Las protestas contra la inmigración realizadas esta semana en Sudáfrica dejaron una postal conocida: comercios saqueados, familias encerradas en sus casas y barrios enteros dominados por el miedo. Aunque miles de extranjeros abandonaron temporalmente las zonas más conflictivas, otros tomaron la decisión opuesta: quedarse.
Para muchos refugiados, volver a sus países de origen simplemente no es una opción.
Ese es el caso de Helana Wolde, un etíope que llegó a Sudáfrica hace 21 años escapando de la persecución política. Mientras las marchas recorrían las calles de Durban, permaneció junto a su esposa y sus tres hijos siguiendo las noticias por televisión. Al día siguiente volvió a abrir su pequeño negocio de café y legumbres, uno de los pocos que no fue saqueado.

Wolde asegura que ya no tiene familia, propiedades ni una vida a la que regresar en Etiopía. Como él, miles de inmigrantes huyeron de guerras, conflictos internos, persecuciones políticas o crisis económicas y consideran que permanecer en Sudáfrica, incluso con miedo, sigue siendo más seguro que regresar.
Otro comerciante etíope, Daniel Abide, perdió una de sus tiendas durante los disturbios, pero ya anunció que intentará reconstruirla. "Nosotros no quitamos trabajo. Abrimos pequeños negocios y damos empleo", afirmó tras el ataque.
Los grupos que convocaron las protestas sostienen que reclaman medidas contra la inmigración ilegal y exigen deportaciones masivas. Muchos manifestantes responsabilizan a los extranjeros por el desempleo, la inseguridad y la crisis económica.
Sin embargo, especialistas señalan que no existen evidencias de que la inmigración sea la principal causa de esos problemas. De hecho, los inmigrantes representan alrededor del 4% de la población sudafricana, mientras que el país alberga más de 167.000 refugiados y solicitantes de asilo, una cifra menor a la de otras naciones africanas.

La xenofobia tampoco es un fenómeno nuevo. Sudáfrica ya sufrió violentos ataques contra inmigrantes en 2008, 2015 y 2021, episodios que dejaron decenas de muertos y cientos de comercios destruidos.
Hoy, muchos refugiados trabajan con sus documentos siempre a mano para demostrar que residen legalmente en el país. Las ventas cayeron por el temor a nuevos ataques, pero la mayoría insiste en quedarse. Después de haber escapado una vez para salvar sus vidas, sienten que no tienen otro lugar al que volver.