El 22 de junio de 1986 Argentina enfrentó a Inglaterra por los cuartos de final del Campeonato del Mundo. El partido estaba rodeado por un microclima que excedía ampliamente lo deportivo. Apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas, el encuentro tenía un peso simbólico imposible de ignorar para una sociedad que todavía procesaba la derrota militar y las heridas dejadas por la última dictadura.
Aquella tarde, lo que estaba a punto de ocurrir en la verde camisa del estadio Azteca fue mucho más que una revancha futbolística. Fue el desenlace de una batalla política, cultural y mediática que Carlos Salvador Bilardo y sus jugadores habían librado durante casi tres años dentro de la propia Argentina.
En 1986 gobierno de Raúl Alfonsín intentaba consolidar un sistema institucional que apenas comenzaba a dar sus primeros pasos. El Juicio a las Juntas, la crisis económica, las tensiones con sectores militares y la necesidad de reconstruir la confianza pública marcaban el pulso de una etapa tan esperanzadora como incierta. En ese clima, el fútbol no fue algo ajeno. Por el contrario, el Gobierno seguía de cerca lo que pasaba en la Selección.
Carlos Salvador Bilardo asumió como entrenador en 1983 para suceder a César Luis Menotti, campeón del mundo en 1978 y una figura de enorme influencia dentro del fútbol argentino. Su designación abrió inmediatamente una discusión que el periodismo simplificó bajo una fórmula que atravesaría toda la década: menottismo contra bilardismo. La paradoja es que el propio Julio Grondona afirmó que Bilardo llegó al cargo recomendado por el propio Menotti.
Pero aquella división escondía un conflicto mucho más profundo. Bilardo proponía una manera completamente distinta de conducir un equipo. El estudio obsesivo del rival, la preparación táctica, el trabajo minucioso sobre cada detalle y la convicción de que el resultado también era una forma de jugar, chocaban con una concepción estética del fútbol lírico que identificaba a los equipos de Menotti. El periodismo también jugaba su partido y eligió cerrar filas detrás del técnico campeón del 78.
La discusión excedía lo que era la idea de cómo parar al equipo en la cancha. Se debatían dos maneras de entender el liderazgo y el éxito. En otras palabras, dos maneras de vivir el juego: el Estudiantes de juego sucio de la década del 60, o el fútbol virtuoso del inolvidable Huracán de 1973. En esos tiempos el fútbol argentino nos regaló esa discusión. A pesar de sus diferencias, Bilardo elogiaba a Menotti.
Antes del Mundial, en más de un despacho oficial había ganas de tirar a Bilardo por la ventana. Hoy celebramos los cuarenta años del título, pero llegar a eso no fue fácil. Argentina sufrió para clasificarse al Mundial, sufriendo más de la cuenta en un grupo integrado por Perú, Colombia y Venezuela.
La presión alcanzó niveles pocas veces vistos para un seleccionado nacional. Años después, Julio Grondona resumiría aquel momento con una frase que trascendió el deporte: "En el '86 no sacaron a Bilardo porque estábamos en democracia".
Lo más fácil para la Asociación del Fútbol Argentino era ceder a la presión y despedir al entrenador, pero Grondona no cedió. Bilardo llegó al Mundial cuestionado por casi todos. Apenas un reducido grupo de dirigentes, Diego Maradona y una minoría del periodismo -encabezada por Víctor Hugo Morales- abogaban públicamente por su continuidad.
La resistencia tampoco alcanzaba únicamente al entrenador. Diego Armando Maradona fue el capitán elegido por Bilardo, que desplazó a Daniel Passarella, símbolo del 78. Antes del Mundial, Diego no era el héroe indiscutido que hoy recuerda la memoria colectiva. Por el contrario, su conflictiva experiencia en Europa, las lesiones y los rumores que había sobre su vida privada desafiaban permanentemente los límites del consenso.
En ese contexto, César Luis Menotti lo definió en una entrevista como "un barrilete", una metáfora destinada a describir a un futbolista tan extraordinario como imprevisible. El "Flaco" lo dijo porque un barrilete es una construcción precaria que algunas veces puede subir muy alto, pero otras puede fracasar en el intento.
En ese marco, comenzó el Mundial. Argentina venció a Corea del Sur por 3-1, igualó con Italia 1-1 y le ganó a Bulgaria 2-0. El equipo ganó su grupo y pasó a octavos de final. En el primer mata-mata derrotó a Uruguay por 1-0. El destino quiso que el partido de cuartos de final sea contra Inglaterra, cuatro años después de la Guerra de Malvinas.
Víctor Hugo leyó la metáfora del barrilete y esperó el momento para convertirla en una de las mayores ironías de la historia del fútbol argentino. Cuando Maradona dejó en el camino a medio equipo inglés para convertir el segundo gol en el estadio Azteca, el relator improvisó una frase de esas que quedan para siempre: "Barrilete cósmico... ¿de qué planeta viniste?".
Domingo 22 de junio de 1986. Argentina no salía únicamente a disputar un lugar en las semifinales del Mundial. Cargaba con el recuerdo de los chicos que no pudieron estar para ver el partido. Ningún resultado podía reparar el dolor, pero Diego entendió como nadie que era la posibilidad de robarle la billetera a los ingleses y recuperar un poco de autoestima para un pueblo que venía golpeado por todo lo que había vivido en los años previos.
La "Mano de Dios" fue el triunfo de la picardía. Fue el potrero por sobre la prolijidad británica. El segundo quedó consagrado como el mejor gol en la historia, más épico aún gracias al relato de Víctor Hugo Morales. El hombre detrás de esa tarde inolvidable fue Carlos Salvador Bilardo, que había resistido una presión extraordinaria y un proyecto que se sostuvo cuando casi todos lo daban por terminado.
Argentina ganó ese partido, como también la semifinal ante Bélgica. La gloria eterna llegó al superar a Alemania Occidental por 3-2. El partido formal fue contra los alemanes, pero el de las tribunas fue contra México, desde ese entonces apoyando a los rivales de Argentina. Maradona y Bilardo contestaron con fútbol y con lo que hay que poner para sacar los partidos adelante.
Después de la final, Bilardo y Alfonsín mantuvieron un breve y cordial diálogo, a través de la televisión. El presidente felicitó al técnico y rescató el "ejemplo que le ha dado a toda la juventud". Bilardo le agradeció y le contestó como un caballero. No le reprochó nada sobre lo siempre supo: que secretario de Deportes, Rodolfo "Michingo" O'Reilly, había pedido su cabeza antes de México 86.