En el año de la Declaración de la Independencia, el deporte tal como lo conocemos hoy -reglado, con clubes y federaciones- prácticamente no existía en el Río de la Plata. Lo que sí abundaba eran destrezas ecuestres, juegos de naipes y azar, y algunas tradiciones traídas por los colonizadores españoles.
Para ese entonces, el término "deporte" no tenía nada que ver con competencia física: significaba simplemente entretenimiento, diversión, disfrute, juego, placer o cualquier pasatiempo agradable. Es decir, si alguien en 1816 hubiera dicho "mi deporte favorito", podría haberse referido a leer, cazar o conversar. Sin embargo, la etimología de esta palabra provenía del verbo en latín deportare, lo que, dicho en otras palabras, era "salir", "sacar afuera" o esparcirse.
La cultura gauchesca, legitimada tras el proceso independentista, tenía en el caballo su gran protagonista. Entre los juegos y destrezas más difundidos en el campo y que empezaban a colarse también en los pueblos estaban:

De la época colonial quedaban también costumbres traídas por los españoles:
El pato tiene un lugar especial en esta historia: es, con diferencia, el juego con más continuidad de todos los que se practicaban en los albores de la Independencia. Mientras la sortija, las cuadreras o la taba fueron variando su forma o cayendo en el olvido con el paso de las décadas, el pato atravesó casi dos siglos de historia argentina sin perder su esencia, aunque sí cambiando drásticamente su forma: de un pato vivo metido en una bolsa de cuero pasó a una pelota con asas, reglamentada y federada.

Según la propia Federación Argentina de Pato, su origen se remonta incluso a los albores del 1600, con motivo de las fiestas de beatificación de San Ignacio de Loyola. Posteriormente siguió su tradición en el campo con los mismos gauchos que peleaban por la Independencia, sobrevivió a prohibiciones de gobernadores y caudillos durante todo el siglo XIX, y llegó al siglo XX transformado en un deporte nacional organizado con clubes y torneos oficiales, como explicó a NewsDigitales el jugador Martín Lemme en una entrevista pasada.
Por su parte, el truco -a diferencia del pato-, nunca dejó de jugarse ni cambió su esencia, y sigue siendo hoy uno de los juegos de naipes más populares del país, presente en cualquier sobremesa o boliche de barrio. Se mantuvo siempre en el terreno del juego de azar y destreza mental, sin transformarse en un deporte reglado ni institucionalizado, pero con un fuerte componente cultural en toda la sociedad argentina que, incluso, es sinónimo de cábalas y apuestas de la Scaloneta.
