El Mundial de Sudáfrica 2010 encontró a la Argentina atravesando un momento político y social muy particular. Cristina Kirchner transitaba la mitad de su primer mandato presidencial y el país todavía respiraba el clima de euforia que había dejado la multitudinaria celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo.
Durante cinco días, millones de personas colmaron las calles de Buenos Aires y de distintas ciudades del país para participar de una de las celebraciones populares más grandes desde el regreso de la democracia. Más allá de las diferencias políticas -exacerbdas por el conflicto agrario de 2008- el Bicentenario despertó un fuerte sentimiento de pertenencia e identidad nacional que pocas semanas después encontró continuidad en la pasión por el fútbol.
El entusiasmo convivía con un escenario internacional que comenzaba a dejar atrás la pandemia de gripe A (H1N1), que durante 2009 alteró la vida cotidiana, obligó a suspender actividades y generó preocupación en buena parte del planeta, aunque no llegó a ser lo que diez años después fue el Covid 19. En la Argentina, el fútbol volvía a convertirse en ese refugio colectivo capaz de detener durante un mes las discusiones políticas y las preocupaciones económicas.
Durante un mes, Sudáfrica fue sede de un acontecimiento histórico. Fue la primera vez que una Copa del Mundo se disputó en el continente africano y fue el primer Mundial jugado en el invierno austral desde Argentina 1978.
La elección de Sudáfrica como sede tuvo un enorme valor simbólico. Apenas dieciséis años después del fin del apartheid, el país organizó el evento deportivo más importante del planeta como una muestra de integración y reconocimiento internacional.
La figura de Nelson Mandela acompañó todo el torneo. Aunque la muerte de una de sus bisnietas le impidió asistir a la ceremonia inaugural, el histórico líder sudafricano emocionó al mundo cuando apareció antes de la final en el Soccer City de Johannesburgo. Su presencia fue uno de los momentos más recordados de aquella Copa del Mundo.
El otro sello distintivo fueron las vuvuzelas. El sonido constante de aquellas cornetas tradicionales africanas acompañó los 64 partidos del campeonato y generó un intenso debate: mientras muchos las consideraban parte de la identidad cultural del torneo, jugadores, entrenadores y relatores cuestionaban el ruido permanente que producían.
Después de la eliminación frente a Alemania en 2006, la Selección atravesó un período de transición. José Pekerman dejó su cargo y Alfio Basile intentó darle continuidad al proyecto, pero los malos resultados en las Eliminatorias precipitaron un cambio inesperado.
La AFA apostó por Diego Armando Maradona. Más allá de su escasa experiencia como entrenador, su presencia despertó una ilusión pocas veces vista. La clasificación fue sufrida y recién llegó en la última fecha, gracias al triunfo sobre Uruguay en Montevideo, pero una vez iniciado el Mundial el equipo mostró una versión muy distinta. Esa noche, en el Centenario, el Diez soltó una frase maradoniana en la conferencia de prensa postpartido.
Con Lionel Messi como principal figura, Gonzalo Higuaín como goleador, Carlos Tévez aportando desequilibrio, Javier Mascherano como líder del mediocampo y Sergio Romero consolidado en el arco, Argentina ganó sus tres partidos de la fase de grupos con autoridad. Los rivales fueron Nigeria, Corea del Sur y Grecia.
Luego eliminó a México por 3-1 en octavos de final y volvió a instalarse entre los grandes candidatos al título. La ilusión crecía partido tras partido. Parecía que el equipo encontraba finalmente el equilibrio que tanto había buscado durante la clasificación, pero el destino -como en 2006- nos volvió a cruzar con Alemania en cuartos de final.
Esta vez no hubo partido. Alemania golpeó a los tres minutos con un gol de Thomas Müller y dominó el encuentro de principio a fin. La velocidad de sus ataques dejó expuesta a la defensa argentina y el contundente 4-0 se convirtió en una de las derrotas más dolorosas de la historia albiceleste. Fue el final del ciclo Maradona como entrenador de la Selección.
Uruguay protagonizó una campaña inolvidable de la mano de Óscar Washington Tabárez como entrenador. Diego Forlán fue elegido como mejor jugador del torneo. Por su parte, Luis Suárez y Edinson Cavani formaban una dupla de ataque temible. La Celeste alcanzó las semifinales por primera vez desde México 1970.
Su partido de cuartos de final ante Ghana fue dramático. En el último minuto del alargue, Luis Suárez evitó con la mano un gol que clasificaba a los africanos y fue expulsado, pero Asamoah Gyan estrelló el penal en el travesaño. La definición por penales fue épica. El último disparo estuvo a cargo de Sebastián Abreu, que con una ejecución magistral frustró el sueño de Ghana de ser el primer semifinalista africano de la historia.
Paraguay también escribió la mejor página de su historia. El equipo dirigido por el argentino Gerardo Martino terminó primero en un grupo que compartía con Italia, eliminó a Japón en octavos de final y cayó apenas 1-0 frente a España en cuartos, quedando a un paso de las semifinales. Chile, bajo la conducción de Marcelo Bielsa, llegó hasta los octavos de final.
Brasil llegaba como uno de los máximos candidatos. Sin embargo, Holanda remontó el partido en los cuartos de final y eliminó al pentacampeón, profundizando las críticas hacia un ciclo que nunca terminó de convencer.
A los finalistas de 2006 le fue peor. Italia terminó último en su grupo, sin ganar un solo partido. Francia vivió un escándalo sin precedentes: el enfrentamiento entre el entrenador Raymond Domenech y el jugador Nicolas Anelka derivó en una rebelión del plantel, que se negó a entrenar bajo la conducción del DT. Ambos quedaron eliminados en primera ronda.
El vacío que dejaron los grandes fue ocupado por España, que llegó al Mundial como campeón europeo en 2008. Dirigidos por Vicente del Bosque y con figuras de la talla de Iker Casillas, Carles Puyol, Gerard Piqué, Sergio Busquets, Xavi Hernández, Xabi Alonso, Andrés Iniesta y David Villa, la selección ibérica fue creciendo a medida que avanzaba el torneo.
En la final se enfrentó a Holanda, que buscaba revancha de las finales perdidas en 1974 y 1978. El encuentro fue intenso, físico y muy disputado. Cuando todo parecía encaminado hacia los penales, Andrés Iniesta apareció a los 116 minutos para marcar el único gol del partido y darle a España el primer título mundial de su historia.