Canadá vuelve a ser blanco de las críticas de Washington, esta vez por el humo de sus incendios forestales. El mandatario estadounidense responsabiliza al país vecino de una crisis que se repite cada año y que, según su lectura, debería reflejarse en el esquema arancelario vigente entre ambas naciones. Más de cien millones de personas permanecen bajo alerta por la calidad del aire en dieciocho estados y en el Distrito de Columbia. La densa capa de humo que cubre ciudades como Nueva York, Chicago y Washington reactivó un reclamo que combina preocupación ambiental con presión comercial.
La magnitud del fuego en territorio canadiense explica en gran parte la gravedad del episodio. Las autoridades forestales de Canadá reportan cerca de novecientos focos activos, una cifra que se concentra especialmente en la provincia de Ontario, donde decenas de ellos permanecen fuera de control. Miles de personas debieron evacuar sus hogares en el noroeste de esa provincia en las últimas semanas. El viento empuja el humo hacia el sur y lo convierte, una vez más, en un problema que trasciende la frontera entre ambos países.
El reclamo por el humo no surge en el vacío, sino en medio de una relación comercial que ya arrastraba fricciones. A comienzos de mes, Estados Unidos resolvió no renovar de forma automática el tratado que lo une con Canadá y México y optó, en cambio, por un esquema de revisiones anuales que extiende la incertidumbre para los próximos años. El acuerdo sigue vigente, pero el nuevo mecanismo abre una etapa de negociaciones más exigentes entre los tres países. A eso se suman los aranceles que Washington aplica a productos canadienses desde comienzos de 2025, que en su momento generaron represalias por parte de Ottawa.
Sumar el costo del humo a los aranceles no es, sin embargo, una medida sencilla de aplicar. Los gravámenes comerciales recaen sobre bienes que se compran y venden entre países, no sobre la contaminación que cruza una frontera, por lo que el planteo funciona más como presión política que como una herramienta lista para ejecutarse. El gobierno canadiense evita entrar en la disputa directa y pone el foco en la responsabilidad climática compartida entre los países desarrollados. Esa distancia deja en evidencia dos formas distintas de leer un mismo fenómeno, cada vez más frecuente entre ambos vecinos.

La crisis del aire llega, además, en una semana de alta exposición internacional. Este fin de semana Nueva Jersey será sede de la final del Mundial 2026, un partido que reunirá buena parte de la atención global justo en la región más golpeada por las alertas de calidad del aire. Las autoridades sanitarias monitorean de cerca la situación para garantizar condiciones seguras durante el evento. El cruce entre la agenda deportiva y la ambiental agrega un condimento adicional a una semana ya cargada de tensión diplomática.

Las próximas semanas permitirán saber si la amenaza arancelaria se transforma en una medida concreta o queda como un gesto de presión. La nueva ronda de negociaciones por la revisión del tratado comercial está prevista para la semana del 20 de julio, un encuentro que podría marcar el tono de la relación entre los tres países en el corto plazo. El comportamiento del clima en Canadá será, a la vez, determinante para saber si el humo vuelve a instalarse como un problema recurrente entre ambas economías. Por ahora, la disputa combina emergencia ambiental, cálculo comercial y una agenda internacional que no da tregua.