Irán abrió en Teherán el velatorio de Estado de Alí Jamenei tras cuatro meses de postergación. El cuerpo del exlíder supremo quedó expuesto en la Gran Mosalla Imam Khomeini, bajo un despliegue de seguridad que busca ordenar la transición después del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que terminó con su vida el 28 de febrero. La escena tiene una lectura política inmediata: el régimen necesita transformar el duelo en señal de continuidad, disciplina interna y respaldo visible hacia Mojtaba Jamenei. La ceremonia no sólo despide a un jefe religioso; mide la capacidad del sistema para convertir una muerte traumática en sucesión controlada.
La semana fúnebre se mueve entre Teherán, Qom, Najaf, Kerbala y Mashhad. El recorrido conecta la capital política iraní con los centros del chiismo y termina en el santuario del Imán Reza, donde está previsto el entierro. Ese itinerario no es decorativo: ubica a Jamenei dentro de una cadena religiosa, regional y revolucionaria que el nuevo mando necesita preservar. En paralelo, la presencia de funcionarios de países aliados y socios no occidentales intenta mostrar que Irán no quedó aislado tras la guerra. El funeral opera como una vitrina diplomática y como una prueba de movilización interna.
Mojtaba Jamenei llega a esta etapa con el cargo encaminado, pero con una exposición pública limitada. La sucesión formal ya había sido tratada por la estructura clerical, aunque su figura sigue atrapada entre la herencia familiar, el peso de la Guardia Revolucionaria y la necesidad de aparecer como algo más que una continuidad automática. El problema para Teherán es de legitimidad visual: un liderazgo anunciado, pero ausente, deja espacio a rumores, facciones y lecturas externas sobre su estado físico o político. Por eso la aparición o ausencia de Mojtaba durante las ceremonias vale más que cualquier comunicado.
La puesta en escena busca cerrar la brecha entre autoridad religiosa y poder efectivo. Jamenei gobernó durante décadas como vértice del sistema, árbitro de la política interna y referencia de la línea dura frente a Occidente; su muerte abrió una transición que el régimen intenta presentar como ordenada, pero que sigue atravesada por tensiones económicas, sociales y militares. El aparato estatal puede organizar transporte, alojamiento, alimentos y seguridad para llenar las calles, aunque esa movilización no resuelve por sí sola la pregunta central. La sucesión necesita obediencia institucional, pero también una imagen pública capaz de sostenerla.

El otro frente de la ceremonia está fuera de la Gran Mosalla y pasa por Ormuz. El estrecho volvió a concentrar la atención del mercado energético después de las negociaciones indirectas entre Teherán y Washington, centradas en el tránsito marítimo, la reapertura plena de rutas y el margen iraní para condicionar el paso de buques. El crudo no reaccionó con un salto lineal, porque el mercado también descuenta mayores flujos y avances diplomáticos, pero la calma sigue siendo frágil. Cualquier gesto militar o naval durante el duelo puede reabrir la prima de riesgo sobre el petróleo.

Argentina entra en ese cálculo por precios, logística e inflación importada. El país no define el pulso de Ormuz, pero su economía mira el Brent como referencia y depende del gasoil para transporte, cosecha y costos productivos, de modo que un shock externo puede trasladarse a expectativas, surtidores y cuentas energéticas. La lectura local debe evitar alarmismo: no todo funeral iraní equivale a suba automática del barril. Lo relevante es que esta semana combina sucesión, seguridad y tránsito petrolero en un mismo tablero. Para Buenos Aires, el riesgo no está en Teherán como gesto simbólico, sino en Ormuz como corredor operativo.