Este domingo se conmemora en la Argentina el Día Nacional de la Medicina Social, en homenaje al nacimiento de René Favaloro, ocurrido en 1923 en La Plata. La fecha, establecida por ley en 2002, recuerda al médico que revolucionó la cardiología mundial con el bypass coronario y que, doce años antes de llegar a esa técnica, ejerció como médico rural en el pueblo de Jacinto Aráuz, en La Pampa. Entre quienes lo conocieron de cerca está Raúl Larcade, uno de los médicos más prestigiosos de Buenos Aires y hoy ejemplo de su legado: lleva siete bypass coronarios.
El vínculo entre ambos nació a través de un paciente en común, y con el tiempo se convirtió en algo más que un cruce ocasional: trabajaron y compartieron consultas a lo largo de los años. "Siempre me atendió bien, un tipo muy correcto, muy capaz, con buenas definiciones, con buen sentido común", recuerda a NewsDigitales. De esos encuentros conserva, dice, más que anécdotas: una admiración que sigue intacta décadas después.
Larcade construyó su propia carrera a los golpes. "Cuando me diagnosticaron con esclerosis múltiple yo tenía 21 años y me daban tres años de vida. Entonces toda mi vida siempre fue apurada, tenía que hacer todo lo que podía y lo que quería y lo quería hacer en el menor tiempo posible, porque yo no sabía cuánto tiempo iba a vivir o en qué condiciones iba a poder vivir", cuenta el doctor bonaerense, padre de 7 hijos.
Pese a esa dificultad que le puso el destino, sobrevivió. Y luego terminó la carrera de Medicina donde se recibió con honores. Una de las primeras tareas fue en la cirugía rural de General Alvear, donde debió operar rodillas fracturadas, atender partos con fórceps y reconstruir manos quemadas con los recursos que había a mano. Sin especialista cerca, llegó a montar un circuito improvisado con un cardiólogo de la ciudad de Azul: transmitía por teléfono, a través de un aparato conectado al electrocardiógrafo, las ondas del pulso de sus pacientes, para que el especialista lo guiara a la distancia sobre cómo proceder. Esa formación de médico de campo, curiosamente, es la misma raíz que Favaloro reivindicaba como el origen de su idea de la medicina social: la de un profesional que atiende a la persona completa, no solo la enfermedad.

Ese cruce de caminos -el médico rural que resolvía emergencias con lo que tenía a mano y el cirujano que llegaría a cambiar la cardiología mundial- no es casual. Favaloro también pasó doce años ejerciendo en el mencionado pueblo pampeano antes de viajar a Estados Unidos, una etapa que él mismo describía como la que le enseñó el sentido social de la medicina, mucho antes del prestigio internacional que le trajo el bypass.
Hoy, esa historia se cierra sobre sí misma. Larcade salvó su vida -otra vez- gracias a la técnica que el propio Favaloro desarrolló. "En otro momento yo tendría que estar muerto. No había forma. La técnica de él fue impresionante", dice. Y agrega sobre el alcance de ese aporte: "Si no es la cirugía más realizada en el mundo, es la segunda".
De sus conversaciones con Favaloro, Larcade rescata un dato poco conocido sobre cómo el cardiocirujano logró entrar al sistema hospitalario de Estados Unidos. El viaje a Norteamérica no fue sencillo: en la embajada argentina en Washington, quien estaba a cargo del área cultural era el general Dubra, que Larcade conocía personalmente por lazos familiares en Bella Vista. "Se va a Estados Unidos, pero le es muy difícil entrar. Entonces (Favaloro) va a la embajada argentina, este general lo entrevista y lo ayuda, y lo hace entrar en el hospital", cuenta.

Esa gestión fue la puerta de entrada a una carrera que llevó casi treinta años de formación entre Cleveland y la Argentina. Favaloro trabajó primero con la enfermedad valvular y congénita, y más tarde, revisando cientos de cinecoronarioangiografías (NdR: estudio por imágenes para examinar los vasos sanguíneos del corazón). Además, el platense luego perfeccionó con el uso de la vena safena la técnica que se conocería como bypass aortocoronario. El impacto todavía se mide en números: solo en Estados Unidos se realizan entre 600.000 y 700.000 cirugías de ese tipo por año. "Eso ha revolucionado, sigue revolucionando y ha formado médicos", resume Larcade.
Favaloro regresó al país en 1971 y creó la Fundación que lleva su nombre para combinar asistencia, investigación y docencia, siguiendo el modelo de la Cleveland Clinic. Larcade fue testigo de ese regreso y de la exigencia que el propio Favaloro se impuso desde entonces: atender de manera gratuita, formar generaciones de cardiólogos y sostener con recursos propios una fundación que crecía más rápido de lo que sus finanzas podían acompañar.
Larcade no matiza su opinión al hablar del Premio Nobel de Medicina que Favaloro nunca recibió. "Creo que porque parece que los argentinos siempre tenemos problemas con todo el mundo, cuando no debería ser así", dice, y compara el caso con el de Jorge Luis Borges y el Nobel de Literatura. Para él no hay margen de duda: "Para mí se lo recontra merecía. Ya no popularmente, directamente se lo merecía. Y la gente que ha salvado es impresionante".
Sobre el final de Favaloro, en julio de 2000, Larcade rechaza de plano la lectura de la cobardía que alguna vez escuchó de boca de un psiquiatra, y coincide en que el fatídico desenlace combinó las deudas de la fundación que Favaloro había levantado con un agotamiento que venía de arrastre. "Él había puesto todo. Ganaba lo que quería en Estados Unidos, se vino acá resignando, y su plata la puso toda en esa fundación y atendió gratis a la gente", explica. Y agrega una reflexión que trasciende el caso puntual: "Todos en la vida muchas veces nos cansamos. El tipo había dado su vida completa a la medicina".
Esa entrega total -la de un médico que eligió devolver a su país lo que había aprendido afuera, aun a costa de su propia estabilidad- es, precisamente, el espíritu que el Día Nacional de la Medicina Social busca honrar cada 12 de julio. Bajo la idea de que la medicina sin humanismo no merece ejercerse, Favaloro sostuvo una práctica que reconocía al paciente en su dimensión física, emocional y social, mucho más allá del diagnóstico. Larcade, que lo conoció, trabajó con él y hoy lleva en el pecho la prueba más concreta de su legado, lo resume de una manera simple: habla de él, todavía, como "más que un médico".