12/07/2026 - Edición Nº1251

Opinión


Inteligencia artificial

La Cuarta Estrella: por qué la Argentina también puede ganar el Mundial de la IA

12/07/2026 | Argentina tiene la oportunidad de construir soberanía tecnológica si convierte la inteligencia artificial en una política de Estado sostenida.



El 9 de junio de 2026, Anthropic lanzó sus modelos de IA más potentes hasta la fecha. Tres días después, el gobierno de Estados Unidos ordenó apagarlos para cualquier usuario que no fuera ciudadano estadounidense, en cualquier parte del mundo, invocando controles de exportación por seguridad nacional. Le dieron a la empresa 90 minutos para cumplir. Sin margen de negociación ni forma de verificar nacionalidad en tiempo real, tuvo que apagar el servicio para todo el planeta en hora y media. Semanas después la restricción se levantó, pero el precedente quedó planteado: si el gobierno de un país puede decidir, de un día para el otro, quién accede a la IA y quién no, ningún otro país está a salvo de despertarse un día sin ella.

¿Qué hacemos ese día? No estamos hablando de perder un buscador o una app de streaming. Estamos hablando de bancos, hospitales, organismos del Estado y empresas enteras que ya delegaron en sistemas de IA externos buena parte de su operación diaria. ¿Volvemos al Excel a mano? ¿Al call center sin asistencia? Si mañana se corta el chorro, hoy no tenemos ningún plan B. Y esto no depende de que un país actúe con mala intención: alcanza con que decida priorizar su propia seguridad nacional, como pasó en junio. El riesgo dejó de ser latente. Se manifestó.

Lo que ya sabemos hacer

La buena noticia es que Argentina ya sabe construir el tipo de institución que resuelve justamente este problema. Lo viene haciendo hace setenta años.

El Instituto Balseiro forma físicos e ingenieros nucleares de primer nivel desde 1955 y sigue en pie. El INVAP, su hijo natural, construye reactores nucleares y satélites de observación que se exportan al mundo. Y la propia CNEA, pese a haber perdido la pulseada internacional del reprocesamiento de plutonio en los setenta, nunca se apagó puertas adentro: hoy Argentina tiene tres centrales nucleares en funcionamiento, y sigue produciendo ciencia de punta. No partimos de cero: ya tenemos gente, edificios y setenta años de continuidad institucional funcionando en paralelo al drama político del país.

¿Por qué estos sí sobrevivieron puertas adentro? Lo que cambia es la conducción política de turno. El Balseiro, el INVAP y la propia CNEA consiguieron algo que otros proyectos nunca tuvieron: una estructura de gestión con márgenes de autonomía que un cambio de gobierno no podía desarmar de un plumazo.

Lo que se nos murió en el camino

Porque también tenemos la otra cara de la moneda, y conviene mirarla de frente.

En 1961, Manuel Sadosky trajo a la Universidad de Buenos Aires "Clementina", la primera computadora científica de Sudamérica. Se usó para calcular órbitas, simular tráfico telefónico, formar a la primera camada de programadores de la región. En 1966 la dictadura de Onganía intervino la universidad, echó a sus investigadores, y sin repuestos ni conducción, Clementina se apagó en 1971. Diez años de vida.

En 1986, ya en democracia, se creó la Escuela Superior Latinoamericana de Informática (ESLAI), con el mismo estándar de excelencia que el Balseiro: alumnos becados, dedicación exclusiva, profesores de primer nivel, formando informáticos de toda Latinoamérica. En 1991, con el cambio de gobierno de Alfonsín a Menem, la crisis económica y el recelo ideológico de las nuevas autoridades, la cerraron. Cinco años de vida.

Y en los mismos setenta, la propia CNEA había desarrollado la capacidad de reprocesar plutonio, llegando a separarlo por primera vez en el hemisferio sur. Este es un caso distinto a los anteriores: acá no alcanza con mirar puertas adentro. Argentina quiso sostener el proyecto, pero fueron las potencias externas las que le bajaron el pulgar. En 1975 las potencias nucleares armaron en secreto el "Club de Londres" para restringir la transferencia de tecnología sensible a países como el nuestro. Canadá y Alemania, nuestros proveedores clave, empezaron a exigir salvaguardias cada vez más estrictas. Se intentó sortear el cerco, pero se terminó chocando contra un límite real: sin proveedores dispuestos a vender los insumos críticos, la planta industrial de reprocesamiento nunca se completó.

