Pete Hegseth llegó al Pentágono sin haber comandado nunca una gran unidad ni haber pasado por el Estado Mayor. Antes de asumir la Secretaría de Defensa de Estados Unidos fue presentador de un programa matinal de televisión y sirvió como oficial de la Guardia Nacional en Irak, un currículum insólito para el hombre que hoy encabeza la mayor maquinaria militar del planeta. Su gestión se explica menos por la trayectoria castrense que por dos atributos que nunca figuraron en un manual de armas: la lealtad política y la soltura frente a cámara.
Donald Trump lo eligió para el cargo cuando todavía era presidente electo, convencido de que ningún otro candidato transmitía mejor su mensaje ante las cámaras. Esa apuesta estuvo a punto de naufragar en el Senado, donde pesaron acusaciones de agresión sexual que Hegseth niega y testimonios de excompañeros sobre su consumo de alcohol. La confirmación sobrevivió por un margen mínimo, pero dejó instalada una sospecha que lo acompaña hasta hoy: que el cargo premió la fidelidad antes que la idoneidad. Un año y medio después, esa duda inicial se convirtió en la marca distintiva de toda su gestión.
Hegseth anunció esta semana que el Pentágono comenzará a testear anualmente la testosterona de los militares de 30 años o más, dentro de la revisión médica periódica que ya realizan todos los uniformados. Los menores de esa edad podrán solicitar el estudio de forma voluntaria y, si el resultado arroja un nivel bajo, cada soldado decidirá si inicia un tratamiento de reemplazo hormonal, que no será obligatorio en ningún caso. El secretario presentó la medida bajo el lema High-T y la definió como una forma de sostener lo que llamó la ventaja táctica más decisiva de una fuerza armada: el combatiente individual. Médicos consultados por distintos medios cuestionaron la base científica del anuncio y señalaron que el Pentágono no explicó qué estudios respaldan el nuevo protocolo.
La medida no aparece aislada: se inscribe en una agenda que Hegseth viene construyendo desde su llegada al cargo y que privilegia un estándar físico único por sobre otras consideraciones dentro de las filas. En un libro publicado antes de asumir, había acusado a la cúpula militar de debilitar la preparación de las tropas al impulsar políticas de diversidad e igualdad de género, y de convertir a los oficiales en burócratas temerosos en lugar de formar guerreros. Esa visión ya se tradujo en directivas concretas: entrenamiento físico obligatorio todos los días, dos exámenes de aptitud por año y un discurso ante cientos de generales en el que prometió terminar con lo que llamó tropas con sobrepeso. El examen de testosterona es, en ese sentido, la expresión más literal de una filosofía que ya venía marcando cada decisión de su gestión.

En su año y medio al frente del Pentágono, Hegseth desplazó a varios altos mandos y complicó el ascenso de mujeres y de oficiales negros dentro del escalafón militar. También impulsó la salida de personas transgénero de las Fuerzas Armadas, una de las medidas que más lo identificó durante su gestión y que generó rechazo en distintos sectores del propio Pentágono. Cada una de estas decisiones apuntó en la misma dirección: redefinir quién encaja en el modelo de combatiente que el secretario tiene en mente, incluso cuando eso implicó chocar con estructuras internas pensadas para otros criterios. El patrón se repite ahora con la testosterona, otra vez sin demasiadas explicaciones técnicas de por medio.

No todas las decisiones de Hegseth resistieron el paso del tiempo. El caso más claro fue la suspensión de la vacunación antigripal obligatoria en las tropas, una medida que debió revertir luego de un brote de gripe durante el entrenamiento básico de la Fuerza Aérea. Con el examen de testosterona podría repetirse un guión parecido: el Pentágono no precisó el presupuesto del programa, cuántos militares quedarán alcanzados ni qué ocurrirá con quienes registren niveles bajos y decidan no iniciar tratamiento. Esa falta de precisión, sumada a las dudas médicas que ya circulan, deja abierto un interrogante sobre si la medida resistirá el mismo tipo de choque con la realidad que sufrieron otras iniciativas del secretario. La duda inicial que rodeó su llegada al cargo, lejos de disiparse, vuelve a asomar cada vez que anuncia una medida nueva.