Venezuela atraviesa una de las peores catástrofes naturales recientes de América Latina. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 golpearon el país el miércoles y dejaron más de 1.400 muertos. Las zonas más golpeadas son La Guaira y partes de Caracas, donde familias y voluntarios llevan días removiendo escombros con recursos limitados.
El operativo de rescate ya tiene dimensión internacional. Más de 1.600 rescatistas extranjeros llegaron al país y otros equipos estaban en camino. Helicópteros estadounidenses trasladando brigadas en Caraballeda, una de las zonas más afectadas, mientras equipos de Argentina y El Salvador recibían datos de familiares que buscaban desaparecidos.
La cifra más difícil de procesar es la de personas no localizadas. Aunque el gobierno habla de cientos de desaparecidos o atrapados, más de 55.000 personas figuran como no ubicadas en un sitio promovido por la oposición. Ese número no equivale automáticamente a muertos ni atrapados bajo escombros, pero sí muestra la escala del caos: familias dispersas, comunicaciones rotas, hospitales saturados y registros oficiales insuficientes.
La emergencia también expone una debilidad estructural: infraestructura deteriorada y servicios frágiles. La electricidad volvía gradualmente en la región, pero recordó que la red venezolana, golpeada por años de subinversión y sanciones económicas, sufre problemas recurrentes. En un terremoto, una red eléctrica débil no es un detalle técnico: afecta hospitales, agua, comunicaciones, rescates, transporte y seguridad.
El componente político ya está instalado. La catástrofe golpea a la presidenta interina Delcy Rodríguez en un momento de alta sensibilidad institucional. Washington evalúa anunciar un nuevo paquete de asistencia de cientos de millones de dólares, además de 150 millones ya comprometidos. Al mismo tiempo, funcionarios estadounidenses consideran inoportuno que María Corina Machado busque apoyo para volver al país en medio del desastre.
Esa es la tensión de fondo: Venezuela necesita ayuda urgente, pero sigue atrapada en una arquitectura política rota. Para los rescatistas, lo urgente es encontrar sobrevivientes. Para el Estado, lo urgente es demostrar capacidad. Para la oposición, lo urgente es no quedar fuera del momento nacional. Para los actores externos, lo urgente es ayudar sin quedar absorbidos por una disputa venezolana que ningún terremoto suspendió.