Entonces hay dos frentes distintos, y Argentina los sufrió los dos. Clementina y la ESLAI se apagaron por decisiones propias: cambios de gobierno, desinterés, falta de continuidad. El reprocesamiento de plutonio se frenó por decisiones ajenas: un cerco internacional armado para que países como el nuestro no llegaran a determinada tecnología. El desafío de la IA nos expone a ambos riesgos al mismo tiempo, y cualquier estrategia que armemos tiene que aguantar los dos frentes, no solo uno.

La diferencia entre estos tres fracasos y el Balseiro-INVAP es exactamente la misma que separa a la Ley de Software de un plan de gobierno cualquiera: sancionada en 2004, dio paso en 2019 a la Ley de Economía del Conocimiento, con vigencia hasta 2029. Ya lleva más de 20 años y seis presidencias de signo político distinto: un plan de Estado, no de gobierno. Cuando algo sobrevive al cambio de gobierno, funciona. Cuando no, se apaga con el gobierno que lo creó. Esa es la vara que necesitamos para lo que viene: presupuesto plurianual blindado por ley, y que no dependa de la buena voluntad del ministro de turno.

Necesitamos IA propia, y no es cara

Acá está el punto que más objeciones genera, y conviene resolverlo con números, no con fe.

Los "hyperscalers" —así se les dice a los gigantes que operan infraestructura de nube e IA en un volumen que nadie más puede igualar, básicamente Amazon, Google, Microsoft y Meta— van a gastar 725.000 millones de dólares en 2026 solo en esto. OpenAI comprometió más de un billón de dólares en infraestructura hasta 2035. Esas son las cifras que hacen pensar que construir IA propia es una fantasía reservada a un puñado de potencias.

Y a principios de 2025, DeepSeek entrenó un modelo de clase mundial con un gasto de cómputo de 5,6 millones de dólares, sobre una inversión previa de varios cientos de millones —no de billones. La lección no es que se pueda competir en la frontera de la IA con esa plata: eso sería fantasía. La lección es que no hace falta pelear en esa frontera para tener un seguro que funcione. Hay una diferencia enorme entre construir el próximo GPT-5 y construir un modelo abierto (DeepSeek, Llama, Mistral), preentrenado con datos argentinos —Boletín Oficial, jurisprudencia, medios locales— que sepa la Ley de Contrato de Trabajo y los trámites de ARCA, y que corra en infraestructura local. No para reemplazar a ChatGPT. Para que el día que el servicio externo tenga un corte, el Estado y las empresas tengan su propio motor andando.

Un proyecto de este tipo —datacenter propio, preentrenamiento en español argentino, equipo de investigadores— ronda entre 100 y 120 millones de dólares en dos años: unos 60 millones anuales. El Estado argentino gasta 180.000 millones de dólares por año. ¿Hay alguna duda de que se puede hacer?

No lo hagamos solos

El error sería pensar que esto se construye aislados. Al contrario: conviene traer a los mismos gigantes que generan el riesgo, y usarlos a nuestro favor.

La Patagonia ya está en la mira de Amazon, Google y Microsoft por el frío y la energía barata de Vaca Muerta. Cada datacenter privado que se instala acá trae dos cosas que necesitamos igual: economía de escala en la infraestructura —fibra internacional, costos de construcción que bajan cuanto más grande es la obra— y economía de escala en el personal: miles de técnicos formados y pagados por esas empresas, que después quedan disponibles para operar cualquier infraestructura del país, incluida la nuestra. No es aislarse, es lo contrario: cuanto más grande sea el jugador extranjero instalado en suelo argentino, más difícil se vuelve políticamente cortarle la IA al país entero, y más barato nos sale construir el propio seguro al lado.

Ganemos la Cuarta

La Cuarta Estrella, la de la IA, no se juega en un solo partido ni la gana un solo gobierno. Nadie sale campeón del mundo de casualidad: se gana con formación de base sostenida durante años y con instituciones que no dependen de quién esté sentado en el sillón en cada momento. Eso es lo que separa al Balseiro, al INVAP y a la CNEA, todavía en pie, de Clementina y la ESLAI, que se apagaron apenas cambió el signo político.

Empecemos ayer. Es decir, mañana mismo.

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Nota al margen: lo mismo que decimos acá sobre IA aplica, con otro horizonte de tiempo, a la computación cuántica —otro campo donde las potencias ya están compitiendo y donde la CNEA, con su infraestructura de frío extremo, tampoco parte de cero. Da para otra nota aparte, pero vale la pena dejarlo anotado: en varios debates ya circula el nombre Qlementina para un instituto de este tipo, en homenaje a la primera computadora científica de Sudamérica.

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