07/07/2026 - Edición Nº1246

Internacionales

Ayuda trazable

AirTags en ayuda humanitaria: el método para saber si llegó a destino

06/07/2026 | Mayer Mizrachi colocó AirTags en parte de la ayuda enviada tras el terremoto y abrió un debate necesario sobre control, donantes y transparencia.



Panamá no solo envió ayuda humanitaria a Venezuela después del doble terremoto. También puso sobre la mesa una pregunta incómoda y necesaria: qué pasa con las donaciones cuando cruzan la frontera, quién las recibe y cómo se demuestra que llegaron a destino. La decisión del alcalde de la Ciudad de Panamá, Mayer Mizrachi, de colocar AirTags en parte de los insumos enviados puede parecer polémica, pero tiene una lógica difícil de discutir: cuando la ayuda sale del esfuerzo de ciudadanos, voluntarios, venezolanos y panameños, la rendición de cuentas no es una opción decorativa, es una obligación.

El dato importa porque la colecta no fue menor. La Estrella de Panamá informó que el centro de acopio impulsado por la Alcaldía reunió más de 100 toneladas de ayuda humanitaria, entre alimentos, medicamentos, ropa, agua, artículos de higiene e insumos de primera necesidad. Infobae, citando a EFE, agregó que Mizrachi reportó otro avión con 16 toneladas distribuidas en 68 palets y que ese era el décimo vuelo salido desde Panamá hacia Venezuela. Es decir: no se trató de una caja simbólica, sino de una operación solidaria de escala. 

 


Panamá es un país ubicado en el istmo que une América Central y América del Sur.

Control y confianza

La medida fue acertada porque separa la solidaridad de la ingenuidad. Ayudar no significa cerrar los ojos. Mizrachi explicó que varios AirTags aparecían en La Guaira, una de las zonas golpeadas por el desastre, mientras uno marcaba ubicación en Maturín, estado Monagas. El propio alcalde evitó convertir ese dato en una acusación cerrada y planteó una interpretación prudente: podía tratarse de una caja entregada a una persona desplazada que terminó viajando a otra ciudad. Esa cautela fortalece la medida, porque el objetivo no era hacer propaganda con una sospecha, sino abrir una trazabilidad verificable. 

Ese es el punto central. El AirTag no reemplaza una auditoría formal, no sustituye a la Cruz Roja, a Naciones Unidas ni a los organismos humanitarios. Pero funciona como señal política: la ayuda tiene que poder seguirse, documentarse y explicarse. En un país con instituciones debilitadas, logística compleja y una emergencia bajo control de un poder político cuestionado, cualquier mecanismo adicional de seguimiento mejora la confianza. El País describió la respuesta venezolana como una operación de alta complejidad, atravesada por limitaciones estatales, problemas de coordinación y necesidad de orden humanitario. 

La defensa de Mizrachi también tiene un componente moral. Muchos donantes no son grandes empresas ni gobiernos con presupuesto ilimitado. Son venezolanos de la diáspora, panameños solidarios, familias, comerciantes, voluntarios y personas que entregan alimentos, pañales, agua o medicinas porque creen que alguien del otro lado los necesita más. A esa gente se le debe una respuesta concreta. No alcanza con decir “se envió”. Hay que poder decir dónde llegó, cuándo llegó y bajo qué canal fue distribuida.

Precedente venezolano

El antecedente de 2019 vuelve todavía más razonable la discusión. Devex informó, a partir de una revisión del inspector general de USAID, que de 368 toneladas métricas de ayuda estadounidense enviadas a la frontera colombiana para Venezuela, solo 8 toneladas llegaron efectivamente al país; el resto fue distribuido en Colombia o enviado a Somalia. El informe del inspector general también señaló desafíos de coordinación, planificación y gestión de riesgos de fraude en la respuesta estadounidense a la crisis venezolana. 

Por eso la acción de Panamá merece respaldo. No porque un rastreador resuelva todos los problemas, sino porque instala una regla básica: la ayuda humanitaria no puede quedar en una zona oscura. En tragedias como la venezolana, la transparencia también salva confianza. Y sin confianza, las campañas se debilitan, los donantes se cansan y las víctimas quedan atrapadas entre burocracia, propaganda y sospecha. Mizrachi entendió algo simple: ayudar bien no es solo mandar toneladas; es demostrar que la solidaridad llegó a quienes la necesitaban.