conocieron en enero de 2024, durante un encuentro vinculado al consumo de ayahuasca.
Según la defensa, González atravesaba una historia de consumo problemático de sustancias. Solís declaró que había consumido cocaína, LSD y éxtasis, y que en los días previos buscaba recuperarse mediante terapias naturistas.
Los análisis toxicológicos posteriores no detectaron restos de psilocibina ni en la víctima ni en la imputada, aunque el paso del tiempo relativizó el peso de ese resultado dentro del debate.
Otro dato clave fue la multiplicidad de lesiones: un médico legista afirmó que las 32 heridas punzocortantes observadas en el cuerpo eran compatibles con una conducta autolesiva en un contexto de alteración psíquica extrema.
Solís permaneció en silencio durante casi todo el juicio. Recién al final pidió hablar. Dijo que era madre de cuatro hijos, que una de sus hijas era menor y reafirmó su inocencia frente al jurado.
Minutos después llegó el veredicto que cambió por completo el caso.
Tras más de un año y cuatro meses presa, el jurado popular resolvió absolverla. La causa, que durante meses pareció encaminarse hacia una condena por homicidio, terminó dejando una conclusión incómoda para el sistema judicial: en un expediente plagado de dudas, contradicciones y pericias enfrentadas, la certeza nunca alcanzó para condenar.