Cuando Obdulio Jacinto Varela llegó al mundo, el 20 de septiembre de 1917, Uruguay no era una potencia futbolística. No había conquistado títulos olímpicos, ni mundiales, pero ya tenía en sus vitrinas el trofeo que lo acreditaba como campeón sudamericano de 1916. La Celeste comenzaba a construir esa mística que la convirtió en referencia mundial.
Ese 20 de septiembre nadie imaginó que un niño, como todos los que ese día nacieron en Montevideo, tenía algo distinto. Algo que ni él podía explicar, pero que lo llevó a ser el conductor de un grupo de hombres que rompieron todos los esquemas un 16 de julio de 1950, en Brasil. Mucho antes de eso, fue jugador en Deportivo Juventud, Montevideo Wanderers y Peñarol. También tuvo tiempo para ser subcampeón de América en 1939 y 1941 y campeón en 1942. En 1950 Obdulio y Uruguay ya sabían quien era este hombre. Solo faltaba que lo sepa el resto del mundo.
Su apodo fue "El Negro Jefe". No hace falta aclarar que la razón del mismo era su color de piel y su doble personalidad: guerrera en la cancha, generosa en la vida. Varela jugaba de cinco. Claro está, nunca fue el futbolista más vistoso ni el más técnico de su generación. Su valor agregado era otro: poseía un liderazgo capaz de modificar el ánimo, de un equipo y hasta de un país, o mejor dicho, dos.
El 16 de julio de 1950, el estadio Maracaná reunió a cerca de 200 mil espectadores convencidos de que Brasil obtendría su primer campeonato del mundo. A Uruguay solo le servía ganar. Cualquier otro resultado consagraba al seleccionado local.
Cuando Friaça abrió el marcador para Brasil, el estadio explotó. Lejos de apresurarse para reanudar el partido, Varela tomó la pelota, caminó lentamente hacia el árbitro y discutió durante varios minutos un supuesto fuera de juego que sabía inexistente. No buscaba cambiar la decisión: pretendía enfriar el clima y apagar el impulso emocional brasileño.
Aquella maniobra psicológica resultó decisiva. Uruguay recuperó la calma, empató por intermedio de Juan Alberto Schiaffino y, a once minutos del final, Alcides Ghiggia marcó el histórico 2-1 que dio origen al "Maracanazo", una de las mayores sorpresas que recuerda el deporte mundial.
Con el paso de los años, Obdulio Varela dejó de ser solamente un campeón del mundo para convertirse en un símbolo de liderazgo. Su figura trascendió el fútbol porque representó la capacidad de un grupo pequeño para desafiar a un favorito aparentemente invencible.
No necesitó declaraciones grandilocuentes, ni escándalos. Sus compañeros de Selección lo describieron como un hombre callado, que antes de tomar una decisión importante salía a caminar, con el termo bajo el brazo, como todo uruguayo que se precie de tal. Pese a su gesto adusto, nunca lo vieron enojado.
Pero la historia del caudillo no estaría completa si no hablamos de la huelga del 48. Precisamente ahí es donde liderazgo tuvo una prueba de fuego. Los jugadores eran ídolos, pero ganaban poco dinero, lo cuál es particularmente grave si se considera que su carrera es corta. En reclamo de mejores condiciones, los futbolistas uruguayos pararon el fútbol.
La huelga fue larga, pero necesaria para torcer la voluntad de dirigentes que se ufanaban de nunca haberle dado la mano a un jugador. La figura fuerte que llevó la voz cantante de los deportistas fue Varela. Hasta el propio presidente de la República, Luis Batlle Berres, fue a su casa para pedirle que vuelva a rodar la pelota y particularmente a él, que acepte ser el capitán charrúa de cara al Mundial 1950. El Negro Jefe aceptó, y lo demás fue un mito atípico, espectacular e inolvidable.