El 10 de julio de 2001 quedó inscripto como una fecha de enorme trascendencia para la historia judicial argentina. Ese día, el exdictador Jorge Rafael Videla fue procesado por su presunta responsabilidad en el Plan Cóndor, convirtiéndose en el primer exintegrante de la última Junta Militar en enfrentar un procesamiento por la estructura de coordinación represiva que unió a las dictaduras del Cono Sur durante las décadas de 1970 y 1980. La resolución marcó un punto de inflexión en la investigación de los delitos de lesa humanidad y amplió el alcance de las causas más allá de las fronteras nacionales.
Hasta entonces, buena parte de los expedientes judiciales se concentraban en los crímenes cometidos dentro del territorio argentino. La causa por el Plan Cóndor permitió avanzar sobre una dimensión regional del terrorismo de Estado, al investigar la cooperación entre los regímenes militares de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil para perseguir, secuestrar, trasladar clandestinamente y hacer desaparecer a opositores políticos que buscaban refugio en países vecinos.
El denominado Plan Cóndor comenzó a estructurarse formalmente en 1975, cuando los servicios de inteligencia de las dictaduras sudamericanas acordaron coordinar acciones para identificar y neutralizar a militantes políticos, dirigentes sindicales, estudiantes, intelectuales y exiliados considerados enemigos de los respectivos regímenes. Esa alianza permitió compartir información de inteligencia, organizar operativos conjuntos y concretar secuestros fuera de los países de origen de las víctimas.
Con el paso de los años, la existencia de esa organización clandestina dejó de ser una denuncia sostenida únicamente por organismos de derechos humanos para transformarse en un hecho acreditado por abundante documentación. Un punto de inflexión fue el hallazgo, en 1992, de los denominados "Archivos del Terror" en Paraguay, donde aparecieron miles de documentos que demostraban el funcionamiento coordinado de los aparatos represivos de la región.
El procesamiento de Videla representó uno de los primeros reconocimientos judiciales de esa dimensión internacional del terrorismo de Estado. La investigación sostuvo que la coordinación entre las dictaduras no fue una suma de acciones aisladas, sino un sistema organizado destinado a perseguir opositores políticos incluso cuando cruzaban las fronteras nacionales en busca de asilo o protección.
Aquella decisión también anticipó el rumbo que tomarían los juicios por delitos de lesa humanidad en los años siguientes. Tras la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y la posterior reapertura de las causas, la investigación sobre el Plan Cóndor pasó a ocupar un lugar central dentro del proceso de memoria, verdad y justicia impulsado en Argentina.
Las investigaciones desarrolladas durante las dos últimas décadas permitieron reconstruir cientos de casos de secuestros, desapariciones y asesinatos ejecutados mediante la cooperación entre los distintos gobiernos militares sudamericanos.
Los expedientes judiciales incorporaron pruebas documentales, testimonios de sobrevivientes y archivos desclasificados que confirmaron la existencia de una estructura represiva internacional destinada a eliminar toda forma de oposición política.