El 2002 encontró a la Argentina sumida en una crisis sin precedentes. La Convertibilidad había colapsado, el "corralito" seguía condicionando la vida cotidiana, la devaluación había pulverizado salarios y ahorros, mientras la pobreza, el desempleo y la conflictividad social alcanzaban niveles históricos.
Tras la renuncia de Fernando de la Rúa y la sucesión de cinco presidentes en diez días, Eduardo Duhalde había asumido la conducción del país con una misión urgente y compleja: evitar el colapso institucional y de yapa, encauzar la economía. En ese escenario, el Gobierno necesitaba transmitir una señal de esperanza hacia una sociedad golpeada por meses de incertidumbre. Fue entonces cuando Duhalde pronunció una de las frases más recordadas de su gestión: "El 9 de julio estaremos celebrando el fin de la recesión".
La declaración pretendía instalar la idea de que la economía comenzaría a dejar atrás la profunda caída iniciada en 1998 y que el país empezaría lentamente a recuperar la actividad productiva. El mensaje buscaba fortalecer las expectativas de empresarios, trabajadores y consumidores, bajo la convicción de que la confianza también era un factor determinante para la recuperación económica.
Duhalde asumió la presidencia el 1 de enero de 2002 y prometió soluciones. El calendario siguió su marcha diaria, y de pronto llegó el 9 de julio de 2002. La situación seguía siendo extremadamente delicada. La inflación generada por la brusca devaluación había deteriorado sensiblemente el poder adquisitivo de los salarios, el desempleo permanecía en niveles elevados y más de la mitad de los argentinos se encontraba bajo la línea de pobreza.
No todas eran malas noticias. Algunos indicadores comenzaban a mostrar, tímidamente, que la crisis estaba empezando a ceder y que algunos sectores productivos daban muestras de recuperación, a consecuencia del plan económico. A pesar de los informes que circulaban en despachos oficiales y de la narrativa Made in Lomas de Zamora, la percepción social todavía estaba lejos de un escenario apto para celebrar.
La frase fue rápidamente utilizada por la oposición y por numerosos analistas como ejemplo de un exceso de optimismo oficial. Pero el 9 de julio de 2002 llegó y ese día el presidente viajó a la provincia de Tucumán, para asistir al Tedeum y posteriormente encabezar los actos oficiales por la celebración de un nuevo aniversario de la declaración de la independencia.
Ataviado de impecable traje gris, cruzado por la banda presidencial, Duhalde tomó la palabra y le habló a todos los argentinos: “nuestra república argentina está en peligro” debido a que “años de manejos y políticas equivocadas nos han llevado a una situación crítica de la que sólo podemos salir si andamos juntos” y convocó a “la construcción de un nuevo proyecto nacional de desarrollo y justicia social basado en la producción y el trabajo”.
Hacia el final de ese año la prensa ya no hablaba de caída, sino de "veranito" económico, luego de haberse registrado tres trimestres de crecimiento. El ministro de Economía, Roberto Lavagna -que en abril había reemplazado a Jorge Remes Lenicov- puso las cosas en claro, hablando de "reactivación". En 2003 comenzó un ciclo de crecimiento que se extendió durante varios años, impulsado por la mejora de las exportaciones, el renacimiento de la industria y un contexto internacional favorable.
Desde esa perspectiva, algunos economistas sostienen que el diagnóstico de Duhalde terminó encontrando respaldo en los datos, aunque los tiempos fueron más largos y el brindis por el fin de la recesión fue unos meses más tarde.