29/06/2026 - Edición Nº1238

Internacionales

Fractura interna

Más fusiles que palas: la denuncia que persigue a policías y militares en Venezuela

29/06/2026 | En plena catástrofe venezolana, vecinos denuncian saqueos, inacción y obstáculos de los cuerpos armados mientras la población busca sobrevivientes.



Venezuela enfrenta una tragedia que ya no puede medirse solo por la magnitud del terremoto, los edificios colapsados o la cifra de desaparecidos. La catástrofe abrió otra grieta, más política y moral: la relación entre una población desesperada y unos cuerpos policiales y militares que, según múltiples denuncias ciudadanas, no estuvieron a la altura de la emergencia. En La Guaira y Caracas, mientras familiares cavaban con sus manos y voluntarios improvisaban rescates, la presencia uniformada empezó a ser vista por muchos vecinos no como protección, sino como control, demora y sospecha.

La acusación más grave no es únicamente la falta de respuesta, sino el contraste entre la urgencia civil y la conducta de parte de los funcionarios desplegados. Videos y testimonios difundidos en redes señalan presuntos saqueos, funcionarios entrando a viviendas vacías, policías apropiándose de objetos en zonas devastadas y militares más atentos a controlar el territorio que a remover escombros. No todos esos casos tienen verificación judicial independiente, pero su impacto público ya produjo un daño profundo: en medio de una emergencia humanitaria, la autoridad armada aparece bajo sospecha.

 


Venezuela es un país de la costa norte de América del Sur, con diversas atracciones naturales. A lo largo de su costa en el Caribe, hay islas turísticas tropicales, entre ellas la Isla de Margarita y el archipiélago Los Roques.

El Estado armado

La frase que resume el enojo popular es brutal: “aquí hay más fusiles que palas”. No se trata solo de una consigna nacida del dolor, sino de una acusación contra el modelo de respuesta estatal. En una catástrofe, la prioridad debería ser rescatar vivos, abrir corredores humanitarios, proteger bienes de víctimas, organizar refugios, identificar desaparecidos y facilitar la entrada de ayuda. Sin embargo, en varias zonas afectadas, vecinos denunciaron que los uniformados estaban presentes, pero no necesariamente trabajando donde más se los necesitaba.

La militarización de La Guaira fue presentada como una medida para ordenar el desastre, pero terminó reforzando una pregunta incómoda: ¿ordenar para rescatar o controlar para administrar políticamente la tragedia? Cuando la población percibe que los militares bloquean, demoran, posan para fotos o custodian espacios antes que auxiliar a las víctimas, el uniforme pierde legitimidad. Y cuando además circulan denuncias de robo, disputa por pertenencias o manejo abusivo de bienes encontrados entre los escombros, el problema deja de ser operativo y pasa a ser institucional.

La ayuda bajo sospecha

La emergencia también expuso una falla de coordinación. Equipos internacionales, rescatistas voluntarios y comunidades locales intentaron avanzar en un escenario donde cada hora podía marcar la diferencia entre encontrar sobrevivientes o recuperar cuerpos. En ese contexto, cualquier orden confusa, bloqueo innecesario o disputa de mando se vuelve moralmente insoportable. La denuncia de entorpecimiento de la ayuda humanitaria golpea especialmente a los cuerpos armados porque revela una inversión de prioridades: en vez de abrir paso a quienes pueden salvar vidas, parte del aparato estatal aparece administrando el acceso como si la tragedia fuera un territorio político.

Nada de esto borra que algunos funcionarios hayan ayudado ni que existan militares, policías y rescatistas honestos trabajando bajo presión. Pero los casos aislados de cumplimiento no alcanzan para ocultar el reclamo de fondo. En Venezuela, el terremoto no solo derrumbó edificios: también dejó al descubierto una crisis de confianza entre la sociedad y sus fuerzas de seguridad. Si las denuncias de saqueo, inacción y obstrucción no se investigan con seriedad, la población recordará esta tragedia no solo por la tierra que tembló, sino por los fusiles que llegaron antes que las palas.