19/07/2026 - Edición Nº1258

Opinión


Argentina-España

Mundial católico: el Dios de la pelota seguirá rezando en latín

19/07/2026 | De los 22 mundiales jugados hasta hoy, uno solo fue ganado por una nación inequívocamente no católica.



Hoy domingo, cuando Argentina y España salgan a la cancha en Nueva Jersey, va a repetirse un patrón que lleva casi un siglo intacto. Dos países de raíz católica disputándose la Copa del Mundo. No importa quién levante el trofeo, la estadística más curiosa del fútbol internacional saldrá otra vez ilesa y es que de los 22 mundiales jugados hasta hoy, uno solo fue ganado por una nación inequívocamente no católica. Fue Inglaterra en 1966, en su casa, con un gol que nunca cruzó la línea. Ni siquiera esa única excepción está libre de sospecha, para media Sudamérica el gol fantasma de Hurst en la final contra Alemania es la prueba de que hasta el triunfo protestante necesitó una ayuda terrenal.

El periodista británico Joey D'Urso, que pasó por la BBC, The Athletic y The Times, viene tirando de este hilo en su newsletter sobre fútbol y poder. Su punto de partida es una observación de Simon Kuper en el libro World Cup Fever. Aunque solo uno de cada seis habitantes del planeta es católico, los países de mayoría católica ganaron 18 de los 22 torneos. La lista de campeones lo confirma sin esfuerzo: Argentina, Brasil, Italia, Uruguay, Francia, España. Son sociedades bastante secularizadas hoy, es cierto, y llamarlas "países católicos" simplifica las cosas, pero la simplificación no falta a la verdad, son más católicas que cualquier otra cosa, y esa matriz cultural impregna el juego aunque los jugadores no pisen una iglesia. La objeción obvia es Alemania. D'Urso la responde antes de que se la hagan y es que la Alemania Occidental, tricampeona, estaba dividida casi en mitades entre católicos y protestantes, y la Alemania reunificada que ganó en 2014 tiene una proporción algo mayor de católicos. La excepción alemana es, en el mejor de los casos, un empate teológico.

Después está el argumento de los nombres propios. Los candidatos habituales a mejor futbolista de la historia comparten confesión. Maradona, Messi, Pelé, Di Stéfano, Cristiano Ronaldo, todos católicos. Cuando uno busca al mejor futbolista protestante de todos los tiempos, la respuesta suele ser Johan Cruyff, un genio indiscutible que sin embargo mira esa mesa desde un escalón más abajo. La iconografía misma del mundial, señala Kuper, es católica, el suplente que se persigna antes de entrar, el defensor que junta las manos para implorarle perdón al árbitro como si el réferi administrara sacramentos.

Max Weber escribió sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Habría que escribir el libro inverso; la ética católica y el espíritu del fútbol. Ese espíritu, a juzgar por los números, sería apostólico y romano.

Brasil como laboratorio

Si la tesis suena a chiste de sobremesa, Brasil la convirtió en debate nacional. La pentacampeona atraviesa la peor sequía de su historia mundialista. Entre 1970 y 1994 pasaron 24 años sin título, y desde 2002 ya van 24 que se estirarán al menos hasta 2030.

Su última semifinal fue el 7 a 1 contra Alemania en 2014, jugando de local. En este mundial, la eliminación llegó a manos de Noruega, un país luterano hasta la médula, y las redes brasileñas explotaron con una teoría que D'Urso recogió con la ceja levantada: la decadencia de la Seleção coincide con la conversión masiva de sus jugadores al evangelismo.

El trasfondo demográfico es real. En el año 2000 Brasil era 74% católico y 15% evangélico; en 2022 los católicos habían caído al 57% y los evangélicos habían trepado al 27%.

Algunos demógrafos proyectan que en un par de décadas los evangélicos podrían ser mayoría. El fenómeno tiene historia dentro del fútbol, el movimiento Atletas de Cristo nació en los ochenta, tuvo en Taffarel a una figura temprana, y alcanzó su imagen icónica con Kaká festejando el título de 2002 con la remera "I Belong to Jesus".

El analista Elvin Calcaño llevó la teoría un paso más allá y le puso estructura. Su argumento identifica cuatro efectos del recambio religioso sobre el juego. El primero es la pérdida del sincretismo. El fútbol brasileño clásico era hijo del cruce entre catolicismo popular e imaginarios religiosos de origen africano, esa mezcla que hacía que los planteles llegaran a los estadios cantando samba y tocando tambores. El evangelismo pentecostal considera esas prácticas cosa del diablo, y al expulsar el sincretismo expulsa también la diversidad estética que lo acompañaba. El segundo es la predestinación; si todo está escrito en el plan de Dios, ganar o perder deja de ser una responsabilidad dramática y pasa a ser un capítulo más de un guion ajeno. El tercero es el individualismo de la teología de la prosperidad, que combina el esfuerzo personal calvinista con la salvación privada, algo difícil de conciliar con un fútbol que fue colectivo en lo táctico y en lo estético, el de los Pelé, Garrincha, Zico, Romário y Ronaldinho, el de aquel equipo del 94 que salía a la cancha tomado de la mano. El cuarto es la severidad, donde el catolicismo sincrético era abierto y matizado, el evangelismo es castigador, y un futbolista formado en el castigo tiende a jugar predecible, sin esa creatividad que veía en los partidos cerrados una invitación a inventar.

Sería exagerado cargarle al protestantismo toda la cuenta. Hay razones tácticas, hay razones estructurales, está el impacto de las sociedades anónimas deportivas sobre el semillero brasileño, y está la explicación más brutal de todas, que el propio D'Urso admite, este plantel simplemente no es muy bueno. Pero hay una dimensión política que refuerza el diagnóstico cultural. El evangelismo brasileño está fuertemente ligado al bolsonarismo, y la lista de futbolistas que apoyaron a Jair Bolsonaro incluye a Rivaldo, Romário y Ronaldinho de la generación campeona, además de Thiago Silva, Lucas Moura y sobre todo Neymar, que inundó las redes con mensajes a favor del expresidente antes de las elecciones de 2022. La camiseta amarilla, que durante décadas fue un símbolo laico de identidad nacional, quedó asociada a una facción: la vistieron quienes asaltaron los edificios públicos de Brasilia en enero de 2023. El contagio ya cruzó fronteras, porque en Colombia el presidente electo Abelardo de la Espriella hizo campaña envuelto en la amarilla de su selección. Un equipo nacional extrae su fuerza intangible de representar a todos; cuando la camiseta se vuelve bandera de una parte, algo del hechizo se rompe.

El bautismo de Ronaldo

Queda una historia que ilumina todo lo anterior desde un ángulo inesperado. El mejor brasileño después de Pelé fue el Gordo Ronaldo, y su biografía religiosa es una rareza. En septiembre de 2023, a los 46 años, se bautizó católico en una parroquia de San Pablo, en una ceremonia oficiada por el padre Fábio de Melo, contando que la fe cristiana lo acompañaba desde chico aunque nunca había recibido el sacramento. El hombre que encarnó la última era dorada del fútbol brasileño eligió, ya adulto y a contramano de la marea de su país, la religión del Brasil que se termina.

Los países no restauran sus edades doradas, inventan otras. Habrá que ver qué fútbol produce este Brasil de cristianismos superpuestos, y si alguna vez una nación protestante vuelve a levantar la copa sin necesidad de un gol fantasma. Por ahora, la evidencia del domingo apunta en la dirección de siempre, gane la albiceleste o gane la Roja, el Dios de la pelota seguirá rezando en latín.

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