Antes de que el Mundial se transformara en el espectáculo deportivo más importante del planeta, el fútbol internacional apenas encontraba su máxima expresión en los Juegos Olímpicos y en el Campeonato Sudamericano de Selecciones, antecedente de la actual Copa América.
Fue el dirigente francés Jules Rimet quien imaginó una competencia exclusiva para selecciones nacionales. La propuesta encontró entusiasmo en Sudamérica y muchas dudas en Europa, donde todavía pesaban las consecuencias económicas de la Primera Guerra Mundial y, poco después, el impacto de la crisis de 1929.
Cuando la FIFA buscó una sede para concretar aquella idea, Uruguay hizo una propuesta imposible de rechazar. El bicampeón olímpico se comprometió a organizar el torneo, construir el estadio principal, costear los viajes de las delegaciones y alojar a todos los participantes.
La billetera suelta de los uruguayos tenía otras razones para hacerlo, más allá de las ganas de gritar goles. El país se aprestaba para celebrar –el 18 de julio de ese año- el centenario de la jura de su primera Constitución. La dirigencia oriental de la época entendió que el torneo era una excelente vidriera para poner al Uruguay en el radar de las potencias europeas. Así nació el Campeonato Mundial de fútbol de 1930.
Todas las selecciones fueron invitadas y apenas cuatro equipos europeos aceptaron atravesar el Atlántico en un largo viaje en barco: Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia. Con apenas trece participantes y un Estadio Centenario levantado contra reloj, comenzó una competencia que terminaría cambiando para siempre la historia del deporte.
Entre aquellos pioneros apareció un futbolista que desafió todas las lógicas. El uruguayo Héctor Castro había tenía 25 años. A los 13 había perdido la mano derecha, víctima de un accidente con una sierra eléctrica. En cualquier estructura deportiva moderna probablemente habría encontrado enormes barreras para llegar al alto rendimiento. Su apodo era "El Manco" o "El Divino Manco", según las fuentes que se consulten.

Lejos de resignarse, Castro construyó una carrera extraordinaria en Nacional de Montevideo, que lo llevó a convertirse en uno de los delanteros más importantes de Uruguay. Su discapacidad nunca le impidió competir al máximo nivel. Por el contrario, terminó formando parte de una de las imágenes más emblemáticas del deporte.
Castro escribió su nombre en la historia grande del fútbol por partida doble. Fue el autor del primer gol de Uruguay en la historia de los Mundiales -se lo hizo a Perú- y también convirtió el último tanto –el que cerró la final- frente a la Argentina, para poner cifras definitivas al encuentro.
Aquella definición, disputada el 30 de julio de 1930 en el Estadio Centenario, terminó con victoria uruguaya por 4 a 2 y consagró al anfitrión como el primer campeón mundial. El gol de “El Manco” selló el resultado y convirtió a un futbolista con discapacidad en uno de los primeros grandes héroes de la Copa del Mundo.