02/07/2026 - Edición Nº1241

Internacionales

Venezuela ininvertible

Trump, ExxonMobil y Delcy Rodríguez: quién frena de verdad el plan para Venezuela

02/07/2026 | Trump habló de felicidad tras el terremoto, pero el verdadero veto a su plan venezolano no está en Caracas: está en las petroleras que aún no confían.



Dos días después del peor terremoto de la historia de Venezuela en más de un siglo, Donald Trump declaró:

Dejando de lado lo que ocurrió anoche —que fue terrible, lo que pasó; fue un gran terremoto que derribó edificios—, por lo demás, el país volvió a ser un lugar feliz. La gente está contenta. Bailan en las calles."  La frase recorrió el mundo y generó indignación previsible.

Pero antes de que nos dejemos llevar por el escándalo, conviene leerla entera. Trump reconoció el terremoto como "terrible" antes del comentario del baile. No es que ignorara la tragedia: es que la subordinó en dos segundos para volver al argumento que le interesa, que es el éxito de su intervención en Venezuela. Es torpe, es insensible, y en cualquier otra boca sería una crisis diplomática. Pero es Donald Trump y nunca esperes algo agradable de su boca.

 


Venezuela es un país de la costa norte de América del Sur, con diversas atracciones naturales. 

Este es el mismo presidente que, reunido con la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, bromeó sobre Pearl Harbor para justificar que no avisó a sus aliados antes de los bombardeos sobre Teherán. El mismo que ante el canciller alemán Friedrich Merz, refiriéndose al 80 aniversario del Día D, preguntó: ¿No fue un día agradable para ustedes? —a lo que Merz respondió con dignidad: Esta fue la liberación de mi país de la dictadura nazi. Sabemos lo que les debemos.  El mismo que frente a Erdoğan soltó un comentario sobre elecciones que dejó al turco literalmente estupefacto. El mismo que con Meloni terminó en un rifirrafe por una foto que no fue a ningún sitio.

Las declaraciones incómodas de Trump no son accidentes: son su modo de comunicación. Generan titular, ocupan el ciclo de noticias de 48 horas y luego no cambian nada. Hay que leerlas como señales de posicionamiento, no como política exterior articulada. Lo que Trump estaba haciendo con Venezuela era proyectar optimismo sobre una apuesta económica que todavía no ha cuajado.

Los hechos, sin dramatismo

Mientras Trump hablaba de baile y felicidad, María Corina Machado intentaba regresar a su país desde Curazao y Panamá, respectivamente. El régimen de Delcy Rodríguez cerró el espacio aéreo comercial venezolano para impedirlo. Lo tuvo que revertir bajo presión, pero amenazó a quienes quisieran facilitar el vuelo, dejando a Machado nuevamente en el exilio.

Lo que muchos no están leyendo con suficiente atención es por qué Washington no respaldó su regreso. Según fuentes citadas por varios medios, fue la propia CIA la que impuso su criterio y convenció a Trump de que no había condiciones favorables para los intereses estadounidenses en ese momento. No es que Trump no quiera a María Corina, es que en este momento Delcy Rodríguez le es más útil.

Y aquí está la clave que explica toda la arquitectura actual de la política venezolana de Washington: Delcy no está en esa posición por méritos propios ni por convicción democrática. Está porque entiende perfectamente cuáles son las consecuencias de no serlo. Delcy aprendió la lección tras la captura de Nicolás Maduro, su sumisión es una supervivencia calculada para ganar tiempo para las midterm de noviembre de 2026, esperando un congreso democrata quien obstaculice las politicas republicanas.

Los que realmente deciden

Las midterms estadounidenses se celebran en noviembre. Para entonces, Trump necesita mostrar resultados económicos tangibles. Venezuela forma parte de ese cálculo: el presidente prometió que las grandes petroleras estadounidenses invertirían al menos 100.000 millones de dólares en el país para revitalizar su sector energético y mantener bajos los precios de la gasolina. El problema es que los empresarios tienen sus propias condiciones, y no negocian con discursos.

Darren Woods, director general de ExxonMobil, fue categórico frente al propio Trump en la Casa Blanca: "Si miramos las estructuras comerciales y los marcos existentes actualmente en Venezuela, hoy no es viable invertir allí". Y añadió: "Nos han confiscado nuestros activos allí dos veces, así que pueden imaginarse que volver a entrar una tercera vez requerirá cambios bastante significativos."

La reciente firma de un memorándum de entendimiento entre el gobierno de Delcy Rodríguez y General Electric (GE), solo dias antes del terremoto,  ilustra esa desconfianza. Aunque Rodríguez aseguró que fue “un paso histórico”, un memorándum es un contrato, es una declaración de intenciones. Hasta la fecha, GE no ha puesto ni un centavo en la red eléctrica venezolana. Esto refleja perfectamente la desconfianza entre entre Miraflores y el capital extranjero sobre cualquier avance concreto.

El problema es estructural: Venezuela tiene las mayores reservas petroleras del mundo pero su producción representa apenas el 1% de la producción mundial. Es una potencia energética en teoría que en la práctica funciona como un país en quiebra, con un gobierno interino administrando un Estado desmantelado durante dos décadas de chavismo.

Hay que ser honestos: restaurar una democracia funcional y una economía viable tras ese nivel de destrucción institucional no se hace en meses, ni siquiera en años. El terremoto ha añadido destrucción física a una destrucción institucional que ya era monumental. Nadie con sentido común puede esperar garantías de inversión sólidas en el corto plazo. Pero mientras no haya confianza, no habrá inversión, y sin ella, no habrá reconstrucción real.

El verdadero poder de veto

Trump puede ignorar a María Corina, colaborar con Delcy y decir que los venezolanos son felices. Lo que no puede hacer es obligar a los ejecutivos de 17 compañías petroleras a firmar contratos en un país que califican de "ininvertible".

Y ahí está el verdadero poder de veto sobre el futuro de Venezuela: no en Washington, no en Caracas. Está en los consejos de administración de Houston, Nueva York y Londres, donde los analistas de riesgo hacen los mismos cálculos sobre si un régimen sin mandato democrático, sin marco legal reformado y sin historial de respeto a la propiedad privada merece que sus accionistas asuman el riesgo.

De momento, la respuesta es no. Y esa respuesta es la que más dura para Trump, porque es la única que no puede revertir en un tweet.