Jeanette Serritzlev advirtió desde Bruselas que las crisis dejaron de ser escenarios remotos y pasaron a integrar la realidad cotidiana de Europa. La analista militar de la Real Academia de Defensa de Dinamarca considera que la preparación ya no puede limitarse a las Fuerzas Armadas, porque los ataques híbridos también alcanzan redes eléctricas, comunicaciones, servicios públicos y sistemas informativos. Su planteo coloca a la población civil dentro de la arquitectura de seguridad continental.
La especialista construyó su trayectoria alrededor de la guerra informativa, la desinformación y las operaciones de influencia vinculadas especialmente con Rusia. Desde esa experiencia sostiene que la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 modificó la percepción europea sobre los riesgos militares y obligó a revisar décadas de baja inversión defensiva. El nuevo escenario combina confrontación convencional, sabotajes, presión tecnológica y campañas destinadas a debilitar la confianza institucional.
La advertencia de Serritzlev coincide con el esfuerzo de la OTAN por transformar sus compromisos presupuestarios en capacidades militares verificables. Los aliados acordaron en La Haya durante 2025 destinar hasta 2035 el 5% del producto interno bruto a defensa y seguridad: un 3,5% para requerimientos militares centrales y otro 1,5% para infraestructura crítica, ciberseguridad, movilidad y resiliencia. La cumbre celebrada en Ankara no creó esa meta, sino que examinó cómo cumplirla.
El encuentro de Ankara mostró que el desafío no consiste solamente en anunciar nuevos porcentajes, sino en presentar calendarios nacionales claros y sostenibles. Los países europeos parten de situaciones fiscales, industriales y militares diferentes, por lo que el aumento exigirá ampliar la producción de armamento, mejorar puertos y carreteras estratégicas, reforzar las redes energéticas y coordinar compras conjuntas. La preparación civil aparece así como parte del mismo esfuerzo y no como una política separada.

Dinamarca ya recomendó a sus habitantes disponer de agua, alimentos, medicamentos y medios de información suficientes para afrontar al menos 72 horas sin asistencia externa. Ese protocolo busca reducir la presión sobre los servicios de emergencia durante apagones, catástrofes, ataques informáticos o interrupciones prolongadas del abastecimiento. Una sociedad capaz de resistir los primeros días permite que el Estado concentre sus recursos en los sectores más vulnerables.

El aporte central de Serritzlev consiste en unir la inversión militar con la capacidad cotidiana de una sociedad para continuar funcionando durante una crisis. Aviones, municiones y sistemas de defensa resultan insuficientes cuando hospitales, telecomunicaciones o cadenas logísticas carecen de alternativas operativas. La discusión europea avanza, por lo tanto, desde el volumen del presupuesto hacia su aplicación concreta, con una seguridad que incluye tanto el frente militar como los hogares y los servicios esenciales.