El sábado pasado, mientras la Selección jugaba su partido mundialista contra Jordania, la conversación de “Twitter política” pasaba por la tan esperada, y deseada, renuncia de Manuel Adorni. El tamaño del quilombo era indisimulable y no quedaba mucho más por hacer que anunciar la noticia y ofrendar la cabeza del ex vocero a la prensa, y a los ciudadanos que ya querían ver correr sangre.
Semanas de denuncias, de patrimonio que no cierra, de declaraciones juradas armadas con tres meses de demora, de una secretaria que en Tribunales cuenta cómo le hacía las compras personales con tarjeta ajena, un contratista y una escribana, convertían todo esto en un sketch de Gasalla, por lo estrambóticos que eran los personajes y por lo increíbles que se iban poniendo las coartadas.
Ahí está el primer punto ciego de la lectura fácil. Adorni no cae por soberbio, cae porque la soberbia dejó de ser gratis en un contexto donde la crisis social se agrava. Más allá de las vendettas del periodismo hacia un tipo precario que se reía de cualquier pregunta, el humor social ya no tiene mucho margen. El Mundial nos va a hacer olvidar por momentos nuestras miserias, pero cuando termine, salvo consagración histórica, todo va a caer en un vacío bastante jodido. Durante dos años Adorni fue la marca de la casa, el vocero que humillaba colegas desde el atril, que trataba al periodismo como enemigo estructural, que hablaba de "deslomarse" por la patria mientras compraba propiedades y volaba en jets privados. Esa soberbia no fue un exceso de carácter, fue la estrategia de comunicación de un gobierno que necesita mantener siempre un afuera hostil para sostener el relato de asedio. Cuando en su carta de despedida terminó acusando al periodismo de perseguirlo a él y a su familia, no hubo contradicción. Fue el mismo librito, aplicado ahora a su propio caso.
El paralelismo que circula, el de María Julia Alzogaray, tiene sentido pero se queda corto. Menem sacrificaba figuras cuando el costo político de sostenerlas superaba el beneficio, y ahí terminaba la historia, se cambiaba el nombre y seguía la fiesta. Con Milei pasa algo distinto, porque el gobierno no solo pierde una figura, pierde la coartada de excepcionalidad que lo trajo al poder. "Vinimos a terminar con la casta" fue el eslogan fundante. Cada semana que pasa, con Adorni, con el caso Libra, con los audios de Andis, esa frase se vuelve más difícil de repetir sin que alguien se ría o la repita con sorna.
Ahí conviene mirar historia y no solo memoria reciente. Los procesos que se radicalizan alrededor de un relato de pureza no se moderan cuando aparece la corrupción propia, la purgan. Es la lógica de cualquier vanguardia que necesita seguir pareciendo intacta, sacrificás al cuadro comprometido, no al proyecto. Robespierre mandaba a la guillotina a sus propios jacobinos cuando se volvían un problema de imagen para la Revolución, y la Revolución seguía, más dura, no más tibia. El mileísmo hace una versión doméstica de eso. Adorni cae, Santilli entra, el PRO se integra al gabinete de cara al 2027, y todo el mundo puede llamarlo moderación. No lo es. Es ampliar la base de sostén para poder seguir acelerando sin quedarse sin gente, recursos ni energía.
Porque la apuesta real del oficialismo es que la elección no se juegue en la corrupción sino en la capacidad de imponer un orden. Mientras el peronismo no tiene orden económico, ni ideológico, ni siquiera en su propia interna, La Libertad Avanza se va a vender en el 27 como el único orden posible. Así como ocurrió en el 25, cuando todos pronosticaban un lunes negro ante la ausencia de una fuerza que ordene el tablero, los esfuerzos se van a redoblar para que nada estalle, o para que si estalla, lo haga en cuotas.
La principal virtud que el gobierno proyecta hacia afuera es esa, un orden, cruel, falso o mediocre, pero orden. Decapitar al que hay que decapitar no hace más que reforzar esa narrativa para buena parte de la sociedad. Si encima la microeconomía acompaña, la salida de Adorni va a quedar como anécdota. Si no acompaña, van a necesitar otro nombre para el sacrificio siguiente, porque esto se trata de saciar deseos atávicos para ganar tiempo, pero en ningún escenario aparece la opción de bajar el tono, hacer autocrítica real o revisar el vínculo con la prensa. La estructura de incentivos no lo permite. El electorado que sostiene a Milei no vota moderación, vota guerra, no siempre queda claro contra qué exactamente, pero cualquier gesto de contemporización se lee como debilidad ante los mismos enemigos que el relato necesita.
Entonces, finalmente, no hay drama en decir que esto es un costo marginal, un peaje de la misma autopista. El problema sería creer que un costo marginal no tiene consecuencias acumuladas. Cada figura que se quema deja menos nombres disponibles para la próxima purga, y el mercado de lealtades incondicionales, ese que exige poner el cuerpo sin preguntar, no es infinito. La pregunta que debería estar en la mesa no es si Milei modera después de Adorni. Es cuántos Adornis quedan todavía para sostener la aceleración, antes de que el propio proyecto se quede sin combustible humano para seguir corriendo sin freno.